7822_poster_iphoneCuarto largometraje de Marc Lawrence tras cinco años de inactividad (Amor a segunda vista,  Letra y música e ¿Y… dónde están los Morgan?) que insiste en el género y con Hugh Grant, fórmula que, pese a su breve carrera como director, le aseguró reconocimiento y un lugarcito en la industria (también es guionista de las dos Miss Simpatía). Con mayor o menor éxito todas sus películas fueron estrenadas y, aunque no vi ninguna en virtud de mi natural desinterés por el género, los títulos de todas ellas -originales y en español-, los protagonistas –o, mejor dicho, Grant y las actrices que lo acompañaban-, las historias y hasta los afiches me daban la idea de comedias románticas medias, probablemente amables, pero que se olvidan pronto o pasan a formar parte del cúmulo de películas dignas que se guardan con lejana memoria. Nunca recibí malos comentarios pero tampoco me instaban a verlas, reforzándose mi hipótesis. Me di una oportunidad con Escribiendo de amor (me da asco escribir este título frente al original, The Rewrite) más que nada porque, aunque Drew Barrymore y Sandra Bullock son minas que me caen muy bien (Sandra cada vez menos porque su cara se está volviendo rara, y no menciono a Sarah Jessica Parker porque me parece infumable), Marisa Tomei les pasa el trapo a todas en carisma, hermosura y gracia. Es casi imposible nombrarla sin que inmediatamente se nos vengan a la cabeza su cara sonriente y sus ojos negros, simples y brillantes (Ignacio Izaguirre, que la reclama su novia, debería escribir un elogio sobre ella), como es imposible nombrar a Hugh Grant sin pensar también en su sonrisa, pero de chanta, única mueca variable en esa cara de inglés estreñido que funciona para algunos (entre los que me incluyo) y otros directamente detestan.

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La película empieza con Keith Michaels (Hugh Grant), guionista de Hollywood en busca de trabajo, ofreciendo una comedia para ser protagonizada por Jack Nicholson. La propuesta es que el devaluado actor simule su muerte para ver quiénes asistirían a su entierro. La cámara nos coloca en la subjetiva de los productores. El contraplano es la respuesta gestual desinteresada de un hombre y una mujer de traje. Todo es muy gris y frío. Una secuencia de montaje, siempre en plano-contraplano, nos conduce a través de una serie de productoras manejadas en su mayoría por mujeres que apenas están dando sus primeros pasos y que, por distintos motivos, rechazan todas las propuestas de Keith. Empieza también a vislumbrarse la condición de picaflor del protagonista, otra constante en la carrera del actor, que es una de las tantas razones por las que le cierran las puertas. Sus ideas ya no encajan en la cambiante y contradictoria industria que ahora demanda historias de mujeres que pateen traseros. El único Oscar que ganó por Mejor Guión Original le significa menos un reconocimiento artístico que el recuerdo de una vida íntegra como esposo y padre que quedó muy atrás, horizonte perfecto de estabilidad al que aspiran todas las comedias románticas.

Ante la imposibilidad de reinsertarse en el mercado, su agente (una mujer más grande, bastante aparatosa y solterona, según lo indica el retrato de un perro que adorna su escritorio) le ofrece un trabajo como docente en la Universidad de Binghamton, Nueva York, que él acepta muy a regañadientes. Sin embargo, pronto descubrirá los beneficios de la enseñanza en manos de Karen (Bella Heathcote), una alumna jovencita muy atractiva y seductora, con aires de trepadora, que ostenta academia pero carece de espíritu para el oficio y con la que iniciará un romance que no tendrá futuro. Como contrapunto romántico el personaje de Marisa Tomei, Holly Carpenter, reúne todas las características de las que Karen carece; es una mujer madura pero vital, madre, independiente, con sentido de la responsabilidad y, sobre todo, genuino amor por lo que hace. Ella no busca la aprobación de Keith a partir de sus encantos femeninos sino de su capacidad como escritora. Como es de esperarse, el encuentro entre ambos facilita la maduración emocional del protagonista como hombre, profesional y padre.

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Escribiendo de amor (asco) es una comedia romántica clásica y efectiva, con un guión ajustado (tal vez esté de más el agregado dramático del alumno nerd, pero se entiende como parte de las convenciones) y un ritmo incesante. El título original y la profesión del protagonista manifiestan una intertextualidad explícita que, en concordancia con el tono británico de Grant, sirve a una crítica irónica pero inocua de la industria del cine como maquinaria de consumo y del canon cultural que repele lo masivo popular, sin considerar su parte dentro de la lógica capitalista. Quien encarne este último pensamiento será Mary Weldon (Allison Janney), profesora titular de la cátedra en literatura comparada, fundamentalista de Jane Austen atrapada en vestimentas ultra conservadoras, collares de perla, altos niveles de amargura y feminismo. Némesis absoluta de Keith, con quien en un primer encuentro poco afortunado Grant discute los tópicos planteados erigiéndose casi como héroe de los otros personajes masculinos desdibujados y menoscabados por esta mujer: el voyeur shakesperiano Jim (Chris Elliot) –y su impecable acompañante canino que se come la película- y el Dr. Lerner (J.K. Simmons) que está más allá del bien y del mal de todas las mujeres que lo rodean, particularmente esposa e hijas, completamente entregado a la supremacía femenina. La película no miente sobre sus intenciones, sabe a qué público va dirigido y no lo subestima, más bien pareciera hacer un elogio del mismo. Se vale de todos los estereotipos posibles sin vaciarlos de encanto (no digo que los cargue de profunda psicología, que no se malinterprete), portavoces ideales de un género que lo ha perdido y que tiene cada vez menos vuelo.

Escribiendo de amor (The Rewrite, Estados Unidos, 2014), de Marc Lawrence, c/Hugh Grant, Marisa Tomei, Allison Janney, J. K. Simmons, Belle Heathcote, 107’.