Hayao Miyazaki es uno de los directores de animación más reconocidos en el mundo. Es el responsable de obras como El viaje de Chihiro (2001) y El castillo vagabundo (2004), y de un mundo imaginario inmenso que se extiende en sus doce largometrajes, repletos de fantasía, aventuras y finales felices. Hoy hacemos un recorrido a lo largo de su carrera cinematográfica, para poder esbozar un mapa, una pequeña guía que quizás pueda ser buena compañía para quien se anime a sumergirse en su universo. Ese recorrido empieza hace ya varios años atrás, en 1979.

El castillo de Cagliostro (1979) fue su primera prueba en el cine. Durante toda la década de los 70, Miyazaki se había dedicado a trabajar en series animadas para la televisión japonesa como diseñador y dibujante, y solo en dos de ellas lo hizo como director: Lupin III (1968), que codirigió con el querido Isao Takahata y, la otra, y quizás la más relevante para nuestro mapa, Conan, el niño del futuro (1978). Aquí Miyazaki deja establecida una marca temática que lo acompañaría el resto de su carrera: Niños como protagonistas, una preocupación por el cuidado del planeta, un espíritu pacifista y conciliador que siempre nos hace sonreír al final.

El castillo de Cagliostro es una divertida película que retoma las aventuras del famoso ladrón Lupin III. Significó un primer paso en su carrera, el que le dio un cierre a su etapa en series y le abrió la puerta para entrometerse de lleno y con mucha fuerza en el mundo del cine.

Los años 80 y el Primer Miyazaki

Ahora sí, había llegado el momento de ponerse el delantal del director. Esta década de Miyazaki puede pensarse en dos mitades bastante separadas por decisiones de estilo y género: la ciencia ficción por un lado, y la fantasía, por el otro.

Nausicaä del valle del viento (1984) y El castillo en el cielo (1986) son dos increíbles películas ubicadas en un futuro lejano y gastado, en donde el mundo se ha transformado en un lugar peligroso. Ellas continúan con una línea temática que Miyazaki supo construir desde la mencionada Conan, el niño del futuro. Por pequeños detalles, y algunos otros no tan pequeños, podemos pensar que tanto Conan, como Nausicaä y El castillo en el cielo, son historias que se suceden en el mismo universo. La tecnología que utilizan, los movimientos políticos en reacción a los desastres naturales, y hasta detalles como la aparición de algunos animales, son muy similares en las tres obras. Ambas películas se caracterizan por representar, en una forma muy propia de la ciencia ficción, un mundo post-apocalíptico. En la serie Conan, el mundo queda bajo el agua luego de una tercera guerra mundial que aceleró los desastres naturales. Eso generó que nuevas sociedades en la humanidad intentasen vivir bajo tierra. Esto se repite en El castillo en el cielo, donde nuestro protagonista, un niño muy similar a Conan, vive en un pueblo escondido entre las grietas de la tierra. Mientras que en Nausicaä hay una conexión temática aún más profunda, porque aquí el mundo contaminado de los humanos fue destruido por la misma naturaleza, en un intento por salvar el planeta. No sería esta la última vez que el director se cita a sí mismo.

Dos años más tarde se estrenaría la famosa Mi vecino Totoro (1988). Esta hermosa película sería la primera de una etapa más ligada a lo fantástico, pero sobre todo a una serie de películas que gozan de una libertad narrativa muy propia del cine moderno. A ella le siguieron Kiki, la aprendiz de bruja (1989) y Porco Rosso (1995) Acá nos fuimos un poco de la década, pero bueno, aún así funciona como un cierre de etapa. Volviendo a lo anterior, en estas películas Miyazaki muestra su versatilidad como director, al sumergirse en historias ajenas al relato clásico. Con esto me refiero a que en ninguna de estas tres películas hay un problema por resolver, ni un misterio por descubrir. En Mi vecino Totoro, se cuenta la historia de dos hermanas pequeñas que conocen a Totoro, una extraña criatura que vive en la parte de atrás de la casa. En la película conviven la realidad y la fantasía, en un fuerte contrapunto en el que se equilibran la tristeza y la felicidad de estas niñas.

