Los hambrientos, dirigida por el canadiense Robin Aubert, es una clásica película de zombies en cuanto a su contenido narrativo, pero atípica en su tratamiento a nivel formal, lo cual le permite no quedar del todo pegado a las convenciones del género.

La estructura clásica del género supone una catástrofe de alguna índole que deriva en una mutación epidémica de la población humana. Los sobrevivientes del estrago, guiados por un líder, tratan de salir indemnes, para recomponer nuevamente el tejido social.

Aubert nos hace ingresar en la película con la epidemia ya desatada y avanzada en sus consecuencias. El escenario no es urbano, sino la campiña agrícola en las afueras de Quebec. Los sobrevivientes son escasos, luchan desesperadamente arma en mano por mantenerse con vida y pasan varios días hasta que pueden agruparse.

Al comienzo, el director nos va presentando a los sobrevivientes y delineando sus características. Hay dos hombres adultos, que son amigos desde su adolescencia, Bonin (Marc-Andre Grondin) y Vezina (Didier Lucien): dos típicos anti-héroes. Ante la interminable y dura realidad que tienen por delante, ambos descubren cuán insignificantes son sus miedos, (en el caso de Bonin no poder declararse a la chica que le gustaba) y cuán superfluos sus valores previos, (en el caso de Vezina priorizar el ahorro de dinero, en vez de llevar a su hijo a Disney para ver al Ratón Mickey, como le había prometido). Vezina cuenta chistes, muy malos pero chistes al fin, rasgo que retomará Bonin cuando su amigo ya no esté. Hay también una madre de familia, Celine (Brigitte Poupard), que se considera ejemplar y perfecta en su rol, y que luego de perder a toda su familia deviene en una impiadosa asesina mata zombies. También aparecen una joven frágil y temerosa, Tania (Monia Chokri), que añora estar tomando sol en la playa, carga con una acordeón y se apega rápidamente a Bonin; dos mujeres mayores, pero valientes y duchas con las armas, Pauline (Micheline Lanctot) y Therese (Marie-Ginette Guay); un anciano llamado Real (Luc Prouix), hábil para moverse y despistar zombies, pero que dudó un tiempo antes de matar a su mujer, ya mordida por un zombie. Los últimos son un adolescente (Edouard Tremblay-Grenier), que llora ante la tumba de sus seres queridos y que, paradójicamente y acaso por identificación porque él también tuvo que matar a aquellos familiares de quienes se despedía entre lágrimas, toma a Real como su guía. Y la pequeña Zoe (Charlotte St. Martin), a quien Bonin y Tania encontrarán escondida en una granja.

Debido a la escasez de provisiones y a la amenaza de los zombies -también con necesidad de comida-, esta fauna variopinta de sobrevivientes -que escapa al chiché de los jóvenes bonitos y atléticos- sin un claro líder, comienza a moverse en busca de un refugio donde estar más protegidos. Sus caminos se cruzan y aunan sus fuerzas en la lucha por la supervivencia.

En este periplo, Aubert introduce el tema de la desconfianza entre los sobrevivientes (pues algunos tienen mordeduras de dudosa procedencia), de la dificultad de tener que matar a quien hasta hace poco era un ser querido, y de la constitución de lazos afectivos. Los temas están pero son apenas insinuados, de una manera distanciada y sin profundizar demasiado en las emociones de los personajes, como si el director quisiera dar cuenta por la vía de la indolencia de la pérdida de la humanidad, de estos aún humanos, devenidos en carniceros de zombies.

Es interesante el uso del fuera de campo, que no nos explica muchos elementos narrativos -como por ejemplo el origen del contagio, aunque deja algunas líneas para pensar posibles hipótesis- y también a nivel de la acción, ya que se nos ahorran los asesinatos en sí, aunque sin eludir el efecto gore, y a la vez explota hábilmente el sonido en planos generales del bosque, creando una atmósfera inquietante.

El zombie, en tanto muerto que sigue con vida y que quiere seguir gozando de los vivos, es una figura de por sí perturbadora, apta para dar cuenta del retorno de un goce ilimitado. No por nada se suele asociar al zombie con el adicto, totalmente cooptado por el objeto de consumo, sea de la índole que sea, y consumido por él. Algo de esta línea parece acentuarse en esa extraña fascinación paralizadora que tienen los zombies por esa suerte de tótems construidos con sillas (¿el sedentarismo de la época contemporánea frente a las pantallas?) y otros objetos, restos de la civilización humana. De este manera, los zombies son una manera de dar cuenta de la condición humana de la época, de la degradación de la misma en un mundo cada vez más reducido al imperativo de mercado: ese “¡consumí!”, que pervierte todos los lazos.

Por otro lado, si tomamos el título podemos abordar dos cuestiones: primero la ambigüedad del mismo, ya que “Los hambrientos” podrían ser tanto los zombies como los humanos sobrevivientes; y a la vez da cuenta de que serán los zombies quienes heredarán la tierra. La película no parece ir hacia una reconstrucción de un tejido humano posible, aunque amague con ir hacia un final feliz tampoco clausura toda luz de esperanza. En este sentido, la película de Albert se encuentra en las antípodas de Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016), donde sobrevive la familia nuclear burguesa, para acercarse más a La niebla (The mist, Frank Darabont, 2008).

Otros dos puntos interesantes son que, en el tramo final, las últimas palabras de Bonin resulten un chiste, y que la pequeña Zoe decida descartar el arma y preservar el acordeón. El chiste es precisamente un uso de la palabra que escapa a la comunicación de algo, es un empleo de la palabra con un uso poético. Y, de la misma manera, en ese contexto hostil de supervivencia el acordeón es un objeto que no sirve para nada. Tanto el chiste como el acordeón aparecen como los últimos vestigios de lo humano, en tanto lo humano supone la subversión de lo biológico por la incidencia del lenguaje en el cuerpo, deviniendo este la sede de un goce que se opone a cualquier adaptación posible. De este modo, no sólo se habla para decir algo, sino que se goza jugando con las palabras, y no sólo se escucha para comprender, sino que se puede escuchar una música porque da placer al oído.

En Los hambrientos, Aubert construye una película de zombies con una estética muy personal, que funciona tanto a nivel visual como sonoro, creando un clima de suspenso inquietante. La única cuestión para señalar es que en su afán de no explicar para permitir la participación del espectador en la construcción de la trama, por momentos puede dejarlo afuera, tornándose en huecos narrativos. Pero de lo que no hay duda es de que Aubert, decide tomar un riesgo, y despegarse de las convenciones del género para abrir preguntas sobre la subjetividad en la época contemporánea.

Los hambrientos (Les affamés, Canadá, 2017). Guion y dirección: Robin Aubert. Fotografía: Steeve Desrosiers. Edición: Robin Aubert, Francis Coultier. Elenco: Marc-André Grondin, MoniaBokri, Micheline Lanctot, Brigitte Poupart, Charlotte St-Martin. Duración: 96 minutos.