Hay un problema de concepto en el título del último documental de Pino Solanas. La idea de viaje a un lugar específico, en este caso a “los pueblos fumigados” –nótese que ya se parte de una generalización que tiende a la superficialidad-, implica la inmersión en un lugar, un intento de reconocimiento profundo de las formas de vida de ese espacio, para luego dar cuenta de ello. Sin embargo, el documental propone una forma que no se asimila a esa idea del viaje. Parecería más prudente hablar de gira. Una gira implica un recorrido con una cantidad variable de paradas en las que el artista se detiene para brindar su arte, o para recoger testimonios para su trabajo. No es que Pino haya encarado el documental como un rockstar, pero termina siendo un picoteo, como el que los músicos o los artistas de gira hacen en sus estadías de no más de un día o dos en un pueblo o una ciudad de provincias.

El objetivo es irreprochable. El tema es importante, sin dudas. Y es en ese punto donde empiezan los problemas. Viaje a los pueblos fumigados no logra imponerse sobre la importancia del tema, se ata continuamente a él como si no pudiera entrar en una dimensión que le permita profundizar. Ni tampoco se sobrepone a cierta corrección política que lleva a la ausencia de nombres propios, a establecer a partir de ellos las formas que han asumido los ataques contra los pueblos y habitantes del país. No hay aquí ni el proceso laberíntico y asfixiante que desarrollaba Solanas en Memorias del saqueo ni la empatía del acercamiento a la gente del común que emprendía La dignidad de los nadies, ni siquiera los atisbos esperanzadores de Argentina latente, ni mucho menos la historia compacta y elocuente de La última estación.

Lo que hay no se diferencia demasiado de lo que puede ofrecer una “investigación” de las tantas que proliferan en noticieros y programas de televisión por cable. Ni siquiera –con las excepciones del caso- en materia de información: la mayor parte del relato enhebrado entre la habitual voz en off de Solanas y lo que tienen para aportar los entrevistados, no escapa de cierto sentido común, de un estrato de conocimiento algo superficial, de la recurrencia a generalizar a partir de casos particulares –incluso el test de tóxicos en sangre que se hace el director se lo hizo, no hace tanto, un conductor de un programa de televisión para cuando se difundió la noticia de la existencia de tóxicos en las verduras.

Esto es una distancia que se revela insalvable entre la cámara y el supuesto objeto del documental. Si lo que importa son los pueblos fumigados Y, como consecuencia directa, la gente que vive en esos lugares, no se entiende por qué razones Solanas se refugia en los datos duros, antes que en las vivencias de los pobladores. Con excepción de las maestras rurales que cuentan las historias de fumigaciones de campos linderos en horario de clases –tal vez los mejores momentos del documental- y una breve visita a una casa del Barrio Ituzaingó de Córdoba, lo que está fuera del relato es la gente que sufre las consecuencias de la fumigación. Por cierto, hay cifras de multiplicación de casos de cáncer, de niños con malformaciones, de abortos espontáneos como consecuencia oculta. Pero la casi total ausencia de la gente que convive con eso, la de quienes luchan para impedir el envenenamiento masivo, sostienen el ocultamiento: no hay forma de hacer comprender al otro la magnitud del daño si se elige la distancia, el dato en números, el relato armado, en lugar de ceder a la vivencia en primera persona.

Peor aún, el relato de Solanas parece haber perdido el filo político. Su denuncia se repliega sobre la generalidad de los hechos. Se habla de desmonte, de fumigaciones, de sustancias venenosas para los humanos, pero no de quienes realizan esas acciones, ni de las connivencias políticas. Se menciona a Monsanto, claro, pero se da por supuesto que el espectador sabe de qué le están hablando, como si su rol se limitara a la producción del glifosato. Se dicen los nombres de las empresas que se concentran en los puertos cerealeros, se habla de evasión fiscal, pero se omite cuál es su rol dentro del esquema agrícola del país.

Y es que esas escenas que el director recolecta en cada parada de su gira son como islotes inconexos. Representaciones de situaciones puntuales en un lugar específico, pero que no entran en relación entre sí hasta hacer un sistema. Lo que falta es justamente eso: la descripción de esas etapas particulares como parte de un sistema. Solanas abandona incluso la posibilidad de efectuar esa construcción a partir de la narrativa histórica. Lo que hay es una continua alusión al presente que no se explica como un proceso al que se llega por un pasado –la única alusión a ese pasado es la referencia a la disolución de la Junta Nacional de Granos, pero incluso allí, se omite el nombre propio y en lugar de decir “durante la presidencia de Carlos Menem” se dice “en la década del noventa”- que fue cimentando las bases de lo que es hoy la explotación agraria basada en la soja. Ni siquiera hay una reconstrucción de los motivos por los cuales los grandes propietarios pasaron de la ganadería y la variabilidad de cereales –en las que el centro estaba dado por el trigo y el maíz- a una instancia de monocultivo sojero.

Ni siquiera se atreve Solanas, en ese cuestionamiento final a la clase dirigente –entre los cuales se ve incluso a algunos de sus exsocios electorales como Elisa Carrió- a reformular su idea de que “todos vivimos de la soja”. Solanas parece olvidar que ya no hay retenciones, ni obligación de liquidar divisas provenientes de la venta de la soja al exterior, lo que al menos lo hubiera sacado de la superficialidad de esa última generalización. Pero aún más, con esa generalización despeja las responsabilidades que les corresponden a cada uno: si todos “vivimos” de la soja, todos somos responsables del sistema. O lo que es lo mismo: no se puede culpar a nadie.

El mayor problema de Viaje a los pueblos fumigados no es su carencia de ideas –que las hay, aunque desperdigadas y desperdiciadas por el tratamiento demasiado liviano del tema-, sino el lugar en el que enfoca su mirada. Para Solanas parece ser más importante la ausencia de controles que la constitución del sistema en sí mismo, que tiene como condición ineludible que no sea controlado. Sobre ese punto, y hablando de las verduras que se comercializan, uno de los entrevistados señala que el problema de los agrotóxicos en frutas y verduras no se resuelven con el control en el final del proceso, sino que hay que ir al comienzo de la cadena, para evitar que se llegue a ese punto. Ese mismo recorrido es el que Solanas decide no hacer, contentándose con mostrar los resultados, pero sin explicar de qué manera funciona el sistema.

Viaje a los pueblos fumigados (Argentina, 2018). Guion y dirección: Pino Solanas. Duración: 97 minutos.