En Kiki, la aprendiz de bruja, seguimos el viaje de Kiki, un pequeña bruja que por haber cumplido los 13 años debe viajar a otra ciudad en donde pueda ofrecer sus servicios como bruja durante un año. De nuevo, la fantasía y la realidad unidos en un mismo relato, porque los elementos fantásticos -como el hecho de que Kiki sea una bruja- se entrelazan con un relato realista, que nos muestra la vida y la rutina de una ciudad. Y no hay conflictos aquí. Kiki nunca debe salvar a nadie, ni demostrar su valía. Ella tan solo transita esta etapa de madurez en su vida y no sucede mucho más que eso. La versatilidad de Miyazaki está en poder lograr un relato bello y dinámico, con una historia lenta y contemplativa. Y poder pasar de un género duro y exigente como lo es la ciencia ficción a una forma más libre de normas y abierta a las casualidades.

Así llega Porco Rosso, y otra vez, al igual que el realismo mágico, los elementos fantásticos de Miyazaki se le cuelan por sus dedos, y se entrometen en sus historias. Esta película, quizás no tan recordada, o no tan promocionada, no debe ser pasada por alto. Vale la pena detenerse en ella y pensarla. Acá vuelven las maquinarias de guerra, vuelve el mensaje pacifista, y vuelve el recuerdo de una época de horror. Todo a través de un piloto de hidroavión italiano que es, ni más ni menos, que un cerdo. Este es el único elemento fantástico, que justamente está puesto ahí, delante nuestro, sin disimulos. Mientras que todos los demás son humanos, nuestro protagonista es un cerdo. Y nunca sabemos porqué, pero él antes era humano también. La película disfruta volar en el hidroavión de Porco y recorrer los paisajes del mar Adriático. La playa, la música, el cielo y las nubes son los elementos más recurrentes de esta obra. El recuerdo de Porco sobre la guerra hace valorar las épocas de paz, en un pueblo de pilotos que vive en la constante nostalgia de aquellos amigos caídos en batalla.

El ¡bum! de Miyazaki

El viaje continúa y el mapa se expande porque entramos en la etapa que hará que el cine de Hayao Miyazaki recorra el mundo entero. Luego de un primer período de distintas búsquedas, siempre más ligadas a un tono juguetón e inocente, Miyazaki se pone serio y realiza tres películas gigantescas, tres obras repletas de personajes, con ilustraciones que se modernizan. Complejas en su historia y ricas en su posicionamiento ideológico. Así llegan La princesa Mononoke (1997), El viaje de Chihiro (2001) y El castillo vagabundo (2004).

En estas tres películas, el tono del director japonés ligeramente empieza a oscurecerse. La sangre y las lágrimas se hacen presentes. Estas tres historias tienen puntos en común. En las tres hay una curiosa coincidencia: sus protagonistas sufren, al inicio de cada historia, un hechizo o maldición que deberán poder romper para recuperar sus vidas.

En La princesa Mononoke, una historia de un profundo mensaje ecologista y pacifista, en donde animales ancestrales defienden a un bosque de la apropiación humana, su protagonista, el príncipe Ashitaka, recibe una maldición que le quitará la vida si no logra revertirla. La lucha entre animales y humanos es sangrienta y ningún bando cede. La maldición de Ashitaka es en sí una metáfora del odio que genera la violencia. Así de compleja es esta película que hizo que el nombre de Miyazaki recorriera el mundo.

En El viaje de Chihiro, a diferencia de la anterior, ya no hay un clima de guerra. Aquí, la historia se centra en Chihiro, una niña que se adentra en un mundo paralelo y mágico, en donde toman presos a sus padres y los transforman en cerdos. La escena en la que los padres de Chihiro no pueden dejar de comer y empiezan a mutar en puercos es de una violencia y una oscuridad que hasta el momento no habíamos presenciado en Miyazaki. El desamparo de la niña es lo que lleva al relato a un nivel de oscuridad tan alto. Ella, de repente, se encuentra sola en un mundo desconocido y repleto de criaturas mágicas, en el que debe hallar la manera de rescatar a sus padres. El relato es veloz pero reflexivo. Miyazaki explota al máximo su imaginación y, entre brujas, hechizos y monstruos, Chihiro no tiene descanso.

