Traslasierra: Salir de la infancia, por José Luis Visconti

Mientras esperan al costado de la ruta por alguien que los pase a buscar, Julieta (Ananda Troconis) le pide a Tincho (Juan Sasiain) que le cuente algo. Lo que encuentra para narrar es –y por lo que parece en virtud del comentario de Julieta, algo recurrente- una historia de su infancia. Un momento de felicidad que incluye una canción y sus padres, que, de pronto, se ponen a bailar –en una escena que parece estar referenciando uno de los momentos más felices de Choele, la película previa de Sasiain. La aparición de la Citroneta adornada por una bruja en el techo no solamente adelanta la llegada de Rufi (Rufino Martinez), el padre de Tincho, sino que funciona como una especie de vehículo emblemático, como un DeLorean de tercer mundo que devuelve al personaje al territorio de la infancia.

El regreso, después de años, a la casa familiar, implica el reencuentro con los objetos en los que se afirmó la infancia: los títeres que el padre aún utiliza para las funciones para los niños de la zona y la casa rodante en la que se alojará con Julieta, son parte de un retorno en el cual lo único que parece haber variado es lo que produce el paso del tiempo en los cuerpos. Mientras los objetos parecen permanecer inmutables, son los cuerpos de Tincho y de Rufi los que señalan el paso del tiempo. Pero aun así, el juego se establece de un solo lado. Rufi reconoce la distancia insalvable cuando hace que los títeres “hablen por él” cuando elogia la belleza de Julieta: no puede aspirar a ella no solamente porque es la novia de su hijo, sino porque su tiempo es otro y ya ha pasado (Tincho, en cambio, solo recurre a la voz del muñeco, cuando tiene que decidir qué camino seguir). Pero Tincho –y ya la utilización del apodo sobre el nombre está delatando una pertenencia a otra etapa- no registra su cuerpo como parte de ese cambio. Él regresa a Mina Clavero siendo ese mismo niño que se apoya en los recuerdos del pasado para sostener su presente.

Traslasierra es, como las películas anteriores de Sasiain –la mencionada Choele y la que dirigió con Federico Godfrid, La Tigra, Chaco– un retorno emprendido por el personaje a un territorio perdido. En las tres, la fuerte relación entre el hijo varón y su padre –en diferentes instancias y estados, pasando por la adolescencia y la niñez, por la distancia y la ausencia que no termina- establecen el eje de ese retorno que, sin embargo, encierra en sí mismo la necesidad de volver a partir. Aquí, que ambos se encuentren en la adultez, permite no solamente establecer una corriente de diálogo que se interpreta en el legado o linaje (Tincho es titiritero como su padre y de hecho comparten funciones en el pueblo), sino plantear con más fuerza la contundencia del retorno a la infancia. Pero en Tincho, el viaje no supone el retorno, sino la demostración de que ha estado suspendido en ese territorio, que se revela como un lugar confortable y a la vez conflictivo, aun a pesar de la distancia física.

Para Tincho, el pueblo es también Coqui (Guadalupe Docampo), que la película pone en circulación desde el fuera de campo (“La que siempre pregunta por vos es la Coqui” le dice el padre, a poco de llegar a la casa y delante de Julieta, como si lo estuviera desafiando). Cuando finalmente aparece, como maestra de los chicos de la escuela en la que Rufi y Tincho ofrecen su obra, y en los encuentros sucesivos de ambos, lo que aparece es una tensión no resuelta que proviene del pasado. No está puesta en palabras, sino en una gestualidad que no cede a la tentación del acercamiento de los cuerpos, para crear un suspenso que sería falso, además de trillado. Ni necesita de primeros planos que remarquen la evidencia: las miradas de los dos mientras hablan, la visible incomodidad del espacio compartido, la risa de ambos cuando brotan los recuerdos en común de la niñez, establecen una ligazón que está dada por un vínculo más profundo, incluso que el que tiene Tincho con Julieta.

Lo que hace la película con los personajes, para registrar esa tensión sin caer en la recuperación del pasado, es desbalancear el lugar en el que se encuentran los dos personajes. Tincho está en pareja con Julieta, Coqui está sola pero con su hija (“el padre anda por ahí”, dice con la imprecisión justa). Ese desajuste inicial se transforma en otro más profundo: Coqui ha dejado atrás, a partir de su hija, esa época pasada. No está atrapada allí, aunque el recuerdo parezca estar revolviendo algunas cuestiones. El punto de inflexión para Tincho es la revelación del embarazo de Julieta, que lo pone ante la necesidad de decidir el paso a dar. Él está a punto de atravesar ese puente que Coqui ya ha transitado, pero sigue aferrándose al territorio del pasado. La escena en que lleva a Coqui hasta su casa no es el desatino de alguien que bebió de más: es el último esfuerzo por mantenerse en la infancia eterna. Y la reacción de Coqui demuestra que ya no hay forma de volver a traer el pasado al presente.

No es casual que, a partir de allí, Coqui desaparezca del relato. En el momento en que se baja de la Citroneta vuelve a ser ese pasado que no puede ser presente y se va de la vida de Tincho. Lo último que queda de ese pasado es, para Tincho y también para su padre, la mención a la forma en que extrañan a la madre. El cine de Sasiain desprecia las despedidas como formas de resolver lo irresoluble. Las elipsis las dejan incluso en duda, aunque teniendo en cuenta que sus películas le escapan tanto a la sensiblería como a la exageración sentimental, es posible que ni siquiera existan. Las películas de Sasiain consiguen el milagroso efecto de que un reencuentro no sea presa de la nostalgia, de que se pueda expresar lo que se siente sin necesidad de llantos, peleas o lamentos. La naturalidad de sus personajes hace que todo fluya, y en ese recorrido se vuelva inevitablemente luminoso. En el final, vemos otra vez a los dos personajes como al principio, posiblemente en la misma ruta. Ahora no esperan, sino que caminan. El amanecer al que se enfrentan es el de la nueva vida que comenzará en el final del recorrido en Mérida y con el hijo que nacerá. Lo que no se ve es lo que está detrás, eso que ya no le importa a la cámara: el pueblo, la infancia, el padre, Coqui, el río, son territorios de la infancia que finalmente Tincho ha dejado atrás.

Calificación: 7.5/10

Traslasierra (Argentina, 2018). Guion y dirección: Juan Pablo Sasiaín. Fotografía: Germán Vilche. Edición: Xi chen. Elenco: Juan Pablo Sasiaín, Guadalupe Docampo, Rufino Martínez, Ananda Troconis. Duración: 82 minutos.

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