Según la vetusta Real Academia Española, una distopía es la representación ficticia de una sociedad futura, de características negativas, causantes de la alienación humana. En el otro extremo tenemos la utopía, un mundo ideal, donde todos seríamos felices. Ahora bien, en el día a día, en la cola del supermercado, en el trabajo o donde sea, en boca del ciudadano común, a la utopía se la señala sencillamente como “lo imposible”. ¿Entonces las distopías son posibles? No debería, pero asustan más. Para la cola del supermercado o el amasijo del subte, las distopías, como las utopías, son sendos futuros imposibles, uno malo y el otro bueno, al que ficcionalmente se accede alterando el mundo en el que vivimos.

Refrescada esta idea, que yo no me la invento, lo primero que tenemos que decir sobre Nuevo Orden es que No es una ficción distópica. A notar: esta nueva película del mexicano Michel Franco no está ambientada en un futuro, no lo dice, ni lo da a entender, ni hay elemento que lo sugiera. El planteo inicial nos muestra una escena que se repite en todos los rincones del planeta: los ricos disfrutando, mientras afuera la cosa está podrida, la sociedad convulsionada. Entonces, en ese punto inicial, estimado Franco (cómo te tira el apellido), decir que Nuevo Orden es una distopía es hacerse los boludos para esconder la toma de posición de tu cámara, o para negar la realidad. Nuevo Orden construye a los personajes como los siente. Por eso si nos dejamos sugestionar por la filmografía de Franco, incurriríamos en un error al decir que el director, como siempre, busca incomodar al espectador. Lo que ocurre en este nuevo trabajo es otra cosa. Y es peligroso.

La película arranca con un casamiento en la alta sociedad. Ricachonas y ricachones comen, chupan, se drogan y bailan mientras son atendidos por la servidumbre. Sabemos que afuera del casamiento todo está podrido, pero no entendemos específicamente por qué. Tampoco sabemos quiénes son exactamente los que están en la fiesta. Mientras adentro hay unos cuantos bigotes llamativos que nos dan a pensar que puede ser la boda de alguna familia de la política o lo militar, afuera la amenaza se representa con el color verde. Detallecito, Franqui.

La campaña por el aborto legal, seguro y gratuito, a lo largo y ancho del mundo, se ha simbolizado con un pañuelo verde. México no es la excepción. En esta película, los que acechan, la violencia que se aproxima, ha manchado con pintura verde los autos de los ricos que llegan a la fiesta, algunos vestidos de las recién llegadas, hasta incluso algún intrépido infiltrado logró asustar a la dueña de casa cuando ésta abre la canilla del baño y el agua sale color verde. En conclusión, tenemos una manifestación social que se expresa con el verde, pero a la interminable lista de nombres que pasan en los créditos de la película ni bien acaba no se les pasó por la cabeza la concordancia. Claro, estaban todos pensando en la Ola Verde de Flavia Palmiero.   

El verde es la amenaza, y está afuera. Pero la película está prometiendo cachengue, entonces notamos que, a las paredes de la mansión, las revisten ligustrinas “verdes”. Y ahí cuando el agua en la canilla del baño sale verde, se vuelve inminente la amenaza, la explosión. Nos resulta evidente que tenemos un infiltrado en la fiesta. ¿Y quién va a ser? ¿La amiga de la novia? ¿El carilindo que hizo de Luis Miguel en la serie biográfica del cantante? No, tiene que ser un morocho. Al espectador lo llevan a pensar, y después la película lo confirma, que la servidumbre de esta fiestota planea pudrirla. Y se pudre nomás, y son ellos. Pero esta película es tan clasista y desvergonzada que hay que ir muy despacio.

