Los modos en que la gente de a pie puede ser útil son limitados, incluso en una democracia. En buena medida se ve uno obligado a recurrir a una fe metafísica aunque muy literal en la unanimidad y la solidez del espíritu. Creo que eso existe, y que si se sabe de su existencia puede llegar a tener un gran poder. James Agee.
Hay un punto ciego en la última película de Clooney, quizá la más floja de todas las que dirigió (Leatherheads no me parece lograda, pero reconoce la brillantez de las screwball o comedias alocadas como referente), lejos de la fabulosa Buenas noches y buena suerte, que se me antoja un western por narrar sin sentimentalismo la épica de un hombre contra ‘el’ mundo y por filmar los planos americanos más sobriamente heroicos en muchos años. Al Clooney director le sienta bien el blanco y negro. El punto ciego en cuestión es Evan Rachel Wood y, más precisamente, un plano en la que se ve su cuerpo en el piso, pero no su cara. Un mueble la ‘decapita’ y la película no se hace cargo de ese fuera de campo en cuadro, porque a esta película la forma no le importa. Lo suyo es el contenido verbal, ideológico pero, sobre todo, moral. La moral y la política son discursos independientes. A priori podía resultar interesante que se cruzaran (El estudiante lo hace mucho mejor que The Idus of March, y sin embargo es reprochable pero bastante virtuoso su disimulo) porque dentro del cada vez más mercado técnico Hollywood resultaba anacrónico (parece un telefilme liberal de los ’60), pero Clooney no consigue que el tránsito hacia la pérdida de la inocencia de su protagonista -consejero de campaña del gobernador y candidato demócrata a la presidencia- sea convincente. En parte porque filma varios primeros planos sobreactuados y en parte porque Ryan Gosling, Paul Giamatti, Evan Rachel Wood y el propio Clooney no se los bancan (Marisa Tomei y Philip Seymour Hoffman sí, de sobra), y esto es un gran problema tratándose de una película cuya prioritaria y casi exclusiva estrategia formal es la del plano-contraplano (claro que no al modo sensible de un Sautet). También porque no hay inocencia posible en esos personajes, habida cuenta del grado de poder e información que manejan y la edad que tienen (también la chica, cuyo personaje funcionaría mejor si decidiera a conciencia lo que hace, porque de hecho eso es lo que la película parece hacernos creer durante un tiempo), así como hay detalles dramáticos insostenibles, como el del dinero que necesita la pasante, en una película adscrita a parámetros realistas.
La película de Clooney es un rito de iniciación con el funcionamiento electoral como telón de fondo, pero ni una cosa ni la otra funcionan con la suficiente potencia y autonomía. Para filmar lo primero le hubiera convenido optar por un tipo de relato más universal, simbólico y genérico. Filmar una película política requiere mucho más que hablar de ella. No puedo referirme al trabajo de adaptación literaria porque no he leído la novela de Thorton Wilder. Situación y candidato guardan similitudes con la de Bill Clinton y su escándalo, pero en el centro de la película pareciera percibirse la exposición de un sistema político cuyo progresismo se hallaría todavía condicionado por la derecha reaccionaria, el puritanismo sexual y la hipocresía religiosa. La complejidad de la cuestión no se concreta formalmente, en parte porque el idealismo demócrata del punto de partida es, como todo idealismo, inasequible. Y ese quizá sea el punto ciego conceptual, la cara oculta, la entrada al inconsciente escéptico de una película comprometida que no recurre al tópico de la conspiración para esquivar la responsabilidad de las derrotas y errores progresistas. No sé si esa puesta en escena de la dignidad, si esa creencia obstinada -u obtusa- en el mejoramiento del sistema, es ingenua o cómplice.