Todo festival es político: Bazofi 2018, por Juan Pablo Susel

Al igual que en los últimos tiempos, en lo que es ya una sana costumbre de la cinefilia porteña  y otra vez  al mismo tiempo que el Bafici, el festival organizado por Fernando Martín Peña (el festival más político que se desarrolla en estos pagos) llegó renovado en su temporada 2018. Lamentablemente, esta vez el festival (como sucede con las funciones de la Filmoteca en vivo) ya no es gratuito como sí lo era en la Enerc, lugar en el que la Filmoteca cumplió un ciclo exitoso y notable, si pensamos en la cantidad y variedad de films que se proyectaron  durante ese tiempo (que duro más que una primavera graciadió), coordinado por las manos y las mentes de Fernando Martín Peña y del inolvidable Fabio Manes. Siempre pensando al cine por fuera de guetos y dogmas que solo comprenden ciertas vanguardias iluminadas, el trabajo de Peña tiene que ver con el del crítico y con el del historiador por partes iguales. Peña bucea en los orígenes de lo que entendemos como cine,  y ese bucear no solo lo lleva a rastrear piezas de museo cinematográfico (en proyecciones que muchas veces son acompañadas por notables intervenciones musicales en vivo ejecutadas por artistas de la talla de Fernando Kabuzacki y Matías Mango, entre otros) sino que lleva a problematizar la idea de lo que es específicamente cine de calidad. Peña constantemente desnaturaliza la idea de cine como algo propio de cierta elite formadora de un determinado gusto, poniendo al objeto cinematográfico en el centro de la escena sin el riesgo de caer en una mirada que se contagie del esnobismo imperante en el campo de la crítica.

La épica de melancólicos que permitía ver cine de calidad notable con un concepto de curaduría de vanguardia en la ENERC de modo gratuito finalizó de modo previsible, ya que el concepto de gratuidad y de libre acceso que llevó adelante la gestión de Peña en la ENERC  difiere claramente con la idea central que tiene de cultura el presente gobierno. No obstante,  la aventura de la Filmoteca y de Peña prosigue igual de entusiasta para el goce de sus seguidores .

El Bazofi no pretende competir con el Bafici pero en esa decisión estética e ideológica radica parte de su grandeza ya que eligiendo ubicarse al margen del nuevo mainstream de lo independiente decide dar una batalla desigual pero yendo para el frente y priorizando lo que todos amamos, las películas.

El carácter amateur del proyecto se nota  en toda su praxis (podríamos decir que la obra de Peña es su práctica), en el detalle de que él mismo es el que me recibió y me llevó a la sala en la que veinte espectadores se dieron cita un día gris solo para ver un poco de cine.

El viernes 20 se proyectaron en Hasta Trilce dos películas disímiles y notables; el día estaba espantoso pero allí estábamos todos ansiosos. A las 22:00 se exhibió La amargura del general Yen, notable melodrama del extraordinario y prolífico Frank Capra, que a esta altura del partido  merecería un reconocimiento mayor del mundo cinematográfico por todo lo que su obra  representa en la Historia del cine másallá de la extraordinaria Que bello es vivir que pareciera ser lo único que se recuerda de su extensa filmografía. La amargura del general Yen está situada en Oriente, donde Megan Davis (Barbara Stanwyck) va a casarse con el doctor Robert Strike, misionero americano en ese inhóspito lugar donde se desarrolla una inexplicable guerra civil. Como es de prever, la bondad de los americanos y su espíritu libertario (allí hay toda una tradición de lo que representa el espíritu americano y de cómo los americanos se consideran garantes de ese orden universal) impide el casamiento. Finalmente las cosas se complican y la protagonista termina siendo secuestrada por el general Yen, quien la ama con locura y la mantiene prisionera. Hay una poderosa tensión sexual entre Stanwyck y su secuestrador que sacude al puritanismo de Occidente. Casi contemporánea a la aventura de Shangai de Josef von Sternberg y Marlene Dietrich, comparte su inquietante mirada sobre la idea de otredad. Lo subyugante de este film, aun ochenta años después de su estreno, es la dificultad de comprensión que Occidente muestra para con lo desconocido y la ambivalencia que se desencadena entre la atracción y el rechazo visceral. La película, filmada más de diez años antes del final de la Segunda Guerra Mundial, ya muestra premonitoriamente el papel de gendarme que EEUU tendrá en la política internacional en el siglo XX.

La amargura del general Yen tiene un par de escenas antológicas: la primera es una escena de acción bélica en la que Megan Davis y el doctor Strike van a rescatar a unos niños en medio de una ciudad en guerra. El pulso moderno  con el que Capra filma ese tormento y el frenético suspenso de la situación pareciera adelantar más de medio siglo cierta tensión propia del cine de Bigelow. La segunda es una secuencia onírica en la que Stanwyck sueña que el que la rescata de su prisión no es otro que el mismo general Yen que la tiene secuestrada. La libertad encarnada por Megan Davis y el doctor Strike es contrastada con la idea de régimen corrupto que encarna el general  Yen, sin embargo a medida que los sentimientos se entrecruzan y las pasiones privadas crecen la puerta queda entreabierta para pensar que la política (lo público) no se rige por una lógica binaria, y que no siempre Occidente encarna los valores de la libertad y todo lo que no es Occidente está sumergido en la corrupción y el delito. El conmovedor final en el que el general Yen decide terminar con su vida al comprobar que su amada no corresponde a su amor puede pensarse como un modo de redención moralizante (el amor nos hace mejores), o quizás como una posibilidad de ver (por medio del cine) amor y bondad en un sujeto en el que desde un burdo estereotipo solo deberíamos poder ver miseria y maldad.

A las 24:00 se proyectó The Crazies de George Romero, obra maestra del género de terror de los 70 (estrenada en un momento de auge del género) y que como toda la obra del autor pareciera estar filmada en el contexto de un presente aterrador.

Dos jóvenes descubren que su madre ha sido salvajemente asesinada y ese suceso es solo el inicio de una pesadilla en la se encuentran con su padre blandiendo un hacha mientras intenta prender fuego su casa. La progresión de las formas de la violencia que describe Romero con atronadora actualidad ofrecen el rasgo de identidad  del cine de este autor. Desconocido por muchos, alma de un culto cinéfilo fascinante, Romero es un cineasta extraordinario porque aquí, como en sus mejores películas, utiliza al género para hacernos pensar el funcionamiento de lo político sin ningún tipo de subrayado berreta. Como en mucho del gran cine filmado en la década de los 70 la  información es utilizada para manipular a los sujetos y ese manejo es lo que permite comprender a la película en su totalidad: la idea del arma biológica utilizada sobre los habitantes de un mundo pequeño pareciera replicarse cotidianamente en el escenario actual  de la política internacional. Nuevamente el cine y su carácter epifánico, como la violencia que filma, adelanta años a la triste y previsible realidad.

El amargo té del general Yen (The Bitter Tea of General Yen, Estados unidos, 1932). Dirección: Frank Capra. Elenco: Barbara Stanwyck, Nils Ashter, Gavin Gordon y Toshia Mori. Duración: 88 minutos.

The Crazies (Estados Unidos, 1973). Director George Romero. Elenco: Lane Carroll, W.G. McMillan, Harold Wayne Jones, Lloyd Hollar, Lynn Lowry.  Duración: 93 minutos.

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