I.- Cito a Nacho Izaguirre en su excelente crítica sobre El otro hermano: “…además de filmar, Caetano firma sus películas porque es un autor…” y recuerdo una conjetura formulada hace muchos años por uno de los alumnos del taller de Roberto Pagés que en esa época compartíamos. Hablábamos de Cóppola y de su entonces última película Jardines de piedra; Guillermo, el alumno en cuestión, dijo que para filmar Appocalypsis Now y Golpe al corazón, Cóppola se había quitado el nombre Ford, el que se había agregado a manera de  homenaje al maestro John Ford al principio de su carrera. En esas dos películas fue Francis Cóppola. Pero después de aquellas cimas de omnipotencia creativa y delirios de independencia absoluta, sepultado en la catástrofe personal y económica, de vuelta empleado en los estudios, había retomado el Ford de sus comienzos. Guillermo sostenía que era una demostración de humildad  y aprendizaje, un reconocimiento de su carácter de artista-artesano a sueldo de la industria del cine.

Caetano parece haber elegido un camino distinto: a medida que avanza en su carrera que alterna películas “propias” y “por encargo”, suma a su firma los nombres y apellidos que componen su historia familiar; primero fue simplemente Adrián Caetano, luego Israel Adrián Caetano y ahora ¿Finalmente? Israel Adrián Caetano Suparregui, como si hubiera consolidado su firma para siempre luego de haber dominado la forma del cine hasta transformarse en nuestro cineasta contemporáneo más clásico junto a Adolfo Aristarain. El nombre completo y complejo como una proclama: en este momento de su carrera, puede ir y volver entre el encargo de nuestra modesta industria del cine o la televisión al trabajo de  matriz personal. No importa el formato ni el continente, su plurinombre es la garantía de aquello que firma es suyo, que toma y hace propio el material que le ofrecen o el que por sí mismo decida filmar. La intangible propiedad del artista que reúne toda su historia: uruguayo de la diáspora setentista, obrero en Córdoba, cineasta formado a los ponchazos, anárquico, fanático de John Carpenter y de -como buen oriental- Independiente (El otro hermano es una de sus pocas películas en las que no hay menciones al rojo, pullas a Rácing o fotos de la selección uruguaya).

De tal manera, puesto frente a Bajo un sol tremendo, gran novela de Carlos Busqued, un texto duro y seco, en apariencia cerrado y autosuficiente, construido con imágenes y sin explicaciones, un libro que cualquier director con menos nombres hubiera filmado con sumisión a esas imágenes (y, tal la costumbre de nuestro cine, probablemente le hubiera sumado explicaciones); Caetano Suparregui en cambio se apropia del texto y lo lleva a su propio terreno –que termina no siendo muy diferente al de Busqued-.

II.- El otro hermano es una historia violenta de personajes oscuros e ínfimos en un territorio anónimo y anómico. Tierra sin pan y sin dueños aparentes, quien la recorre y domina es Duarte; una notable variación del Duarte busquediano, éste un violento paquidérmico y sin matices, eficaz y funcional al relato. El Duarte de Sbaraglia (por lejos lo mejor de su carrera), es sonriente y espigado, ubicuo como para acomodar siempre su cuerpo delgado en el lugar y el momento preciso; viste de sport riguroso e inmaculado, pantalón, camisa y mocasines en una tierra en donde todos se rinden a la remera sucia de transpiración y el gorro de visera con leyendas políticas (lo dice otra vez Izaguirre, la de su lugarteniente Daniel es de Compromiso para el Cambio, el antecedente del Pro). Duarte lleva siempre adherido contra su pecho un portafolios que parece un escudo al que aferra con su mano de obra (des)ocupada; allí guarda sus negocitos del presente y su oscuridad del pasado, los saldos de su historia negra que se van insinuando mediante breves comentarios: es un suboficial retirado de la fuerza aérea, participante de la represión en Tucumán, radicado en Lapachito, un pueblo olvidado del interior chaqueño por el que desliza su figura untuosa y su portafolios como un gestor omnímodo. Ese pueblo es un no lugar; la forma en que Caetano Suparregui maneja y distribuye el espacio, es uno de los mayores méritos de El otro hermano. Lapachito es una pampa ardiente llena de pastos resecos, puro exterior estéril, y algunas casas entre las que no es posible establecer distancias ni ubicación. Los mismos árboles de troncos estrechos y retorcidos que durante el día no protegen del sol tremendo, durante las noches dejan filtrar la oscuridad que es la verdadera dueña del pueblo. Un sertao fotografiado por el cinema novo brasileño, algún recuerdo extraviado de los tristes árboles invernales a los costados de las rutas italianas, fotografiados por Otello Martelli en La Strada felliniana; en este caso el crédito corresponde al notable DF Julián Apezteguía. Unos pomposos carteles anuncian la existencia de un polo industrial al lado de una construcción en ruinas, un plano cerrado muestra el frente de la morgue local. No hay cuadrícula urbana, ni plaza, ni iglesia; Lapachito es la nada misma, un espacio vacío que no es pampa, ni selva subtropical; la cara superficial de un infierno acotado sometido a la mirada impiadosa de Caetano S. (los exteriores fueron filmados en San Andrés de Giles, a no más de cien kilómetros de Buenos Aires).

