Un don excepcional tiene un afiche que dan ganas de salir corriendo: una niña ignota que mira el rostro, aburrido de tan perfecto, del capitán américa que interpreta a su tío.

Mackenna Grace es Mary una niña de ocho años que tiene un cerebro atento, veloz y colmado de capacidad para los problemas matemáticos. Grace, a la que desconocía, es dueña de una expresividad real, palpable y profunda. Se banca el primer plano a pura lagrima con una gestualidad plagada de realismo y es asombroso como puede moverse en diferentes tonos sin esfuerzo alguno.

No debe haber peor castigo para un niño que poseer aquellas habilidades, todo le resulta aburrido ante sus saberes. Vive con su tío porque su madre se suicidó, de ella heredo las virtudes extraordinarias que su abuela trabajó sobre sus hijos desde pequeños con el afán de llegar a la trascendencia. Tanta fue la presión que ejerció privándolos de tener una vida “normal” que quebró sus expectativas más terrenales.

Su tío, licenciado en filosofía, optó por una vida despojada en algún lugar de Florida y eligió ganarse la vida arreglando botes, siempre desarropado, en una casa apenas ordenada.

La película comienza con los avatares de la niña en un colegio común y corriente, presenta a su maestra que hace foco sobre Mary y la compleja relación que tiene con el mundo que la rodea, a ella le hastía la cotidianeidad de sus compañeros, mientras a Frank solo le preocupa que la vida de la niña, su transcurrir, sea estándar como el de cualquier hijo de vecino.

Un día, después de seis años, llega la abuela (Lindsay Duncan) recibida en Cambridge a sacarle la tenencia al sacrificado Frank por el solo hecho de volver a hiper incentivar a alguien para lograr la tan codiciada trascendencia que casi alcanza su hija.

Ahí es donde entra el juicio y sus idas y vueltas que tan bien le hacen a casi cualquier relato cinematográfico, al igual que casi cualquier película que incluya el boxeo. Parece que alguna norma cinética se enciende ante tales actividades. Sera esa especie de cuadrilátero que se arma, que le es útil a la puesta escena, que le permite tensionar el relato. En este caso funciona como una vuelta de tuerca que lo complejiza.

Mientras la abuela utiliza todo su poderío económico para cooptar a su nieta, su tío insiste con una vida despojada y se trenza con su propia madre para confrontar entre dos miradas del mundo que hoy diferencia a unos de otros en cualquier ámbito. Esta idea de producir todo el tiempo para aspirar a algo mejor, porque desarrollar “positivamente” el ego, amplía las ambiciones de poder, alimenta la codicia, exacerba la avidez por superarse y todo ese discurso desparejo y contradictorio con el que se vive y se cría a millones de niños.

Ahora ¿qué pasa con la gente que vive bien y es feliz sin todo ese rollo? Que valora el tiempo libre, que no tiene ansias desesperadas de conocimiento ni de consumo. Que es feliz haciendo poco, se planta y vive el día y día. Que no pretende dejar mucho en este mundo, sino un transcurrir feliz, comprometido y honesto y ser uno más del montón. En los tiempos que corren esto es el infierno para mucha gente.

Ahí es donde trabaja la película y eso la convierte en un relato sólido, algo pasteurizado en imágenes lo que le resta profundidad, pero que se las arregla bien para no descomplejizar la antítesis.

Marc Webb es un director joven que dirigió 500 días con ella, un melodrama en clave de comedia con un guion ingenioso e insustancial y la última saga de El hombre araña con resultados desparejos entre la primera y la segunda, pero que distan bastante de lo fallido.

Gifted (su título original), es una película interesante que poco tiene que ver con la mirada empalagosa que proyecta a priori.

Un don excepcional (Gifted, Estados Unidos, 2017), de Marc Webb, c/ Chris Evans, Octavia Spencer, Mackenna Grace. Lindsay Duncan, 101′.