François Ozon es para muchos críticos un cineasta genial y para otros solo un cineasta irregular, lo que no cabe duda es que sí es un cineasta prolífico que viene filmando durante por los menos dos décadas la radiografía de la Francia contemporánea a través de múltiples géneros y estéticas diversas. En su cine de autor (y a su vez popular) la sexualidad es uno de los temas omnipresentes que tracciona lo mejor de su cine siempre pasional.

En Amante doble, Chloé (Marine Vacth), acosada por persistentes dolores de estómago, decide recurrir a ayuda psiquiátrica y allí conoce al que será su esposo, interpretado con frialdad extrema por Jérémie Renier. Quizás después de la notable Frantz uno podía imaginar que el cine desbocado y pasional de Ozon podía entrar en una meseta reflexiva que lo llevara a una madurez y estabilidad en sus formas, pero esta intuición se desvanece en el aire luego de ver este film que funciona como indagación metafísica sobre el sexo y la locura en una trama que mezcla melodrama y suspenso en virtuosas partes iguales.

El descubrimiento de un misterioso secreto de su marido la lleva hacia una nueva terapia: entonces, la bella y apática heroína de Amante doble recrea las visitas psiquiátricas ahora con un analista que resulta ser igual a su marido. A partir de ese descubrimiento azaroso, su estabilidad emocional comienza lentamente a resquebrajarse. Si el tono de suspenso remite a cierto Hitchock maduro, los abismos de locura a los que se asoma Chloé permiten pensar en Cronemberg (sobre todo en lo que se relaciona a los conflictos de identidad y la figura del doble, principalmente por la sordidez subjetiva que atraviesa el personaje). Al mismo tiempo, al ver el film de Ozon el martirio y la soledad de la protagonista me remontan a la épica e insoslayable Repulsión de Polanski, filmada ya hace más de cuatro décadas. No solo Repulsión remite como memoria cinéfila al espectador en este juego de espejos filmados por Ozon, sino todo el cine de Polanski y cierto tono muy logrado de perversión sexual latente pareciera acecharnos a lo largo de todo la película.

Hay algo bestial en el cine sexual de Ozon, que opera como una pulsión insistente que lentamente se descubre como una fuerza descontrolada que todo lo arrasa. Esa pulsión de vida (asociada a lo sexual) arremete contra todo lo instituido, en contra de ciertas formas de corrección política que parecieran representar el prestigio simbólico y material de cierta clase social acomodada. Ese padecimiento social que habilita esa lectura desangelada de las clases altas, que a menudo lleva a cabo Ozon en las puestas en escena de sus películas más perturbadoras, también lo vincula a otro grandísimo retratista de clases de la Francia del siglo XX como lo fue el notable Claude Chabrol. Como en Ozon, en Chabrol esa mirada desencantada (casi como concepción  antropológica del ser humano) va de la mano de un notable registro de lo que el cine puede brindar desde los géneros tradicionales. En Ozon como en sus maestros, la ácida mirada sobre el orden social instituido (la burguesía o las clases altas) nunca se encuentra subrayada. No hace cine político a lo Loach (y aquí podríamos pensar si puede existir algo denominado cine no político, pero eso es un asunto que excede los límites de esta nota) sino que utiliza las formas clásicas del cine para pensar esas estructuras sociales con lo que tienen de obsoleto o problemático.

Basado en un relato de la gran Joyce Carole Oates, el film de Ozon revuelve la historia original hasta exponer la violencia sexual en una mirada inquietante sobre el machismo y sobre como la tensión sexual reprimida puede dejar profundas huellas subjetivas. Es el suspenso (otra vez el género como llave maestra) lo que le permite explorar en el alma humana y en una clase social determinada. En Amante doble hay un disfrute excesivo en mostrarnos la intimidad (otra vez Polanski) y esa posibilidad que da el cine de utilizar el ojo para espiar pareciera estar todo el tiempo presente en la puesta en escena, algo de ese disfrute morboso rebota en el espectador que es involucrado de modo constante por el director.

La película bucea en las aguas turbias de la razón y la locura, del deseo y la represión. Ozon con su cámara lucida decide darle calurosa vida al devenir de su protagonista  y, de esta manera, termina poniéndose inequívocamente del lado de Chloé. Esa postura ética nos hace empatizar con un personaje que visto con mayor frialdad podría generar distancia. Sin embargo, Ozon siempre toma partido por sus criaturas y no las juzga. Con su cámara y sus decisiones de puesta en escena, Ozon (casi siempre) acompaña con calor y pasión a sus criaturas en su devenir emocional. Es Chloé la que atraviesa su tormenta metafísica cargando con sus dolores crónicos a cuestas, intentando reconstruir las partes que tiene en claro de su vida en una realidad que tiende a lo difuso.

Ricardo Piglia decía que el psicoanálisis era una especia de folletín o de historia por entregas en las que el paciente junto a su psicoanalista iban develando un enigma siempre inconcluso.Ese espíritu subversivo es el que pareciera llevar a cabo con maestría Ozon, siguiendo a esta protagonista mitad hielo y mitad fuego a lo largo de las casi dos horas que dura la película. Lo interesante en el cine de Ozon, como en el psicoanálisis, es que más que las respuestas a Ozon lo que le interesa es hacerse buenas preguntas. Los finales (como sucede en el buen cine) los cerramos los espectadores.

Amante doble (L’amant double, Francia/Bélgica, 2017). Dirección: François Ozon. Guion: François Ozon, Philippe Piazzo (sobre la novela de Joyce Carol Oates). Fotografía:  Manuel Dacosse. Edición: Laure Gardette. Elenco: Marine Vacht, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset, Myriam Boyer, Fanny Sage, Dominique Reymond. Duración: 107minutos.