Por Paola Menéndez

Marvel ha sabido configurar magistralmente un mundo cinematográfico sólido y coherente a la hora de adaptar sus comics, por más difícil que resulte mantener la intertextualidad de los relatos respetando –en líneas generales- la singularidad de las historias y de las sagas en conexión con el universo de la franquicia. Los eruditos en el mundo Marvel estarán conformes con esta nueva entrega de Thor y, como siempre, no abandonarán las butacas hasta el final del último crédito.

La película propiamente dicha – siguiendo la continuidad narrativa mencionada- comienza con un juicio a Loki (Todd Hiddlestone) por parte de Odín (Anthony Hopkins) en Asgard. La ambientación del hogar del héroe subraya la luminosidad apolínea -atacada posteriormente por Malekith y sus huestes de elfos oscuros– y resulta atractiva esa especie de  tour esquizofrénico por diferentes mundos. En cada uno de ellos, Thor (Chris Hemsworth) interviene en nombre del imperio asgardiano, para pacificar violentamente –valga el oxímoron- las distintas revueltas que se han desencadenado por la intervención de Loki y la caída del Bifrost. La reflexión maquiavélica que Thor sostiene al final de la película sobre los deberes del gobernante exhibe la obvia simetría entre el villano Malekith y el mismísimo Odín.

El peso del padre -la Ley en su más puro sentido lacaniano- se vuelve insoportable para la conciencia. A raíz de esto, la naturaleza de la violencia y su vínculo con el poder no es cuestionada sino suspendida. Thor abandona Asgard bajo la premisa de que él jamás llegará a ser un buen rey, pero lo que en realidad lo incomoda es la real politik, la necesidad de pensar la violencia desde el rol de gobernante. Lo que queda oculto es el planteo ético por el que la violencia, en un gesto, funda y legitima al Estado. Al respecto, la hilarante broma sobre el Capitán América que Loki gasta a su hermano no muestra más que un reflejo terrenal del propio Thor en relación a la explotación del buen y patriótico soldado.

Desde otro lugar, esa misma equiparación evidencia la construcción de un dios hecho a imagen y semejanza del hombre. Por ello, la película hace buen uso del contraste más evidente -el físico, y ¡qué físico! como diría mi abuelita- y  también expone la vulnerabilidad afectiva con el romancete entre la mortal y el dios. Al respecto, muchos críticos se han pronunciado negativamente acerca de la superficialidad con la que este tópico ha sido encauzado. En cambio, creemos que el tono elegido resulta profundamente acertado, ya que Jane Foster (Natalie Portman) es, en la vida de Thor, una fuerza simbólica más que una presencia material. La potencia del sentimiento hacia Jane representa para Thor la utopía del cambio: la suspensión de sus deberes de soldado de Odín, una vida dotada de posibilidades nuevas, etc., y aunque esto sea finito, la oportunidad está planteada. Evidentemente, el blondo dios no es un hombre de acción en lo que respecta a los sentimientos. Su carácter, como lo develan las incesantes visitas a Heimdall, es ante todo contemplativo. Por ello no hay ni una pizca de tragicidad explotada en tono de problematizar Las afinidades electivas, como bien podría ser el caso de Jean Grey y Logan, sino que se trata, en última instancia, de retratar un aspecto más pragmático de la vida.


En oposición, el tono humorístico también ha sido fruto de intensos debates. En primer lugar, muchos de los chistes que aparecen en la película funcionan, son divertidos y generan risas en la sala. Sin embargo, retomando ciertas consideraciones freudianas sobre el chiste, podríamos recordar brevemente que durante muchas ocasiones la enunciación de una broma está ligada a una postergación de la angustia y, por lo tanto, abusar de él en un relato que se pretenda épico no es una buena decisión, ya que impide forzosamente el afloramiento de la catarsis. Enfrentar la crisis con una dosis de ironía puede ser patrimonio de un personaje –Loki, específicamente- pero se vuelve difícil de creer que los protagonistas de todos los mundos sean comediantes.

Un párrafo aparte merece la actuación de Todd, quien no casualmente resulta ser uno de los adversarios favoritos del público después del inefable líder leninista Magneto. Sin embargo, en esta entrega, su papel se ajusta más hacia una especie de dandy antihéroe que al rol de villano en sentido expreso y es por esto, en parte, que resulta ser el gran ganador de la película. La actuación de Loki demuestra rotundamente por qué es conocido como “dios del engaño” y cómo es que siempre apuesta a la previsibilidad. El dandy es quien mejor racionaliza el deber heroico, comprende el proceder estereotipado de Thor y, por ello, siempre logra adelantársele.
Como Esaú y Jacob, pero sin el corderito…

Thor 2 : The Dark World (EUA, 2013), de Alan Taylor, c/ Chris Hemsworth, Natalie Portman, Tom Hiddlestone, Renee Russo, Anthony Hopkins, Stellan Skarsgaard e Idris Elba, 112’.