Una postal de viaje fea y kitsch: Proyecto Florida, por Victoria Lencina

Un cuerpo pequeño y huesudo corre de espaldas a la cámara. Dos niños están sentados contra una pared violeta mientras miran la nada, mientras dejan que el tiempo se escurra. Son dos escenas que ocurren a la vez y por separado, que generan inquietud y desasosiego en tanto hay alguien que se acerca con rapidez, y el resto no lo sabe. Podríamos decir que lo que se avecina es un vendaval -o un tsunami- infantil, dispuesto con toda su furia a cambiar el orden de las cosas. De pronto, la inactividad de aquellos cuerpos en reposo se pone en funcionamiento mediante la expresión mágica: “¡Moonee, Scooty!” Y allí, en ese instante, el semblante de los pequeños se verá alterado, asomarán las sonrisas, se compartirán miradas de complicidad y las travesuras infantiles serán condecoradas con la canción Celebration de Kool & The Gang.

Así comienza Proyecto Florida, la última película del director Sean Baker, que apenas obtuvo una nominación a los premios Óscar en la categoría Mejor Actor de Reparto (Willem Dafoe) y pasó sin pena ni gloria sobre el escenario del Dolby Theatre de Los Ángeles, aunque probablemente sea la mejor película en lo que va del 2018.

A menudo solemos escuchar en boca de adolescentes que el sueño de sus vidas consiste en pisar Florida y conocer el castillo mágico de Disney. La canción Sueña, interpretada por Luis Miguel para la banda sonora latina de El Jorobado de Notre Dame (1996), se ha convertido en un himno de las fiestas de cumpleaños de las quinceañeras, casi como anticipo de una noche de princesas, en la que ingresan al salón tomadas del brazo de su papá, en la que bailan un vals memorable y en la que, si tienen suerte, hasta pueden conocer al hombre sus sueños. Esta fantasía basada en la industria Disney promueve la posibilidad de adentrarse tan sólo por unos instantes en “un mundo distinto, donde todos los días el sol brillará”.

Sin embargo, Florida tiene un lado B, oscuro, pecaminoso, denso y marginal. La postal de viaje que enseña una playa soleada, una familia sonriendo, un conjunto de personas tomando sol, ya había sido puesta en tensión con Jim Jarmusch en Stranger Than Paradise (1984). Allí veíamos a tres jóvenes que llegaban a Florida buscando alcanzar algo que no sabían bien qué era, pero que tenía el formato y el diseño del Sueño Americano. Para sorpresa de ellos, en Florida no había sol sino días grises, no hacía calor sino mucho frío, no había gorros del ratón Mickey sino sombreros con drogas, y no había diversión sino un aquejumbrado sedentarismo. En Jarmusch, la imagen de los suburbios no estaba contaminada de acciones violentas o juicios de valor negativos, el director no pretendía convertirse en juez o imponer un castigo social sobre lo que sucede en esos lugares. Lo que pretendía era estimular la reflexión sobre la inversión del sueño americano en épocas de Ronald Reagan, por ello sus personajes eran jóvenes que estaban faltos de trazos, incompletos, deslucidos, y vivían el día a día sin tener un objetivo claro.

Sean Baker, por el contrario, es un atrevido. Un pícaro sinvergüenza que toma una cámara y se adentra en los bajos fondos de Florida para mostrar a una madre trash que hace lo mejor que puede para criar a su hijita, Moonee, de seis años. Proyecto Florida relata las aventuras de tres niños que vagabundean de un lado a otro, dentro de los límites de un complejo de moteles de mala muerte en Florida, cerca de Disney. La película se aleja de la cuestión turística de los parques de diversiones para centrarse en la vida de la clase trabajadora. Aquí los hoteles no cumplen la función de hospedar temporalmente a personas que se van de vacaciones, sino que, por el contrario, actúan como auténticos espacios de “refugiados”. Siendo estos últimos prostitutas, travestis, madres solteras, latinos, afroamericanos o borrachos. Todo aquél que presente un rasgo outsider, sea porque ocupa un lugar inferior dentro de la jerarquía social o, mejor dicho, porque ya no ofrece nada novedoso ni colabora útilmente al sistema, será bienvenido al “Magic Castle” que administra Bobby (Willem Dafoe).

Todos los personajes en Proyecto Florida están empapados de ese rasgo disfuncional al sistema. Baker es consciente de esto y por ello toma una decisión estética muy específica: va a hacer convivir a todos sus personajes en un hotel llamado “Magic Castle” que visualmente se asemeja al castillo de Disney. Sin embargo, el «Magic Castle» se acerca más a una postal de viaje fea y kitsch, a una maqueta comprada en un mayorista y pintada con un violeta deslumbrante, pero nunca se “iguala” a Disney. Como se dice en la jerga popular: “Podrán imitarnos, pero jamás igualarnos”. El gesto atrevido y novedoso de Baker está precisamente ahí, en esa ironía de vivir temporalmente como un paria en un hotel que es idéntico a la casita de Barbie pero que, como un juego de muñecas, pertenece al universo de la ficción y no es real. El hotel no está en Disney, sino que se encuentra en los márgenes del castillo del sueño americano. Los personajes que en él habitan están condenados de antemano, nunca podrán ser propietarios de un hogar, nunca podrán ser dueños de algo porque lo que les ofrece el hotel es un alto pago de alquiler e incertidumbre respecto del futuro.

