En medio del «súper agosto» del cine argentino, mes en el que, semana a semana, se han estrenado películas del cine mainstream local -no siempre con buenos resultados desde lo narrativo y lo actoral, a excepción de El ángel de Luis Ortega-, se estrenó La educación del Rey (2017), con menores pretensiones a nivel comercial, pero no pero ello menos efectiva. Se trata de la ópera prima del director oriundo de Mendoza, Santiago Esteves, que hibrida el género de iniciación con el policial negro y  agrega ciertos toques del western, aprovechando las locaciones en exteriores montañosos de la provincia cuyana.

La primera imagen que tenemos es el primer plano de un adolescente que viaja en colectivo enfundado en la capucha de su buzo. Reynaldo Galíndez (Matías Encinas), apodado “El Rey”, se encuentra con su hermano Josué al costado de una cancha de fútbol, mientras busca un lugar donde quedarse pues su madre lo echó de la casa. Josué le pide a Momia,el líder de la banda juvenil para la que realiza algunos “trabajos”, un lugar para que Reynaldo pueda quedarse por unos días. Y si en toda historia del género de iniciación los pares hacen pasar al protagonista por pruebas y humillaciones para ser admitido en el grupo -veáse Las tribulaciones del estudiante Törless (1906) de Musil o El retrato del artista adolescente (1916)de Joyce-, la condición  que  se le impone al Rey para quedarse (a pesar de que el marco no es el colegio sino la calle) es que participe en el robo a una escribanía que ya tienen planeado. Pese a que Josué intenta protegerlo, Reynaldo no puede eludir la presión del Momia. Aquí el enrejado que limita la cancha de fútbol sitúa muy bien el encierro en el dilema entre el ingresar en el delito o quedar en la calle y no pertenecer.

Reynaldo sigue las instrucciones que le han dado y comete el robo, pero suena la alarma y debe huir por los techos para escapar de la policía. Mientras que los otros dos sean apresados, Reynaldo cae en el patio de Carlos Vargas (Germán De Silva). El encuentro entre los protagonistas determina la conclusión del prólogo.

Hombre experimentado en cuestiones turbias, Vargas retiene al Rey esposado pero al verlo indefenso pacta su permanencia en la casa a cambio de que arregle el vivero -que destruyó con su caída-, a cambio de no entregarlo a la policía. Conforme avanza la trama, vamos conociendo el pasado de Vargas, un hombre ya retirado, actualmente sin motivación y malhumorado, que antes trabajó como seguridad privada en el transporte de caudales, que fue preso alguna vez y que tiene contactos tanto en la policía como con gente que realiza negocios de manera ilegal. Vargas toma a Reynaldo como protegido y aprendiz, y esto lo hace sentirse vivo nuevamente. Reynaldo, por su parte, aprende a arreglar lo que ha roto, dotes como empuñar un martillo o disparar un arma, necesarias para su supervivencia en el mundo hostil de la calle.

Sumergido en el territorio del policial negro, Esteves se apropia y pone en cuestión tanto el costado oscuro de aquellos que trabajan como seguridad privada (generalmente policías retirados), así como todo el entramado de connivencia y corrupción policial y legal, que toma a menores en situación de vulnerabilidad socio-económica para explotarlos como mano de obra delictiva porque son ininputables para la ley. La relación entre Vargas y Reynaldo adquiere un cariz paterno-filial y despierta los celos en Facundo, el hijo de Reynaldo, exigiendo a su padre que lo denuncie a la policía. Por supuesto, el cabo del suelto del dinero del robo con el que se quedó Reynaldo hace que los cerebros policiales de la banda delictiva se decidan a ir por él, poniendo a prueba la mutua confianza entre Reynaldo y Vargas y el vínculo construido entre ambos.

En La educación del Rey, Santiago Esteves rompe con el estereotipo del “pibe chorro” o el delincuente que es malo y violento por naturaleza  y nos muestra cómo se puede ingresar al delito por circunstancias de vulnerabilidad social, donde luego es la propia maquinaria policial, legal y social la que los encierra en una espiral de la cual muchos no pueden salir. Además tiene el mérito de no desdeñar el costado humanitario en un ambiente hostil y cruel, pero que no se reduce solamente eso.

La película se sostiene en un guion sin golpes bajos ni resoluciones banales, y a la vez logra mantener el suspenso para el espectador. Consigue dar potencia a las escenas gracias a las interpretaciones de la pareja protagónica, que fluyen con naturalidad, y también mediante el buen uso de la iluminación en las secuencias nocturnas, a tono con la estética del policial negro. La ópera prima de Esteves es una grata sorpresa, que se destaca por su madurez creativa, virtud que uno esperaría que pueda seguir profundizando en sus próximas creaciones.

La educación del Rey (Argentina, 2017). Dirección: Santiago Esteves. Guion: Juam M. Bordón y Santiago Esteves. Fotografía: Cecilia Madorno. Montaje: Santiago Esteves. Elenco: Matías Encinas, Germán De Silva,  Jorge Prado, Elena Schnell, Walter Jakob. Duración: 93 minutos.

Acá puede verse una entrevista con el director Santiago Esteves, a cargo de Carla Leonardi.