saldano_aficheSaldaño, el sueño dorado particulariza su interés en el único argentino condenado a muerte por asesinato en el estado de Texas. La ambición de Victor Hugo Saldaño siempre fue recorrer el mundo; parte de su casa natal en Córdoba en 1989 y luego de un derrotero por el país primero y por diferentes zonas de Latinoamérica después, recae en Plano, Texas. Allí, un breve secuestro en complicidad con un amigo ocasional de nacionalidad mexicana deriva en un crimen. Luego, su inmediato encarcelamiento y dos procesos a través de los años en los cuales lo condenan dos veces. En el primer juicio en 1995, de acuerdo a la ley texana, el reo es considerado peligroso, potencialmente reincidente si entra en las categorías de “negro” o “hispano”. Con el contundente argumento de la discriminación, luego de una gran pelea judicial, la sentencia se anula en el año 2000 gracias a la intervención de la Cancillería argentina. Esto pone en relieve un sistema judicial de tinte racista y xenófobo, hasta llegar a la promulgación de la llamada Ley Saldaño en el 2001, por medio de la cual se prohíbe que la condición de etnia o nacionalidad influya en las sentencias. A pesar de ello, se lo vuelve a condenar en el 2004, sin llegar a consumarse la pena. Durante los noventa, el caso no fue tenido en cuenta por el gobierno menemista dado el alineamiento con EEUU, pero hoy día en Cancillería funciona el Grupo Saldaño, juristas que trabajan y se reúnen periódicamente para pelear por su libertad y revisar una causa que lleva ya veinte años de cárcel, con el pedido último de que se lo declare paciente psiquiátrico, pues hace dieciocho años que se encuentra recluido en el llamado corredor de la muerte de la cárcel de Polunsky, en condiciones de permanente tortura psicológica proporcionada sobre todo por las condiciones de encarcelamiento. El cónsul argentino en Huston en aquel entonces, Horacio Wamba define el lugar como de una “crueldad muy refinada”: no deja marcas físicas sino huellas mentales.

Raúl Viarruel, el director de la película, es periodista. Su cámara lo devela: son sus decisiones a la hora de seleccionar material, elegir el recorte en cada situación y relacionarse a partir de su lente con cada interviniente  en el caso que lo ocupa. De esta forma, la tradicional cámara frontal hace foco en entrevistas a su madre Lidia Guerrero, su apoderado legal Juan Vega, sus abogados en ambas instancias judiciales J.C.Hairabedián y J. Miller y el citado Wamba. Por medio de la jerarquización del relato alternado de ellos, nos vamos documentando sobre la causa, sobre el sistema judicial texano y sobre la subjetividad de Saldaño. También aparecen fragmentos de los juicios por medio de un registro televisivo. Estas decisiones apuestan enteramente a una mirada periodística, o sea a una necesidad política –nada menos– con lo periodístico como instrumento; no contemplan una visión desde los aspectos formales, el carácter de pregunta del que filma y piensa su planteo temático a partir de decisiones estéticas que identifican a ese director, y/o ese documental. Lo que distingue a Saldaño… de otros trabajos del género es su tema específico: la historia de un viaje que terminó (y continúa aún) en un drama en el tiempo; porque su planteo general –discriminación en EEUU con latinos, negros e inmigrantes, en este caso con eje en el poder judicial– es recurrente en temáticas habituales  en el documental más clásico.

Lo que sí opera en cierta cuota a favor de un planteo estético es la incorporación a la película de una filmación al mismo Saldaño por parte de una cámara de seguridad de la estación de policía en 1995: un hallazgo que aporta otro perfil de un protagonista casi invisible. Una filmación borrosa que opera en función de acercar o quizá alejar al espectador del preso, ahora personaje. Su voz, de sonido lejano en el registro auditivo y en el tiempo; la construcción de un posible perfil, a partir de diálogos en español con un guardia; pero sobre todo la familiarización con una imagen, aunque sea una figura provisoria, de su cuerpo.

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Por otra parte, la reconstrucción perceptual de la llegada del protagonista a su infierno se estructura en el comienzo de la película con tomas desde un barco que está a punto de arribar a la costa estadounidense, con la estatua de la libertad en medio de un plano general muy lejano. Inmediatamente, al llegar a tierra, una persona en señal de bienvenida viste como la misma estatua y agita de lado a lado una bandera estadounidense: el Sueño Americano era una farsa.

Ambos recursos, si bien atraen y refuerzan el eje central, no alcanzan para intervenir el material y subvertir su estilo convencional.

Más allá del sentido político estricto en lo que respecta a la fundamental difusión del caso y la promoción de la siempre bienvenida circulación de las temáticas que se desprenden de Saldaño…, caben algunas reflexiones: ¿Podría el periodismo cinematográfico dejar de focalizarse solo a partir de una  concepción de mensaje directo, claro, sin fisuras, en función de que el objetivo de divulgación no se distraiga, para animarse a incorporar planteos sobre la forma cinematográfica que vayan más allá de la linealidad de una cámara que no se aparta de la directriz institucional? En nuestra opinión, de este modo periodismo y cine se encontrarían, dejaría de jerarquizarse lo meramente informativo para integrarse con una cámara que se piensa y se interpela a sí misma: si la información que hace a la búsqueda de material de archivo, entrevistas y recolección de datos se integra con otra investigación sobre los recursos formales que se consideren pertinentes para el abordaje, el periodista/cineasta verá potenciado su planteo temático. Los resultados inevitablemente devendrán en nuevas relaciones con un espectador que, en el mejor de los casos, se encuentre ávido de que una rica y bienintencionada investigación se integre con él de una forma en principio renovada, con el objetivo final de sacarlo del cómodo anonimato para promover el estado de pregunta a sus propios lugares comunes.

Saldaño: El sueño dorado (Argentina, 2014), de Raúl Viarruel, ’72.