Los primeros que invaden la fiesta, saltando una pared como los barras de Huracán, parecen zombis de The Walking Dead. Se mueven igual, a primera vista impactan igual. Y esta afirmación no refiere a cómo los ricos de esta película ven a estos visitantes, sino a cómo el director con su lente quiere que nosotros, los espectadores, los veamos. Y acá arranca explícitamente el problema. No sería ilógico que un día los pobres se cansaran y llegaran dispuestos a la venganza. Si me lo permiten, casi que habría que celebrarlo. Pero, si han visto The Walking Dead, sabrán que a esos monstruos no les cabe otra que cortarles la cabeza. Y sabrán también, que esos zombis de The Walking Dead son producto de algo. Y nosotros lo sabemos, y de hecho son zombis: no existen en la realidad. Por el contrario, estos colados a la fiesta de los protagonistas no sabemos de dónde carajo salen, porqué irrumpen en la fiesta ni qué hay detrás de sus reclamos. Y deberíamos recordar que son personas. Y no es que uno pida explicaciones de todo. Lo que ocurre es que así como se los muestra, es un recorte sospechoso. Más cuando, mientras tanto, la película va construyendo algunos simbolismos y mensajes subliminales. La protagonista, la rica buena que se está casando, en medio de su boda está preocupada por ayudar económicamente a un ex empleado de su familia que se presenta sorpresivamente pidiendo una mano. Su familia, que ya la sabe lunga, no quiere aflojarle un peso a este Perkins que está a punto de enterrar a su mujer. La protagonista es ingenua, joven, mujer y rubia. Casualité. En el devenir de la historia, por preocuparse por los demás le pondrán precintos en las manos, la pija de un milico en la boca y, entre otras cositas, una bala en la cabeza. Que no se diga más. Cuando la película de Franco termine, el espectador desprotegido tiene los elementos para formar otro pensamiento nefasto y peligroso.

Otro elemento a tener en cuenta para confirmar que Nuevo Orden no se trata de ningún nuevo orden, ni de una distopía, es todo lo concerniente a lo militar. Esta película nos engaña presentando dos bandos de militares, unos buenos y otros malos. Llegado el final, lo que la vida nos enseñó: que todos los militares son una mierda. Como en la realidad, en el pasado y el presente, los milicos de Nuevo Orden están al servicio de los ricos. Si los ricos la cagan, los milicos toman el control. Distopía a marzo.

Tomando como ejemplo el reciente estallido de Chile, y otros tantos de los que fueron callados por los medios de comunicación masiva al estallar la pandemia, resulta curioso pensar cómo se muestra el levantamiento popular en esta película. Los pobres de Nuevo Orden no dudan en matar a quien se les cruce. No se ven consignas, reclamos de derechos, ni nada similar. No se reúnen en un lugar simbólico, ni nada de lo que ocurrió en estos sucesos recientes que nombramos. Acá los pobres andan por todos lados como salvajes y sólo vemos una pintada que reza “putos ricos”. ¿Debemos pensar que el elemento distópico de Nuevo Orden es el comportamiento de los pobres? No. No hay distopía. No hay futuro. Es el presente de mierda, pero alterando el comportamiento típico de los que menos tienen. Borrando el contexto, su sentido de  existencia y resistencia.

En el mundo del Franco los ricos son víctimas. Los ricos no tienen más opción que morir, entregar sus pertenencias, el culo o chupar la pija de los milicos. Los milicos, forros útiles como lo que son, lavan las culpas del mal. Los pobres son la amenaza. Los únicos pobres buenos son los sumisos, los destinados a tareas domésticas en mansiones, ganando dos mangos y agachando la cabeza. ¿De qué distopía me hablan?

Nuevo Orden da miedo. Incomodar no incomoda. La escena de la picana en el culo, un poquito quizá. Pero lo que da es miedo. Porque estas películas existen para formar el pensamiento de las personas. Todo es una bajada de línea. Todo es política. Y esta verga no le escapa. Su distinción es ponerse del lado de los ricos, de los poderosos, estereotipando al pobre, desacreditando sus reclamos y vistiéndose de suspenso.

Calificación: 3/10

Nuevo Orden (México/Francia, 2020). Guion y dirección: Michel Franco. Fotografía: Yves Cape. Montaje: Oscar Figueroa, Michel Franco. Elenco: Naian González Norvind, Diego Boneta, Patricia Bernal, Darío Yazbek Bernal, Mónica Del Carmen, Fernando Cuautle. Duración: 88 minutos.