Soy padre. Y si se muere mi hijo de 8 años, el mundo y sus convenciones (cualquiera) pasarían, directamente, a chuparme un huevo. El dolor insuperable que tendría me condenaría a un presente perpetuo, donde, a mi propio mambo (la forma de convivir con ese dolor insuperable) lo intentaría llevar solo, sin trasladárselo a nadie más. Un aislamiento total en plena convivencia con un mundo que no pararía ni por mí ni por el dolor insuperable que tendría. Que nunca va a parar por nadie. Por ningún dolor en especial.

En The Way Back de Gavin O’Connor, el mundo no solo que no para, ni por su protagonista, Jack Cunningham (un gran Ben Afleck), si no que, en cierto punto, hasta es indiferente a ese protagonista. O no. Su familia se preocupa por él. Su ex mujer se preocupa por él. Sus amigos se preocupan por él. Él sólo se preocupa por trabajar en la construcción y vivir borracho todo el día con una latita de cerveza en la mano o una petaca de vodka o whisky vertida en su taza de café.

Trabajo pesado y alcohol. Soledad total. Ritual de autodestrucción, paradójicamente, vivido día a día para seguir viviendo. Para soportar la vida. Para soportar la vida como salga y a lo que salga.

Jack Cunningham sólo se dedica a soportar la vida (su vida) entre lo pesado de una obra en construcción y lo oscuro de un bar de mala muerte hasta que, en un llamado inesperado, el cura de su vieja secundaria católica en Boston le ofrece ser el entrenador de básquet del colegio donde brilló como jugador a mediados de los 90, convirtiéndose en una leyenda del lugar.

El básquet entonces. El básquet para soportar la vida con el único dolor insuperable que uno -Jack- puede tener en esta vida. El básquet como alternativa al bar de mala muerte y su siempre presente oscuridad.

Los jugadores de la secundaria de Bishop son pequeños para el deporte; sin demasiado talento, indisciplinados, acostumbrados a perder. Jack les enseñará a ganar. A tenerse respeto. A luchar por mantenerlo. Todos los clichés habidos y por haber de las películas de básquet -un subgénero, ya, en Hollywood, como las películas de boxeo, de béisbol y de fútbol americano- surgen sin pudores pero con guiños seguros a cada una de las películas que construyeron este maravilloso subgénero. Desde Hoosiers (1986) hasta Coach Carter (2005), todos los guiños que uno ha sabido apreciar y reconocer, aparecen en forma de homenaje velado. Y están bien, porque se disfrutan. Y más aún, porque el papel de Ben Affleck como entrenador, es, realmente, destacable.

Prácticamente todas las películas previas de Gavin O’Connor, desde Código de familia (2008) pasando por la extraordinaria Warrior (2011) hasta El contador (2017),tienen un paradigma en común: las relaciones conflictivas entre el padre y sus hijos. Entre padres e hijos varones. Siempre son relaciones “bíblicas”; de Caínes y Abeles buscando la aceptación del padre. Historias de (des)encuentros que impactan profundamente la vida de ambos protagonistas siempre marcados a fuego por el rol padre/hijo precisamente. Historias donde la noción de redención coquetea con la de salvación sin caer necesariamente en la consumación de la misma. En The Way Back, esta relación padre/hijo es generacional, simbólica, metafórica (incluyendo el “padre” de la iglesia católica y el “dios padre” cristiano que todo lo ve y juzga) pero particularmente sutil por más obvia que resulte. El dolor y la aceptación son agua y aceite en una mezcla de vida que, no obstante, necesita volverlos complementarios a como dé lugar.

The Way Back busca encontrar esos momentos donde estos complementos se dispongan a amortizar una vida, a una persona absolutamente dañada y corroída en su soledad que, no obstante, no quiere ser salvada; no a costa de una reconciliación con la vida que nunca va a llegar pues el dolor que la altera, nunca se va a ir.

El básquet simboliza. El básquet metaforiza. El básquet junta, propone, dispone, parte por igual. La moral, el esfuerzo, “el ejemplo”, los roles, el trabajo duro en equipo, la disciplina, el ida y vuelta entre la trascendencia personal y la grupal… La analogía de “lo comunitario” en cinco pibes que marcan, atacan, saltan, tiran a un aro, pelean, disputan, presionan, van para adelante porque están cansados de ir para atrás… Y allí, desde su título hasta la impronta de los recuerdos que Jack tiene -¡reprimiéndolos!- a lo largo de la película, es que el film de O’Connor gana candidez (a pesar del golpe bajo a la orden del día y de ciertos baches en el guion) y, sobre todo, emoción: Avanzar, en la vida, en la vida de uno mismo, como sea y como se pueda, sí, pero no por un “deber ser” optimista new age con cierto ahumado meritocrático, si no, para no volver atrás, para no ceder ante el peso de las anclas más dolorosas que cargamos y que, inevitablemente, nos hundirán en lo peor de nuestros mares íntimos. En lo más profundo de nuestros demonios paridos -sin quererlos- y encarnizados en uno a pesar de todas las formas en que los queramos expulsar.

Algo/mucho de esto hay en The Way Back de Gavin O’Connor: demonios no queridos, encarnizados e inexpulsables, vicios, autodestrucción, anclas íntimas, recuerdos reprimidos, soledad que corroe, básquet, inercias, padres e hijos, familias, vivir como se pueda más que como se deba, legados, y el único dolor insuperable en esta vida para un padre que, al menos, durante cuatro cuartos y una pelota buscando con recelo el aro, se hace más llevadero; se vuelve una catártica sonrisa (por una jugada, por una victoria propia propinando una derrota ajena…); una fugacidad necesaria entre tantas lágrimas que nunca se secan. Sanan. Se pueden siquiera, empezar a olvidar.

Calificación: 7/10

The Way Back (Estados Unidos, 2020). Dirección: Gavin O’Connor. Guion: Brad Ingelsby. Fotografía: Eduard Grau. Montaje: David Rosenbloom. Elenco: Ben Affleck, Al Madrigal, Janina Gavankar, Michaela Watkins, Brandon Wilson. Duración: 108 minutos.