Sin ser menos, llega la película que un poco cierra esta etapa, El castillo vagabundo. Una obra gigantesca al igual que las dos anteriores, y con una propuesta similar. Aquí Sophie, la protagonista, sufre la maldición que le lanza una hechicera, convirtiéndola en una anciana. Para poder romper este hechizo, Sophie viaja hasta el castillo de Howl, un castillo mágico que con sus propias piernas deambula por los campos. La historia es compleja y retoma consignas pacifistas centrándose nuevamente en situaciones bélicas. El país de Sophie está por entrar en guerra y se les exige a los magos y hechiceras que tomen partido en la batalla. La violencia y las exigencias que sufren los hechiceros y hechiceras van sanando por el amor que Sophie siente por Howl.

El encuentro, el aprendizaje y la conciliación que encuentran los personajes de Miyazaki, sucede aquí como en todo su cine. Él comprende la necesidad política del final feliz. La necesidad de que haya comprensión y reconciliación. En su cine no hay buenos y malos, hay personajes con distintas ambiciones, algunas más egoístas que otras. Pero Miyazaki cree que escuchando y discutiendo es posible hacer entrar en razón a quienes toman decisiones negativas. Porque, al fin y al cabo, todos sus personajes siempre desean lo mismo: ser queridos.

El final del mapa

Llegamos al final del recorrido, el fin del viaje. Y nos encontramos con las dos últimas películas del director japonés: Ponyo en el acantilado (2008) y El viento se levanta (2013). Podemos decir que estas dos últimas películas ejemplifican en algún sentido las búsquedas de su director durante su carrera. Por un lado, en Ponyo en el acantilado se cuenta la historia de Sôsuke, un niño que vive en un pueblo costero. Él conoce a una pequeña princesa del mar, que desea con todas sus ansias ser humana. Miyazaki trabaja aquí nuevamente la fantasía aunada a la realidad. Los elementos fantásticos como la pequeña princesa que toma forma humana, las inmensas olas con forma de peces que golpean contra las cosas del pueblo y, en paralelo, la realidad: un pueblo que está por sufrir la crecida del mar y todos sus habitantes que entran en alerta.

Por el otro lado, El viento se levanta es una película que retrata, con mucha fidelidad a la realidad, la vida de Jirô Horikoshi durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez, Miyazaki elige representar hechos de la vida real siendo literal con ellos. Incluso su protagonista es un diseñador japonés que fue responsable de crear los aviones que bombardearon Pearl Harbor. Estas dos películas que llegan al final de su carrera tienen quizás búsquedas más pequeñas que las anteriores. La historia sucede puertas adentro, y de alguna manera logra recuperar esa liviandad que le habíamos visto en trabajos anteriores como Mi vecino Totoro y Kiki la aprendiz de bruja. Personajes ambiguos, con libertad para tomar sus propias decisiones.

El recorrido termina acá. Hemos caminado por cada una de sus películas intentando contextualizarlas, relacionarlas y entenderlas, pero el principal objetivo es invitar a los ajenos y ajenas a sumergirse en este extenso y complejo mundo que Miyazaki ha creado. Hoy Miyazaki continua trabajando en una nueva producción, ¿Como vives?, la cual está esperando por estrenarse.

Si desean conocer un poco más sobre Hayao Miyazaki y sus formas de trabajo, les recomiendo un hermoso documental: En el reino de los sueños y la locura (2013) de Mami Sunada. Y dos libros que profundizan sobre cada una de sus obras: Mi vecino Miyazaki y Antes de Mi vecino Miyazaki. De Álvaro López Martín y Marta García Villar.