Hasta tal lugar llega Cetarti (Daniel Hendler) convocado por Duarte. La madre de Cetarti y su hermano vivían en Lapachito, ella era la mujer de Molina, el compadre militar de Duarte y padre de Danielito en su unión anterior con Marta (Ángela Molina). Molina ha asesinado a la madre de Cetarti y al otro hijo de ésta y se ha suicidado. El joven Cetarti debe hacerse cargo de los trámites fúnebres. Lo hace con desgano, empujado por el entusiasmo burocrático de Duarte quien muestra una diligencia para los trámites mortuorios (el balde en la mano para el seguro vómito del joven durante el reconocimiento) propia de algún aprendizaje tenebroso. Cetarti parece sobrevivir porque el aire es gratis, o porque existe el porro. Su única ambición está concentrada en terminar los trámites, cobrar el seguro trucho que le tramitará Duarte e irse. El espíritu burocrático, la sombra kafkiana en la pampa subtropical son su marca, en Buenos Aires ha sido empleado público y ha abandonado su empleo (“para no hacer nada me quedo en mi casa” le dice al escandalizado Duarte). Marihuana y Discovery Channel son su receta de sobrevida. Las mismas que ayudan a Danielito, el joven lugarteniente de Duarte, hijo de Marta y Molina. Lo que en Cetarti parece resultado de una abulia terminal en Danielito es rencor aplastado por el cannabis y la tele, los más eficaces ansiolíticos contemporáneos. Danielito hierve de resentimiento, contra sus padres, contra su jefe, contra el estrecho mundo en que su progenie lo ha condenado a vivir.

III.- Cetarti y Danielito son hermanos (“Medio hermanos” les dice Duarte); no en la sangre si en la anomia y en la forma de combatirla: porro e interés por las especies animales inferiores, formas primitivas de vida en donde ambos depositan sus remotas reservas afectivas.

Danielito tiene además un trabajo importante: se encarga de vigilar, en el sótano de la casa en que vive con su madre, a las personas que secuestra con Duarte, a las que cuida y alimenta con similares métodos, pero menos afecto que a los peces de la TV.

