La poeta Silvina Giaganti finaliza el texto que escribió sobre The Party en el Suplemento Soy de Página/12 con la siguiente frase: “Por último, el final es fabuloso y vale toda la película”. En realidad, ese final –que las imágenes previas a los títulos de inicio anticipan como momento central del relato- lo que hace es habilitar las preguntas, una vez que decantan las imágenes y se empieza a pensar en lo que hemos visto: en realidad, ¿el final es fabuloso?¿Y vale por toda la película?

Los finales de las películas, cuando son o se pretenden poderosos y/o reveladores (este es el caso), establecen un problema adicional en su valoración, algo que está presente, tácitamente en la frase citada. Si el final es fabuloso y si vale por toda la película, por contraste, la película en sí misma no tiene grandes valores. Y esa carencia, a su vez, trabaja sobre la supuesta calidad de ese final. Se produce, entonces, un desfasaje entre un supuesto final valorable y una película que no lo es, lo cual no hace más que afirmar la manera en que allí se resiente la estructura que la misma película propuso.

El problema de The Party es que su final, más que fabuloso, debería calificarse como ingenioso. Y lo ingenioso, en todo caso, funciona como un golpe de efecto. Lo que importa es que se llegue a ese momento para explotar la sorpresa, y que el espectador se quede pegado a la resolución, que funciona como una cortina de humo sobre el resto de la película. Esa última escena y esa frase que pronuncia Janet (Kristin Scott Thomas) más que obligar a repensar la película, lo único que hace es poner a la luz la forma en que los posibles indicios son disimulados con estrategias burdas (en especial cuando se muestran los mensajes que recibe Janet en su celular)para no arruinar el factor sorpresa. De allí que lo que prima es el cálculo antes que el desarrollo de una historia; la estructura armada con una exagerada precisión –que, hay que decirlo, atenta contra la verosimilitud- por sobre un relato que sostenga al menos una idea.

Algo de esa estrategia calculada se percibe en el muestrario de personajes que pueblan la película, cuyo único punto de contacto parece ser la existencia de un lazo de amistad que los une aún a pesar de ser diametralmente diferentes entre sí. Todos son, más que personajes de una trama, representaciones de colectivos sociales enmarcados en lo que podría considerarse una clase acomodada. Una recién nombrada Ministra de Salud (Scott Thomas) con un esposo intelectual y profesor universitario(Timothy Spall); una amiga irónica y que descree de la democracia parlamentaria (Patricia Clarkson) y su pareja, obsesionado con la espiritualidad (Bruno Ganz); una pareja de lesbianas conformada por una profesora universitaria (Cherry Jones) y una joven (Emily Mortimer) que ha quedado embarazada por un tratamiento de inseminación; y un banquero cocainómano (Cillian Murphy) cuya esposa trabaja con Janet. Variedad entendida como microcosmos representativo y, en ese mismo punto, como revelación de un armado que es exterior y premeditado. No importa la historia, sino lo que se nos quiere revelar, como si se estuviera en la posesión de un secreto de importancia vital para nuestras vidas.

Si el problema del verosímil desde ese lugar ya no tiene retorno, el final también revela la estrategia del cálculo. El corte elegido en el momento en que Janet pronuncia esa frase final está claramente calculado para generar un efecto en el espectador. Pero, por sobre todo, revela el conservadurismo (de la película) que se le pretende achacar a los personajes y peor aún, la cobardía para ir más allá del efectismo. El corte no muestra la resolución de la escena, que podría ser, al menos desde la perspectiva política que plantea la película, mucho más perturbadora: en lugar de dejarse arrastrar al abismo con los personajes, prefiere quedarse con la resolución de un misterio que, en el entramado y a pesar de las intenciones, resulta finalmente insustancial.

Esa misma cobardía está presente en cada una de las decisiones que se toman en relación a la puesta. Si el living funciona como epicentro de la narración, el resto de la casa, en especial la cocina, el baño y el patio, aparecen como los espacios que le permiten a la directora escaparse de una estructura teatral cerrada y asfixiante. Salir del living para mostrar lo que ocurre en los otros ámbitos, no solo propicia la revelación de detalles secundarios que no entrarían en el espacio central –el embarazo de Jinny, las dudas de Martha, las adicciones y la pistola con las que carga Tom-, sino que anula una tentativa que hubiera sido mucho más interesante: propiciar un diálogo tenso entre el adentro y el afuera, manteniendo en un fuera de campo parte de lo que ocurre. Lo prueba en algún momento fugaz, como por ejemplo el momento en el que Tom está en uno de los pasillos tratando de decidir qué hacer, mientras se escucha el diálogo de lo que ocurre en el living. Pero es apenas una excepción a una apuesta por lo explícito que, en tanto tal, se despreocupa de la relación entre diferentes planos visuales y sonoros y, por sobre todo, que desprecia la capacidad del espectador por descifrar los espacios vacíos que pudiera dejar.

The Party es, así, un puro artificio. Un jueguito en el que cada pieza ocupa un lugar predeterminado, y donde la confluencia de personajes diversos en un espacio común, solo está organizada en función de articular una serie –que parece interminable- de revelaciones. Un juego que podría resultar entretenido en una primera visión, pero que en virtud de su construcción en función exclusiva del final revelador, anula cualquier interés que pudiera generar una segunda visión (en tanto, el enigma, lo único que importa, ya queda resuelto). Esas decisiones la convierten en una película plana, sin matices, demasiado pendiente de poner al frente toda la información posible y que, volviendo al principio, ni siquiera vale por el final ingenioso. Que descree del valor de lo que no se ve, de lo que no se escucha, o de lo que no se dice, ese pecado mortal en el que algunos cineastas suelen caer, arrastrando consigo a su propia obra.

The Party (Gran Bretaña, 2017). Dirección: Sally Potter. Guion: Sally Potter, Walter Donohue. Fotografía: Aleksei Rodionov. Edición: Emilie Orsini, Anders Refn. Elenco: Kristin Scott-Thomas, Tomothy Spall, Patricia Clarkson, Cherry Jones, Bruno Ganz, Emuly Mortimer, Cillian Murphy. Duración: 111 minutos.