Baker es atrevido y desgarrador. El «Magic Castle» existe en realidad y forma parte de un conjunto de suites y hoteles que se ubican en Florida. Ni su nombre, ni su construcción edilicia, ni su apariencia fueron modificadas para la película. Baker tomó la decisión de registrar todo tal cual estaba cuando llegó al rodaje. Esta elección permite intensificar aún más la idea del “hidden homeless” (el sin-techo escondido), es decir, aquellas personas que viven mudándose dinámicamente de un hotel a otro, trasladando el conjunto de sus pertenencias sobre sus espaldas, y aceptando pagar altos precios por una guarida nocturna. En este sentido, al igual que a Jim Jarmusch, a Baker no le interesa establecer un juicio de valor negativo o descalificativo respecto de esas personas sino que, simplemente, muestra que ellos también existen en la sociedad norteamericana.

Por otro lado, Bria Vinaite, quien interpreta a Halley en la historia, fue contactada por el director a través de su cuenta de Instagram. La joven de 24 años es, ante todo, una instagramer que documenta fragmentos de su vida y los sube en formato de stories. La muchacha, con sus múltiples tatuajes, los cabellos teñidos de dos colores (rubio y verde), y sus diversos piercings en el rostro era la persona ideal para encarnar a una madre trash, al mejor estilo John Waters. Los límites del decoro, lo convencional y el buen gusto son violentados cruentamente por esta madre, la cual escupirá, insultará, venderá perfumes truchos en la puerta de hoteles chetos, molerá a trompadas a una amiga, depositará una toallita femenina con restos de sangre en una ventana y se irá de un restaurante sin pagar la cuenta. De este modo, la categoría de lo trash, de lo que sale de las normas y carece de status social no podía encontrar su mejor versión más que en el cuerpo salvaje de esta instagramer.

Al principio de la nota mencioné la posible erupción de un volcán infantil que se dirigía a atentar contra el orden de lo establecido y, luego, comenté que la trama de Proyecto Florida versa simplemente en el vagabundeo constante de un conjunto de niños. Nomadismo, desprotección social, una madre rebelde y aventuras infantiles, forman parte de una receta cinematográfica ya conocida y ya explorada con anterioridad de la mano del maestro François Truffaut en Los cuatrocientos golpes (1959). Sin embargo, el Antoine Doinel truffautiano era mucho más educado y culto que la pequeña Moonee delineada por Baker. Antoine Donel tenía una imagen de Balzac colgada en la pared de su dormitorio, Moonee incendia una casa abandonada para llamar la atención y expresa que la escuela es aburrida. Antoine Donel soñaba con conocer el mar y salir de un hogar opresivo, Moonee desea seguir estando bajo la tutela de su desequilibrada madre y anhela continuar mendigando dinero a turistas para poder comprar un cucurucho de helado. El nivel de rebelión infantil no es, por tanto, el mismo para el punto de vista del Truffaut de los 60 que para el Baker del 2018. El vagabundeo y la incertidumbre están presentes en ambos directores, pero las motivaciones que se infiltran en el tsunami infantil no son las mismas.

Lo genuino de Proyecto Florida radica en el rasgo autoral de Sean Baker. En Tangerine (2015) registraba durante un período de 24 horas a dos travestis en un desabrido y gris Los Ángeles. El formato elegido para el registro cinematográfico fue, en aquella oportunidad, un iPhone 5s. Sin embargo, durante la proyección en pantalla grande, a ninguno de los espectadores se nos pasaba por la cabeza la posibilidad de que estuviera íntegramente filmada con celular. Ahora, en El proyecto Florida elige el formato analógico de 35 mm y se apoderan de la pantalla colores contrastantes e intensos. Más allá de los aspectos técnicos, lo autoral se percibe en la intención constante de registrar durante un tiempo determinado a un conjunto de personas a las que le van pasando cosas.

“Sueña con un mañana, un mundo nuevo debe llegar”, cantaba un esperanzador Luis Miguel. La frase me recuerda la escena quinceañera de la adolescente vestida de blanco, ingresando al salón en su gran noche. “Ten fe, es muy posible, si tú estás decidido”, prosigue “Luismi”, y ya ahí los sentimientos se me empiezan a mezclar en un remolino de confusión. ¿Qué posibilidad de ser una princesa tiene la pseudo-homeless Moonee? ¿Mickey Mouse podrá rescatarla? Por el momento, sólo le resta correr con sus amigos por las zonas comunes de los hoteles y mirar los fuegos artificiales de Disney desde un estacionamiento vacío y sin luz. Con esa fea postal de viaje, Sean Baker se convierte en el cineasta más trash y atrevido de Hollywood, derriba el sueño de Luis Miguel y de todo Disney para vomitarnos dosis de insomnio americano.

Acá puede leerse una crítica de Carla Leonardi sobre la misma película.

Proyecto Florida (The Florida Proyect, EUA, 2017). Dirección: Sean Baker. Guion: Sean Baker, Chris Bergoch. Fotografía: Alexis Zabe. Edición: Sean S. Baker. Elenco: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe. Duración: 111 minutos.

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