IV.- Sótanos y superficies, infiernos sin paraísos. Entre ambos territorios hay un intermediario: Enzo (deslumbrante Pablo Cedrón), un mercachifle que compra y vende todo lo que ese mundo descarta. A él va –llevado por Duarte por supuesto- Cetarti, que ha ocupado la casa mugrienta de su hermano muerto y quiere deshacerse de toda la basura acumulada en ella, Enzo es un personaje costumbrista de Landriscina mezclado con el bufón de una corte imaginaria; sabio y omnisciente a su manera, está sumergido en la mugre material del lugar pero al mismo tiempo las mira desde afuera, ha comprendido sus reglas y las maneja con habilidad y limpieza, sabe que todo es compraventa a precio vil. Rengo, sucio y sin pudores reina en su desvencijado territorio en donde todo deshecho tiene un precio y una utilidad. Deforme como Vulcano, el dios contrahecho del subsuelo del mundo mitológico grecorromano que manejaba su fragua y negociaba eternamente con Zeus, tan hábil como para arrebatarle en el canje al Dios-Rey a la joya del Olimpo, la bella Venus. Enzo practica con éxito desde su lugar primitivo la lógica capitalista: todo es mercancía, todo tiene su precio y puede y debe comprarse; esa es su ética y Enzo el único que tiene una y la observa. Todo menos gente, como dice otra vez Izaguirre, Enzo rechaza las urnas con las cenizas de los muertos (¡Basta Izaguirre!). Seguro que Enzo no tiene sueños ni fantasías. Todo para vender. Materialismo puro, las cosas claras, realismo extremo en una película realista. En cambio Cetarti y Danielito sobreviven y Duarte secuestra, tortura, viola y mata, según las reglas en las que fueron educados, sin poder ni querer evadirlas. No solo los secuestrados carecen de libertad en El otro hermano. En cambio Enzo, personaje clave, articulador del relato, deja su lugar en éste cuando ha terminado su trabajo, ya no queda nada por vender, son necesarias nuevas mercancías para reproducir el ciclo capitalista, una nueva víctima debe bajar al subsuelo para, siguiendo con las analogías mitológicas, alimentar al Minotauro. La entrada y salida de ese infierno está resguardada por dos cancerberos furiosos, los perros cebados de Danielito, cuando éste los mate sabremos que el mecanismo de la muerte, desatado desde el comienzo, ya no tiene vuelta atrás.

V.- En Lapachito todos acumulan: peces prehistóricos, revistas viejas, cacharros, basura, dinero envasado o ensobrado, nada cambia ni se transforma; Enzo regula y sofrena todas las tensiones más o menos latentes controlando la circulación del dinero. “Toda la plata es robada” decía el Oso en Un oso rojo, de Caetano y aquí lo reafirma, la plata es del que la tiene y no la suelta (Cetarti que embucha la que consigue, Danielito que la cambia por marihuana, Duarte que saca tajada de cada lugar en donde relumbra un peso). La plata justifica todo. Pero en este Lapachito tan nuestro la violencia es la partera del dinero; la profesional de Duarte y la nacida del rencor de Danielito o Marta, la verbal de la arpía secuestrada y la pasiva de su hijo que entrega a su madre para no malgastar su fortuna. Dinero y violencia son hijos de una misma matriz, hermanos de distinta data como Danielito y su hermano muerto apenas nacido. Cuando Marta desparrama las cenizas de Molina en la tumba del niño, podemos ver su esqueleto de infante, la calavera desproporcionadamente grande está perforada en la frente por el limpio agujero de un balazo; las fechas del nacimiento y muerte del niño corresponden a un mismo año: 1983, el de la recuperación de la democracia. Un infante asesinado al nacer, un parricidio probable o consentido. Democracia nonata. Ni alegoría ni símbolo, realismo y desesperanza.

VI.- Queda el final, la vieja víbora vejada y arrancada del sótano-infierno como (una más y no jodemos más) una Eurídice esperpéntica, luego el único momento de empatía de toda la película, Danielito y Javier hermanados en su afecto hacia un pez antediluviano, el común deseo de vivir en Fernando de Noronha, la isla del norte brasileño que guarda una reserva natural pero que también fue cárcel de presos políticos según lo resalta Duarte (recordemos Memorias de la cárcel de Carlos Diegues sobre novela autobiográfica de Graciliano Ramos, que allí transcurría); la tramoya en el banco de Resistencia y el enfrentamiento final entre el trío, resuelto con uno de los infaltables planos picados caetanianos suparreguianos. Ya no está Enzo para equilibrar el fiel de la balanza; ahora son tres, o dos contra uno haciendo justicia, vengando a un hermano muerto o  fundando una fugaz hermandad triste, solidaria y final; la sangre ha lavado a la sangre y ha cerrado provisoriamente el ciclo mortuorio de ese país camuflado bajo el nombre de Lapachito. El nombre de Caetano (Israel, Adrián, Suparregui) no necesita en cambio más que de su propio impulso. Vendrán más Lapachitos y tendrán su firma.

El otro hermano (Argentina, 2017), de Israel Adrián Caetano, c/Leonardo Sbaraglia, Daniel Hendler, Ailán Devetac, Ángela Molina, Pablo Cedrón, Alejandra Flechner, 112′.