El plano general nos muestra un paisaje montañoso con cardones que nos sitúa en algún lugar del sudoeste estadounidense. De manera fragmentaria, vamos viendo la rutina matinal de una hombre de cuerpo flaco y carnes blandas y arrugadas. El hombre se pone las pantuflas, se lava las axilas, se afeita. Hace ejercicios, se sirve leche mientras calienta café y comienza a vestirse con camisa cuadrillé, vaquero, botas tejanas negras y sombrero country de paja. Cuando el hombre anciano abre la puerta para disponerse a salir, la luz del sol inunda la habitación y lo muestra saliendo al encuentro de esa luz blanca. El prólogo, con este cierre, ya nos anticipa que la muerte será el tópico alrededor del cual se va a ir tejiendo la ficción. Así comienza Lucky: un joven de noventa años (Lucky, 2017), que ha sido galardonada y bien ponderada por la crítica especializada en diversos festivales internacionales. Se trata de la opera prima de John Carroll Lynch, actor estadounidense que  cuenta con una vasta carrera tanto en teatro como en cine y en televisión (es conocido principalmente por su papel en Fargo de los hermanos Coen).

Lucky (Harry Dean Stanton) vive solo desde hace muchos años. Nunca se ha casado ni tuvo hijos. Todos los días desayuna en la cafetería de Joe (Barry Shabaka Henley), compra leche y cigarrillos en la despensa de la inmigrante mexicana Bibi (Bertila Damas), y por las noches va beber algo al saloon de Elaine (Beth Grant), donde se encuentra con su amigo, también anciano, Howard (David Lynch), preocupado porque se ha escapado su mascota de compañía, la tortuga Presidente Roosevelt.

Hay dos elementos importantes que anticipan lo que sigue, y que el director incorpora a través de las palabras del crucigrama que está resolviendo Lucky: presagio y realismo. Lucky repite su rutina al día siguiente, pero se cae mientras caliente su café. Preocupado acude al médico, pero éste luego de realizarle varios análisis lo encuentra en perfecto estado de salud y le dice que lo único que tiene es que está viejo. No obstante, Lucky percibe la caída como el presagio que lo pone en alerta respecto de la posibilidad de la muerte.

La muerte, según refiere Lacan, es la representación por excelencia de la castración, esto es, de que el único goce al que podemos aspirar es un goce limitado. También se refiere a ella como el Amo absoluto, ya que carece de representación en el aparato psíquico, dado que nadie puede dar cuenta de la experiencia de la muerte, y además nadie puede calcular cuándo ni cómo se presentará. Por ello designa un Real, un agujero en el aparato de las representaciones inconscientes. De ahí que se vuelva pertinente la palabra clave del crucigrama, Realismo, como el acto de aceptar una situación como es y estar preparado para afrontarla en consecuencia.

En Lucky nuestro anciano cowboy no tiene que enfrentarse a otros hombres rivales ni a los indios (que aquí están representados por la etnia mexicana inmigrante en calidad de extranjeros), sino al misterio de La Parca. De aquí que la pregunta en torno a la gira la película es: ¿De qué manera hacerle frente a la muerte?

En este punto la película nos ofrece distintas respuestas. Tenemos la respuesta que elabora Howard, que contrata a un abogado para realizar un testamento en el que deja todas sus posesiones a su tortuga cuando regrese. Howard no puede dejar ir a ese animal que considera su amigo, que lo representa en su longevidad y en esa caparazón que arrastra todos los días como si fuese su propio ataúd. Howard se engaña respecto de la verdad, que es asumir y aceptar que está solo y que se irá solo.

Luego tenemos la respuesta que elabora Bobby Lawrence (Ron Livingston), el abogado, quien casi es atropellado por un camión yendo a buscar a su hija a la escuela y que a partir de ese hecho hace su testamento, actualiza su seguro de vida y paga por adelantado la cremación. Bobby piensa en ahorrarle a su familia la burocracia de su muerte, se preocupa por ellos. Pero nada indica que con esta previsión y precaución él esté subjetivamente preparado para afrontar la muerte, esa que es precisamente imposible de calcular tanto en su advenimiento como en su consecuencia. Que se prevenga, por el contrario, no lo despierta a esa realidad que significa el límite por excelencia.

Y, por último, una respuesta ante lo inevitable de la muerte que se augura cercana puede ser el suicidio. Como fue el caso de los sobrevivientes del bombardeo en Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial, donde -como le relate a Lucky el Marine Fred Sparks (Tom Skerritt)-, dejaban caer a su hijos por el acantilado, para luego arrojarse ellos. En este caso, no se enfrenta la muerte, sino que los hombres se erigen ellos mismos como Amos, por encima de la muerte misma, determinando el cuándo y el cómo de la muerte de sus hijos y de la propia.

La fortuna de Lucky no es su longevidad, ni su formidable estado de salud, ni haber sobrevivido a la guerra contra los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, sino esa sabiduría y lucidez que le permiten no engañarse por las banalidades del ser o de las posesiones, y lo llevan a estar despierto frente a la muerte. De este modo, la asume como parte de la vida misma y podrá esgrimir ante ella la dignidad de una sonrisa en los labios.

Otra cuestión a destacar es el homenaje que el director le dedica a David Lynch, en ese punto de extrañeza donde en el borde del cartel “Exit” del bar, se desdibuje la ficción para pasar al fantástico mundo de los sueños.

En Lucky, John Carroll Lynch con un cuidada fotografía, una buena elección de actores y sin demasiados artificios ni tramas rebuscadas, nos brinda la historia de un personaje entrañable. Es una película conmovedora, que tiene el acierto de evitar los golpes bajos. Y aunque su tema sea la muerte, nunca vira hacia la melancolía, ni plantea una alegría positiva de sesgo new age. Carroll Lynch logra una maravillosa amalgama entre el peso de la realidad de la finitud y la luminosidad del entusiasmo por la vida.

Aquí puede leerse otra crítica de la misma película.

Lucky (Estados Unidos, 2017). Dirección:  John Carroll Lynch. Guion: Logan Sparks, Drago Sumonja. Fotrografía: Tim Suhrstedt. Montaje: Slobodan Gajic. Elenco: Harry Dean Stanton, David Lynch, Ron Livingston, Tom Skerritt, Beth Grant. Duración: 88 minutos.