“Una mujer debe ser…” Misterio del ramo de Rosas de Manuel Puig, por Lía Chamorro

Los primeros acercamientos a la literatura de Puig me dieron la impresión de estar ante un universo muy conocido. Las conversaciones de sus personajes femeninos evocaban las conversaciones de mis abuelas, las cartas de Nené, las cartas enviadas a las tías del interior; sin dejar de lado los chismes de las vecinas del barrio y las noches frente al televisor para ver a “los artistas” de las películas de Hollywood de los 40 y 50. Todos esos fragmentos de vida, los encontré en el General Villegas de La traición de Rita Hayworth, y más tarde en Boquitas pintadas.

Además de apropiarse de la oralidad de pueblo, Puig lleva a su literatura los géneros populares depreciados por la alta cultura: la telenovela, el tango, el bolero, el radioteatro, etc. Todavía recuerdo el extrañamiento que me provocó leer las primeras páginas de El beso de la mujer araña (1976) en las que Molina relata a Valentín la película La mujer pantera de Jacques Tourner. Casi toda la novela transcurre en el espacio de una celda donde domina el diálogo, característica que la convierte en la más teatral de sus novelas. Unos años más tarde es adaptada al teatro, al teatro musical, y se estrena, en 1985 la versión cinematográfica de Héctor Babenco.

Al igual que la exitosa El beso de la mujer araña, Misterio del Ramo de Rosas (1987) transcurre en el espacio íntimo de la habitación de una clínica. La paciente (Claudia Mac Auliffe) y la enfermera (Sonia Novello) irán tejiendo, cual telaraña, una relación determinante para sus vidas. Dos mujeres muy diferentes: la paciente de clase acomodada con reminiscencias de diva de Hollywood, la enfermera, de clase más humilde pero con aspiraciones de ascenso social y de convertirse en “esposa de”. Ambas transitan pérdidas que las obligan a reformular y revisar sus experiencias de vida.

Dos caras de una misma moneda que ponen en tensión los proyectos vitales posibles para una mujer: el mandato social de ser madre y esposa, o el camino hacia la realización personal y la autonomía. Dos mujeres que ya no son jóvenes (la enfermera de 48 años y la septuagenaria paciente) revisan su pasado no sin nostalgia y arrepentimiento.

El rol tradicional de la mujer, el mito del amor romántico propio de la novela sentimental está presente en el personaje de la enfermera. No obstante, este horizonte simbólico es puesto en jaque por la paciente: “Tiene razón Dorita (…) siempre fui nerviosa, la mujer tiene que ser dulce, ¿verdad?… si no nadie la quiere…No se casa como mi enfermera…o los hijos después no se le encariñan… si ella es así”, ironiza en el monólogo.

El monólogo, el sueño y la fantasía -procedimientos caros a la literatura de Puig- son acompañados en el concepto de la puesta en escena. Los cambios de luces y los movimientos de la cama en el espacio enmarcan los momentos en los que accedemos a la subjetividad o al universo mental de las personajes. Las actrices se ponen en el rol de hermana e hija de la paciente, y la madre de la enfermera; llevan a escena los conflictos con estos personajes femeninos que representan el mandato social. Mientras que los personajes femeninos tienen entidad física, los masculinos, el portero y el médico, se actualizan en las conversaciones telefónicas,  el discurso indirecto de la paciente.

Misterio del ramo de Rosas problematiza la educación sentimental de las mujeres en relación con los valores familiares y a la construcción de la mujer como “ángel del hogar”, anhelo frustrado para la enfermera quien confiesa sus fantasías: “nos casamos y somos felices”, “me quedo en mi casa criando a mis hijos, a los míos y a los otros de mi marido y todos somos muy felices”, “si él llega nervioso a casa, yo le voy a tener mucha paciencia”.  Personaje que se completa con aspiraciones de clase y el ascenso social a través del matrimonio.”Pero yo sí estoy preocupada por otra cosa. Sabe, yo nunca tuve mucha educación. ¡y lo que más vergüenza me da es no saber usar los cubiertos de la mesa”. La paciente, quien intentó sin éxito revelarse a las imposiciones y conquistar su independencia, le advierte en una explosión: “hay cosas más importantes. ¡No se quede en su casa paralizada!¡No cometa ese error, no deje su trabajo!”.

Cuando los personajes reviven la presión social y familiar del modelo de mujer tradicional es cuando los cuerpos estallan: la paciente abandona sus modales mesurados y aristocráticos. La enfermera antes ascética en su uniforme, se deshace el peinado recogido, se desaliña. Los personajes escapan al corset social. Tambalea la moralina en la que el deseo está permitido para el hombre y reprimido en la mujer; el hombre puede tener amantes cuando la mujer es condenada si los tiene; las parejas no se separan por “el qué dirán”.

No todo es catarsis en la habitación. La muerte en tanto pérdida y la experiencia las convocan a la pregunta por la resignificación de la vida; en ese sentido se desdibujan los roles de paciente y enfermera, se ayudan y “se curan” mutuamente. A pesar de que una se encuentra en la mitad de su vida y la otra, cercana al fin de la suya, todavía queda una vía de escape, un proyecto “que defina su destino”; o mejor, las guíe hacia la autonomía. Palabra que en estos últimos tiempos están en boca de muchas mujeres, la libertad de decidir sobre nuestros cuerpos y sobre nuestros proyectos vitales.

Misterio del ramo de Rosas. Dirección: Alejandro Vizzotti. Autor: Manuel Puig. Actúan: Claudia Mac Auliffe, Sonia Novello. Escenografía: Ariel Vaccaro. Iluminación:Mariano Dobrysz. Diseño de vestuario: Merlina Molina Castaño. Asistencia de dirección: Marco Riccobene. Producción ejecutiva: Marco Riccobene. Compañía: De Carencia Virtú.

Teatro Payró. Domingos 18hs.

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