No sé muy bien por qué, pero se percibe algo anti-cinematográfico en los documentales sobre las grabaciones de discos. Tal vez sea solo una cuestión de costumbres: la mayor parte de esos trabajos, si no han sido producidos específicamente para la televisión, suelen ir a parar a algún canal de cable. Arriesgo una teoría que quizás sea de difícil comprobación: un estudio, como espacio cerrado, parece llevarse mal con el cine, como si existiera una mala predisposición mutua, excluyente entre ambos.

Habrá ejemplos que afirmen lo contrario y me los señalarán despechados fanáticos al borde de sentirse ofendidos por esa afirmación. Tendrán razón, seguramente. Recuerdo, solo por poner un ejemplo el One More Time with Feeling basado en la grabación de Skeleton Tree, el último disco de Nick Cave. Pero enseguida pienso en lo que diferencia a este documental de otros parecidos: no se trata solamente de que lo haya realizado un director de cine –Andrew Dominik-, sino que sostiene una idea, un concepto que excede a la grabación y trasciende a la construcción de ese objeto grabado llamado disco.

De cualquier manera, Transformación constituye un fenómeno poco habitual, ya que este tipo de documentales no suelen estrenarse en salas –un posible antecedente se podría buscar en Existir sin vos de Alejandro Chomski sobre Charly García-. Y todavía más si se tiene en cuenta que no se trata de un film sobre un artista de enorme popularidad, sino de alguien que ostenta una larga trayectoria y un público fiel y seguidor pero no masivo.

Pero lo interesante que podía ofrecer una figura como Palo Pandolfo –ex líder de grupos como Don Cornelio y La Zona o Los Visitantes- se desdibuja rápidamente ante la ausencia de un concepto y de un desarrollo de lo que se esboza ligeramente. Si la idea de plantar la cámara en el estudio o en los ensayos como una presencia invisible logra funcionar, el armado final deshace cualquier expectativa. Démosle el beneficio de la duda y pensemos que se trata de una errónea selección y organización del material disponible. Aún así, subsiste la ausencia de un criterio que funcione como aglutinador de lo que se ve.

El documental parece, entonces, haberse dejado conquistar por la verba de Pandolfo. Confía en sus palabras para encontrar hilos que permitan desplegar un entramado. Insinúa que su desarrollo está marcado por esa entrevista telefónica que le concede a una radio FM, sobre la cual se vuelve cada tanto –y es justamente allí donde refulge el peso de la voz en contraste con el silencio del ambiente y la ausencia de las palabras del otro lado-. Pero no hay articulación sino disociación: lo que Pandolfo exhibe como ideas verbales no se trasladan, no encuentran eco en la construcción visual y sonora de la película.

Pandolfo menciona cambios experimentados en la composición de los temas, habla de la construcción de las letras en base a las melodías, de la necesidad de cambiar la potencia musical –más cercana a un rock más duro- por la intensidad, entendida por la generación de un ambiente más denso en las canciones. Un proceso de transformación –posiblemente a ello alude el título- de un estado embrionario, de una potencialidad, a un hecho artístico concreto, que no vemos en ningún momento. No hay progresión, ni siquiera una muestra de la mutación que sufre una canción durante el proceso de grabación.

La idea –esbozada por el director Ivan Wolovik en alguna entrevista- de filmar un puro presente, suponiendo que fuera posible, va en concordancia con el objetivo/obsesión de Pandolfo: registrar el disco con la banda tocando reunida en el estudio, como si se tratara de una grabación en vivo. Pero no hay un reflejo de ese trabajo conjunto de la banda –salvo por la sesión de yoga en el estudio- ni de la forma en que suenan tocando juntos. Oímos fragmentos de algunos tracks cuando los escuchan en la consola ya grabados. Vemos que se le dedica más tiempo a la intervención de los invitados –en especial, Ricardo Mollo- que al grupo en sí. Rompiendo, además, con esa decisión de priorizar los overdubs, con la intención del presente puro.

Si en un determinado momento el músico entiende que debe pasar en la grabación de la suma al despojamiento, a quitar piezas que saturan el sonido, a despejar de algunos fragmentos al andamiaje para conseguir un efecto diferente, el documental parece no hacerse eco. Y quizás allí se encuentre una de las explicaciones de las falencias de Transformación, en tanto procede por acumulación pero sin darle una continuidad lógica o, por el contrario, atreverse a sumergirse en el caos.

El híbrido construido no permite que ni el artista ni la grabación trasciendan –al menos en su exposición artística- más allá del círculo de iniciados. Su interés no parece haber sido revelar una faceta de un artista para ampliar su campo de recepción, sino simplemente convertirse en una plataforma extra para la difusión de una obra musical –de hecho está coproducida por el sello discográfico. Lo cual en sí mismo no está mal, pero reafirma la idea de que el estreno en salas es una estrategia equivocada incluso para la venta del disco. Transformación  es un documental dirigido al seguidor de Pandolfo y no se diferencia de la mayor parte de esas filmaciones que suelen acompañar a los discos. Y es que su destino, más apropiadamente, debió haber sido convertirse en un bonus track de una edición discográfica antes que en un estreno cinematográfico.

Transformación (Argentina, 2018). Dirección: Iván Wolovik. Fotografía: Iván Wolovik. Edición: Daniel Casabé. Duración: 69 minutos.