Es inevitable que, como espectadores de Toda esta sangre en el monte, la sensación que nos quede al terminar la película sea la de los minutos finales. Es que ese discurso/arenga de Deolinda Carrizo, militante del Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero, es tan potente en su formulación, es tan contundente en su voz siempre al límite del grito, y es tan notable el contraste con el silencio absoluto con que se la escucha, que va incluso más allá de las palabras. Deja de importar, en términos cinematográficos, el contenido del discurso, aun cuando en él parece sintetizarse la esencia que guía al movimiento: que no están derrotados por la sentencia en el juicio por la muerte de uno de sus compañeros, que enfrente hay un Poder Judicial que no se anima a juzgar a los responsables, que se trata de un desafío y que luchar es ponerse en riesgo todos los días. Lo que importa es que es un momento de tal intensidad cinematográfica –apoyado en el hecho de que Deolinda no está en un palco, sino que se mueve entre sus compañeros de lucha- como no hay otro en los ochenta minutos previos del documental.

Pero ese registro no es la necesaria consecuencia de un recorrido que asume el trabajo, sino, en todo caso, el hallazgo de la observación, de determinar los espacios y los momentos en donde se produce algo significativo. No es que no haya otros momentos parecidos. Allí están las imágenes en las que durante el juicio, los parientes que han sido testigos se dirigen al acusado directamente tratándolo de asesino, o la reacción de la madre de Cristian Ferreyra después de conocer la sentencia. Pero esa es una intensidad dramática, no cinematográfica: la cámara allí no es parte del discurso, sino que está observando y captando las sensaciones personales, y no hay un colectivo detrás de esas palabras, como ocurre en el final.

Toda esta sangre en el monte se mueve en una constante apuesta por los contrastes. Mientras el juicio por el asesinato de Cristian Ferreyra aporta una estructura narrativa temporal que vertebra el documental, el resto del relato tiende a lo dispersivo, a la ramificación en pequeñas situaciones que pretenden dar cuenta de la vida cotidiana de los campesinos. Los momentos que unen a ambos son aquellos en los que el rol del MOCASE se manifiesta a través de marchas, de la lucha contra la usurpación de las tierras que trabajan desde hace décadas, de los momentos de espera para el juicio. Pero esa estructura ramificada tiende justamente a diluir el efecto que genera el desarrollo del juicio: si en éste se encuentra la ratificación del estado de indefensión en que los pobladores de los parajes campesinos santiagueños se encuentran, en aquellos el lugar de observador que asume la cámara parece restarle fuerza a la lucha. Y es que esos episodios en muchos casos, carecen de un relato que los articule, que implique una verbalización que acompañe a las imágenes como forma de explicación de lo que ocurre. Si la elección del documental es no registrar a los usurpadores, no poner los nombres de los responsables en primer plano, si lo que se decide es seguir el trabajo del Movimiento, lo que falta por momentos es la implicancia política y social que tienen los actos que las imágenes nos revelan. Como si a la épica construida a partir de la marcha, de la persistencia en la lucha contra los poderes, le faltara el apoyo de lo cotidiano como fondo en el cual se sustenta. Para que quede claro: vemos la marginalidad, la pobreza, la sustentación basada en la cría y venta de animales, en algunos cultivos, en la tala de árboles, pero no aparecen en toda su dimensión las dificultades para llevar ese trabajo duro a diario, y su articulación con la labor del MOCASE.

En algún punto, esa deficiencia proviene de las decisiones que toma el documental. Y es que allí es donde aparece la diferencia entre tener una mirada y construir un concepto. Está claro que el documental de Martín Céspedes tiene una mirada: está del lado de los campesinos, los registra no como si se trataran de algo extraño –incluso en los momentos en que se acerca a cierto tono antropológico-, sino como pares a los que sigue –a veces literalmente- en su camino. Y de la misma manera su mirada implica un rechazo a lo institucional, establecido como límite: el poder judicial como límite a la consecución de justicia; las fuerzas de seguridad que rodean las marchas y el juzgado, como límite al avance de los campesinos en sus reclamos, incluso como una amenaza latente sobre ellos. Pero lo que no consigue construir con esas imágenes y esa mirada es un concepto que las abarque y las potencie, que las integre en un relato sólido de un colectivo que se intuye poderoso y complejo.

Son esas oscilaciones las que aplanan un tanto los logros del documental en la construcción de la lucha constante de los campesinos por la tierra. La persistencia de lo observacional por sobre la asunción de una postura –cinematográfica, narrativa- que esté integrada en el relato, parece estar indicando cierta indecisión a la hora de asumir mayores riesgos. Pero era allí, en esa toma de decisiones donde se jugaba la diferencia entre el buen documental que es y el gran trabajo que pudo haber sido.

Toda esta sangre en el monte (Argentina, 2018). Director, guionista y fotografía: Martín Céspedes. Edición: Alejandra Almirón. Duración: 72 minutos.