The Way Back es una película de otra época o, si se quiere, de otra dimensión, envasada en forma de relato clásico. Su director es Peter Weir, el mismo de La última ola, Picnic en las rocas colgantes, Gallipoli, El año que vivimos en peligro, The Truman Show y Capitán de mar y guerras, entre otras, así que no ha de extrañarnos la experiencia que nos propone. Pero las formas recuerdan las de Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago, no por la cantidad de extras y la magnitud del capital expuesto, sino por la relación entre el capital económico cinematográfico y la película concebida como gran aventura, como empresa que templa a los involucrados. El espíritu de Fitzcarraldo y de Apocalypse Now también la recorre, pero sin el extremismo de Herzog ni la megalomanía de Coppola. Como en los mejores momentos de las películas de David Lean, las dimensiones exteriores, los paisajes descomunales, lo inconmensurable, se vuelven signo de otra cosa, sombra de otros espacios, caja de resonancia de otras voces.

The Way Back es una película religiosa. Un puñado de personajes emprende la fuga de un Gulag siberiano en 1940 y termina llegando a pie a la India tras cruzar los Himalayas. En manos de Weir, esa fuga es una peregrinación. Por eso, en determinado momento, la fuga deja de serlo y los personajes la terminan asumiendo como un destino, se apropian de la energía del poder que abusó de ellos y la transforman en la necesaria para afirmarse sobre sí mismos, en sí mismos, consigo mismos. Y sin discursos de confusa espiritualidad, sin sermones ni liturgias explícitas, sin palabras de más, sin lecciones bochornosas de moral burguesa. Dos horas veinte que, por momentos, duelen, pero no aburren. Dos horas veinte jalonadas de acontecimientos sustanciales, grandiosos por más ínfimos que parezcan, de modificaciones íntimas debidamente expresadas, sin hermetismo ni vulgaridad, de avatares geográficos y climáticos que van poniendo a prueba la resistencia de cada uno de ellos y los lazos del grupo. Dos horas veinte de graduación dramática ejemplar, que incluyen un último tercio difícil de mirar sin una opresión en el pecho ante las sucesivas bajas por agotamiento, un primer final feliz que culmina con el logro de la tarea emprendida, no debido a un Deus ex machina providencial o heroico, sino al descubrimiento de la fuerza de voluntad que enaltece interiormente, y un segundo final reparador, redentor en el sentido más profundo y también más trágico del término, al que se llega caminando sobre imágenes documentales de archivo que unos pies atraviesan para poder volver al umbral que los vio partir.

Toda la etapa en la que el grupo deambula por el desierto tiene la grandeza, además de unos cuantos encuadres, de La patrulla perdida, de John Ford. Es una verdadera rareza, dentro del panorama contemporáneo, encontrarse con un cineasta que retoma las ceremoniales escenas de entierros de aquel en particular, o los rituales de la vida comunitaria en general. Vale decir, estamos ante un director y una película que todavía  creen y que consiguen hacernos creer. Peter Weir filma la fe y esa es una de las razones por las que The Way Back es anacrónica o, mejor, atemporal. Pero además lo hace por la vía narrativa, no por la contemplativa, fragmentaria, estática o mística, al modo de Tarkovsky, Bresson o Dreyer, mucho menos populares. Eso significa que también es una película de aventuras, que el drama nos importa por la selección de los hechos narrados y por la dosificación precisa de los mismos. Precisa quiere decir, en este caso, que no es morosa ni vertiginosa. El tempo de cada escena es, a diferencia del dominante actual, el suficiente para establecer los sucesos no como mera información, sino como acontecimientos dramáticos con peso físico y metafísico, y para construir las relaciones entre los personajes, que son las más conmovedoras que ha dado el cine en muchos años. The Way Back es una película que, gracias a esa construcción, emociona, y, si emoción es ‘movimiento’ o ‘impulso’, ahí tenemos una primera e inmediata experiencia anímica de la que se desprende quizá el más elemental signo de religiosidad, aquel que consiste en salir de sí e ir hacia otro, en animarse y religarse.

Compartir es una de las palabras claves de esta película, no porque se la mencione demasiado, sino porque es la actitud y la práctica fundamental de los personajes para sobrevivir. Y esa experiencia se traslada al espectador, que no puede hacer otra cosa que sentirse cada vez más apegado a ellos, en parte porque son lo único humano en un paisaje nunca idealizado, y en parte porque la película decide sacar lo mejor y no lo peor de cada uno en pro del conjunto, dadas las circunstancias. De ese modo, Weir también demuestra las posibilidades de hacer cine-espectáculo sin ceder al molde tiránico del individualismo heroico estadounidense, engaña pichanga de la ‘progresista’ Argo, sin ir más lejos. Eso queda claro por el lugar que le toca al personaje de Ed Harris, único estadounidense del grupo. Habrá un líder, sí, pero no será él, así como tampoco el personaje patibulario de Colin Farrell, sino otro (Jim Sturgess), a priori lateral dentro del star system configurado por el reparto, y su figura será, sobre todo, la de guía en una primera etapa, y la de motor después, pero susceptible de ser ayudado tanto como de equivocarse, permeable a las opiniones ajenas, organizador de debates antes de la toma de decisiones. Si la postura de Weir es claramente desfavorable ante el estado soviético estalinista, elabora una dinámica socialista internacional hacia el interior del grupo en el que nos incluye como espectadores, a la que corona con el éxito, pero una noción de éxito que no se basa en la obtención, consumo ni, mucho meno, acumulación, de bienes materiales y la defensa de la propiedad privada, sino en la búsqueda continua, que implica desembarazarse de lastre e imposibilidad de ahorro, y en la superación de obstáculos. La voluntad de poder, en The Way Back, no es una tecnología de control sino una fuerza interior que trabaja sobre el espíritu y se manifiesta en pro del otro cuando se hace necesario. La palabra amor no le quedaría grande si no estuviera tan envilecida o desprestigiada. El amor agape, ese cuyo sentido encarnó el cristianismo original y que no puede ser instituido, ese que consiste en la disposición -no en la vocación- al sacrificio -circunstancial- del interés propio por el del otro, es el que The Way Back filma. Cosa rara, específica, incómoda, reconfortante y concreta.