Por Roberto Pagés.

The Sopranos (así, con “s” en el original) no trata de la mafia. Ésta es el contexto (de reconocido atractivo en el cine, además: ¿se pueden juntar tantas expresivas caras, como hay en esa mayoría de actores de origen italiano, con otra nacionalidad?), el espacio donde se citan las tribulaciones individuales, familiares, y las de la sociedad capitalista donde esas tribulaciones son sometidas a la competencia feroz, darwiniana, por la supervivencia.

En ese hábitat cultural y económico, Tony Soprano es un hombre de negocios como cualquier jefazo de una multinacional, y un padre de familia bajo mandatos culturales, religiosos y morales como todos. Por pertenecer todavía a una minoría –un italiano no es un wasp, y eso está claro en la serie- Tony todavía necesita matar con sus manos. El jefazo, en cambio, tiene sus esbirros, sus sicarios, sus instituciones: sus manos están limpias porque las protegen los guantes blancos. Ese matiz los diferencia, no más, en este campo. En otro, Tony se debe a los preceptos religiosos/morales del catolicismo, mientras el hombre wasp obedece a los del puritanismo sajón.

Para alimentar la prole, para cumplir con los preceptos, y, sobre todo, para responder al otro enorme mandato que todo lo rige, el dinero, tanto en la Cosa Nostracomo en el liberalismo económico capitalista, uno y otro necesitan transgredir. La máxima violación del Mandato –»No matarás»- deviene en práctica y uso habitual. Tiene su precio. Por la noción de pecado y por tanto de culpa, Tony, como católico, es quien la sufre. Y sobre todo porque la famiglia, la general de la mafia y la suya propia, tan inmersa como él en el mismo sistema, desde la madre hacia abajo, y el padre como faro de luz y también tiniebla, lo pone en el lugar de una reposera en la cubierta del Titanic: todos quieren salvarse, o sea, todos pueden matar. Incluidos los hijos.

Y porque hay una sola manera de pertenecer a la familia, obedeciendo las rígidas leyes que ella misma –a través de la educación, la economía, la iglesia, la cultura- ha fijado para sí y para sus integrantes. En términos dramáticos, la expulsión del rebelde –el traidor, en jerga- es una bala en la cabeza, pero hay balas menos ostentosas y de todos los colores: indiferencia, rechazo, desamor, ostracismo.



¿Por qué nos (me) joroba tanto la muerte de Gandolfini, del extraordinario Tony Soprano que James Gandolfini supo construir? ¿Qué sabemos del actor, del hombre, sino ese personaje que armó con talento y tripas? Éste es el que murió, Tony Soprano, porque la muerte de Gandolfini nos dice que ya nunca volveremos a encontrarnos con él. Lo sabíamos porque la serie ya terminó hace años, pero Gandolfini vivo alentaba la esperanza del reencuentro, y ahora no. Una vez más, ahora no. Muerto Gandolfini, se acabó Soprano, hasta ahí llegó.
Había que verlo –hay que verlo, y eso nos queda- al gordo Gandolfini moviendo los ojos antes de soltar su texto; sentarse de una manera u otra, incómodo o despatarrado, frente a la voz interna que lo acuciaba; buscar en el vacío o en la memoria lo que no hallaba; y oír su voz, su portentosa voz plena de matices, como un instrumento afinado hasta la obsesión por dar la nota justa, para saber que Gandolfini fue uno de los autores de Los Sopranos, y no el menos importante. Le puso a Tony sus tripas y sus emociones, su violencia interna y también externa, sus miedos, sus ternuras, su sexualidad, su pibe asustado por la violencia de los mayores y del mundo, y el impudor típico del gran artista, que lo muestra todo porque da todo.

Acaso eso lo mató, tan temprano. Acaso había hecho su capolavoro, y lo sabía. Acaso entregó todo y se quedó sin nada. Acaso esto es lo que nos jode: ya no está Tony Soprano –ya no está Gandolfini- para ayudarnos a entender, conmovidos, nuestro tiempo, nuestra familia, nuestra cultura depredadora, nuestras violencias y nuestros amores, tan lejos como una serie ítalo-yankee y, sin embargo, tan cerca.

Chau, Gordo.