La idea deslizada por José Manuel Silvero Arévalo –filósofo y profesor de la Universidad de Asunción-, eje de Un suelo lejano, es poderosa y llamativa. Un filósofo es como un mal odontólogo, dice, porque su función es destapar pero dejando el pozo abierto para que lo tape otro. No se trata del concepto de revelación lo que subyace a esa idea, sino el de focalizar en algo que ya estaba allí aunque nadie le prestara atención o se decidiera a problematizarlo. Nueva Germania estaba allí desde el siglo diecinueve, hacia el norte de Asunción, internándose en el Chaco paraguayo, pero manteniéndose más cerca de la leyenda que del lugar concreto. El protagonista no estuvo nunca en el lugar, pero una invitación a dar una charla en el pueblo moviliza la necesidad de conocer algo antes del viaje. Nadie de su entorno, al menos de aquellos que vemos –su amigo Aníbal, filósofo de la música, su peluquero, su padre- conoce Nueva Germania más que como esa referencia de colonia alemana enclavada en el país.

La invitación no es para que el filósofo diserte sobre Friedrich Nietszche, sino para que le explique al pueblo su pasado. Y, sin embargo, es aquella frase citada al comienzo la que guía el documental. Le importa más bien poco el contenido de esa charla de la que apenas vemos un fragmento, y que intenta solamente plantear la necesidad de leer entre líneas al filósofo alemán. Tampoco son trascendentes los diálogos que entabla con los habitantes del pueblo, al punto que algunos de ellos se muestran a la distancia y sin sonido.

Lo que articula el relato, en todo caso, son dos recorridos en paralelo. De un lado, un trabajo a partir de la voz en off que recupera el origen de Nueva Germania, rastreándolo en el intercambio epistolar entre Elisabeth Nietszche –fundadora de la colonia junto con su esposo Bernhard Forster- y su madre y su hermano, en el que se van intuyendo los rasgos de la vida en el Paraguay y las resistencias de Friedrich para unirse al proyecto (desacreditándolo incluso como posibilidad en la referencia a que las colonias no se crean desde el vegetarianismo, sino desde la carne como lo prueban los ingleses). Ese cruce de cartas funciona como un hilo histórico trazado alrededor del establecimiento de la colonia y su posterior entrega al gobierno ante la inminencia del fracaso del proyecto original. Entre las referencias que tienden a minimizar a los habitantes originarios y el aparente éxito original del emprendimiento y el rechazo que Nietszche realiza desde la concepción de la alta cultura eurocéntrica, lo que aparece es la idea a la que alude el título: la construcción, en un espacio lejano, de un suelo propio, una réplica de la Alemania que Elisabeth y su esposo Bernhard habían dejado atrás.

Del otro lado, lo que pone en circulación es una serie de imágenes que parecen tener un objetivo meramente ilustrativo. Los recorridos del personaje y la cámara por el lugar parecen no seguir un criterio específico. Pero ese periplo por el pueblo y sus alrededores, más cercano a la deriva que a la planificación, va recuperando fragmentos que revelan una importancia inesperada. La ausencia de una historia escrita del pueblo, la persistencia de los elementos de la cultura alemana, tienden a pensar en Nueva Germania como una colonia detenida en el tiempo. Pero es justamente el paso del tiempo el que provoca la disociación entre el proyecto de Forster/Nietszche y lo que queda de esa idea ciento treinta años más tarde.

Y lo que queda son apenas un puñado de baldosas de lo que fue la casa de los fundadores, después que fuera destruida por un incendio. Y algunas fotos de esos tiempos remotos que los jóvenes del pueblo recuperaron como testimonio museístico. Y lo que aparecía como una comunidad puramente alemana en el comienzo, al llegar Silvero Arévalos –el nombre del hotel, el baile tradicional que se ensaya para la fiesta del pueblo, los colores de la bandera alemana que se replican hasta en los instrumentos musicales- se va desdibujando, difuminando hasta revelarse como una mezcla que parece olvidar los orígenes. Si ya en la simple visión de los jóvenes bailarines se vislumbra la escasez de rostros que pudieran representar esa pureza racial que se buscaba recuperar, la mezcla de los colores del Paraguay y de Alemania se hacen más evidentes en la fiesta. Aunque quizás el indicio más evidente de esa imposibilidad original esté cifrada en un elemento anecdótico: el apellido de Elisabeth en la calle está escrito de una manera diferente, como si el alemán original, en ese punto, se hubiera encontrado con el habla del lugar para generar una representación gráfica diferente.

Y es curioso, porque el proyecto original persiguió un propósito de pureza (las referencias al veganismo como forma de vida, a la degeneración de la raza humana por comer carne) que rápidamente se vio frustrado, un poco por impericia propia, otro poco por factores climáticos,  y otro tanto por el interés de imponer un modelo extraño y que derivó en un cruce interesante y quizás no buscado. Pero si la historia de la supervivencia del pueblo se cifra en sus propios habitantes, allí está la forma en que el alemán se transforma, de ser la poderosa cultura europea a quedar recluido en los pequeños espacios en los que, como dice Klaus, “es el último reducto no de la cultura, sino del lenguaje” (en un curioso recorrido inverso que deja a ese idioma como un superviviente cercano a las lenguas originarias). De allí que se está dando cuenta de un camino en el cual la colonia encontró su identidad en la fusión y en el despegue del origen. Lo que viene a destapar el filósofo es ese origen difuso. Para que las nuevas generaciones del pueblo puedan ahora completarlo por ellos mismos.

Calificación: 6/10

Un suelo lejano (Argentina/Paraguay, 2019). Guion y dirección: Gabriel Muro. Fotografía: Nicolás Mikey. Montaje: Alejandra Almirón, Iar Michel Attias. Duración: 89 minutos.