RS-PosterAtención: Se revelan detalles importantes del argumento.

Cuando Damián Szifrón, hace un par de semanas, le develaba las estructuras, crueldades y derivados obvios del obvio sistema capitalista a Mirtha Legrand en su pomposa mesa con un tono soberbio de chico rico bien comido y educado, despertaba en algunos televidentes que lo observaban (al menos en quien escribe estas consideraciones) una cierta sonrisa irónica, pues justamente Szifrón, un tipo que hace producciones audiovisuales totalmente comerciales y que facturan millones, no se podía estar quejando en serio del sistema que le permite ganar esos millones y por el cual estaba sentado a la mesa de Mirtha buscando promocionar (vender) su última película. Sin embargo no, el tipo parecía tomarse bien en serio -al menos por la pose que mostraba- su postura anti-sistema mientras comía su postre de crema que debió valer más de 100 mangos, y esa pose -a pesar de los apologistas y defenestradotes de ocasión que surgieron después- lo posicionaba mínimamente como una suerte de cínico progre, de trucho total que después, con su carta aclaratoria publicada en facebook, se terminaría por corroborar.

Relatos salvajes, su última película, goza de la misma (im)postura estética (más que ideológica) desde su principio hasta su final. Se presenta como un largometraje pero en realidad es un rejuntado de cortos totalmente autónomos que parecen estar reunidos bajo un mismo concepto ideológico (por eso no hay sospechas acá): todas las personas son unos soretes. Todos -ricos, pobres, mujeres, hombres, jóvenes, viejos, lindos, feos, gordos, flacos, funcionarios, padres, madres, jefes, empleados- son unos forros hijos de puta. No importa que andes en un Audi último modelo o en un Peugeot 504 todo destartalado: al final terminás siendo la misma mierda que combatís, denigrás y/o condenás (el “abrazo pasional” del corto con Sbaraglia lo demuestra claramente). Y no está mal que Szifrón tenga esa visión ideológica de las personas. Roberto Arlt no tenía una visión muy diferente. Menos aún cuando se puede fundamentar (¿justificar?) esta visión. Lo que está mal es que no se tengan los huevos para sostener esta postura de manera estética –Relatos salvajes es una película- y, por el contrario, se la intente disimular pinchando el globo cada vez que lo infla hasta el tope. Lo que está mal es tirar la piedra y esconder cobardemente la mano.

Para Szifrón es la misma mierda un padre ricachón encubridor de un hijo cheto asesino que un jardinero pobretón y especulador que acepta el encubrimiento siempre y cuando se le pague una suma de dinero requerida. Lo ideológico, familiar y social son apenas excusas para demostrar la verdadera naturaleza -según la película- de las personas: una naturaleza de mierda. Y por eso Relatos salvajes es una película de mierda: porque la mierda (de las personas) hace a los relatos; les da autonomía, argumento, carácter, textura y, sobre todo, identidad. El tema es que cada vez que la película muestra esta mierda en su estado más crítico; cada vez que muestra esta identidad existencial en su modo mas crudo y pretencioso (el corto final con la boda, por ejemplo), la película recula y se esconde rápidamente en un cierto “humor negro” forzado que quita seriedad a cosas demasiado serias, logrando con ello una inconsistencia estética sumamente irritante, pues la película en sí no es una comedia, sin embargo se disfraza de comedia cada vez que la tragedia queda muy (mal) expuesta.

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Quizás por eso todo lo que se sugiere como “profundo” (¿denuncia social… existencial?) en la película sea o termine siendo una truchada absoluta: los diálogos acartonados que parecen venir de un mal comic policial para chicos o de un doblado mexicano de película berreta de Hollywood; el montaje supuestamente clásico junto al artificioso virtuosismo de la cámara; las actuaciones mecánicamente aceitadas; los escenarios desbordantes (incluyendo ese comedor donde sucede la historia de la moza que parecía una cafetería yanqui de película de terror teen y no un sucucho al paso de ruta argentina); la típica música santaolallana que gana siempre un premio Oscar, etc. etc. Todo en la película conspira para armar un producto absolutamente vendible y, sobre todo, asimilable; precisamente en “lo asimilable” la película muestra su lado más trucho y chocante, porque, en teoría, “lo asimilable” debería oponerse radicalmente a “lo salvaje».

“Lo salvaje” en Relatos salvajes es mero bluff (como bien me dijo Marcos Vieytes mientras charlábamos de la película); “espejito de colores” de ocasión; pura venta de humo edulcorada. Por ello el avión de Pastenack se precipita para estrellarse sobre los padres (¿?) de Pasternack, pero la imagen se congela un segundo antes del impacto; Bombita pone una bomba en medio de la ciudad pero no mata a nadie, apenas rompe un par de autos y encima su esposa se reconcilia con él (aparentemente) después de que se transformara en una suerte de héroe popular tras la explosión; la cocinera loca acuchilla a un tipo por la espalda, pero el tipo es un energúmeno político hijo de puta que se merece los cuchillazos (su hijo envenenado, encima, se salva) y la cocinera termina en cana; los novios se amenazan con destruirse la vida pero terminan en medio de la mesa garchando como recién enamorados. “Lo salvaje” está milimétricamente diseñado para conjurar un producto accesible (en el peor de los sentidos) a un público que tienda a reírse en el episodio de Martínez cuando éste se niega a pagar los sobornos pertinentes para encubrir a su hijo asesino en vez de asquearse ante la propuesta cobarde del episodio y los sobornados en cuestión. “Lo salvaje” es tan salvaje como sentarse a la mesa de Mirtha y decir que uno sería delincuente en vez de albañil de haber nacido pobre, tratándose justamente de un petulante ricachón que, a juzgar por las cosas que filma, odia febrilmente a los pobres aunque para disimularlo diga que odia a los ricos también y todo en clave de comedia “inteligente” vanguardista argentina presentada primero en Cannes (como corresponde, ¿no?).

Aquí puede leerse un texto de Marcos Rodríguez, uno de Gabriela López Zubiría, otro de Marcos Rodríguezuno de Ignacio Izaguirre, uno de Pablo Ventura, un intercambio entre Marcos Vieytes y Gustavo Grosel relato de la conferencia de prensa de Luciano Alonso sobre la misma película.

Relatos salvajes (Argentina, 2014), de Damián Szifrón, c/Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Erica Rivas, Darío Grandinetti, Julieta Zylberberg, Oscar Martínez, Rita Cortese, María Onetto, Nancy Dupláa, Osmar Nuñez, 122′.