habría un par de cosas que decir/

que nadie lee mucho/

que esos nadie son pocos/

que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y

con el asunto de comer cada día (…)

Sobre la poesía, Juan Gelman.

 

Paterson es una película grande sobre algo muy chiquito o, citando a Seinfield, una película sobre la nada. Aunque primero tendríamos que pensar qué es la nada y qué sería su opuesto (el todo). La última película de Jim Jarmush narra siete días en la vida de un colectivero que escribe y lee poesía (la figura del gran poeta de la cotidianeidad, el capicúa William Carlos Wiliams, es una referencia ineludible). A la vez, Paterson es una película sobre la poesía y sobre el amor a la poesía y es en ese gesto en el que radica su grandeza. Uno se va del cine con ganas de leer poesía (de Williams en particular, pero poesía en general) y, como sucede en muchas películas de Jarmusch, el director nos contagia su admiración por los personajes y las cosas. El universo de Jarmusch (sobre todo sus héroes) constituyen una parte esencial de su cine y las posturas éticas que ellos asumen resultan lo esencial de su mirada poética.

Paterson es, a la vez, una versión no pesadillesca de Hechizo del tiempo. Paterson (notable Adam Driver) despierta todos los días (la película transcurre de lunes a lunes) en un plano prácticamente idéntico, junto a su amada, y a partir de ahí le suceden variaciones de las mismas cosas. El antídoto que Paterson tiene para resistir a este paso burocrático del tiempo es la poesía, y esa apuesta es una apuesta fuerte porque esa poesía, ese ritmo de la poesía, pareciera impregnar los modos, los tiempos y la puesta en escena de toda la película. Jarmusch confía en el cuento que quiere contar y eso hace que la película crezca confiada en sus cualidades. La diferencia fundamental con la película de Harold Ramis es que en esa fábula el personaje de Murray todos los días despertaba solo anhelando el amor como antídoto contra la burocratización de la vida y de los días. En Paterson no hay tal tedio porque Paterson ama y es amado, y ese sentimiento trasciende la pantalla.

Película de historias mínimas que no lo son tanto, Paterson es una obra personal en donde el amor y la languidez se expanden a lo largo de todo el relato devolviéndonos la mejor versión de un director que parecía estar olvidado por la crítica pero que este año regresó con dos grandes películas que se inscriben dentro de lo mejor de su obra (la otra, que no pasó por los cines locales, es Gimme Danger sobre el grandísimo Iggy Pop y The Stooges). Filmar la vida de un colectivero que además es poeta es un gesto políticamente subversivo y valioso en un contexto en el que los tiempos se maximizan en pos de un supuesto desarrollo que llevará a hacernos vivir una vida más amable (en una teología marketinera de un paraíso perdido). Paterson se revela así como una película de repeticiones (Paterson se llama el protagonista, y Paterson se llama la ciudad en donde vive, además de un libro de Williams) que funcionan como antídoto a la abulia de la vida. Paterson también podría ser un poema sobre el tiempo y el amor, y esa idea de registrar lo trascendente en minúsculas y no con la pomposidad propia de pensar a la poesía como ARTE es lo que hace de Paterson una película conmovedora. Ese costado pasional de filmar lo infilmable podría vincular a este raro objeto cinematográfico no identificado con el cine de Bergman y, más allá de la(s) forma(s) postmoderna(s) del cine del director de Ghost Dog y Dead Man, se puede observar algo de ese registro trascendental.

En este sentido, Paterson deja de ser una película chiquita (los monótonos días de un colectivero enamorado que se levanta a las seis de la mañana y que además escribe poesía) para transformarse en un manifiesto político que decide contar por contraste algo más grande (la posibilidad de vivir una vida feliz y cómo vivir en un mundo por demás opresivo). A pesar de este carácter o lectura política, también es una película sobre el amor conyugal  y sobre la perplejidad e inevitabilidad del amor. Si Paterson cumple el ritual del trabajo, su novia Laura (Golshifteh Farahani) pareciera no lograr hacer pie pensando en la normalidad que demanda vivir en la sociedad. Aquí tenemos una historia tan importante como la del propio protagonista ya que los intentos absurdos de Laura por integrarse al sistema son tan insensatos y condenados de antemano al fracaso que solo pueden ser comprendidos y acompañados desde una mirada piadosa como la de su compañero. Esta mirada amorosa crece a lo largo de la película, y también está presente en Laura cuando se preocupa por el futuro de los poemas que Paterson escribe en su cuaderno.

Casi sin proponérselo, Jarmusch se pregunta y nos pregunta acerca del sentido de la aparente normalidad de la vida cotidiana. Paterson ama y no juzga. Todos los días escribe sus poemas en un cuaderno, los corrige y los despliega, saluda de modo afectuoso a las mismas personas, saca a pasear a su perro, observa con un dejo de melancolía el fin inevitable y absurdo de una pareja que se separa en el bar. Y ese amor que define cada una de sus acciones se materializa en los poemas que aparecen en la pantalla. Paterson no es un poema filmado sino una película nacida de la poesía, de esas como no hay casi ninguna en la actualidad, de esas que harían mucha falta.

Paterson ( EUA/Francia/ Alemania, 2016), deJim Jarmusch, c/Adam Driver, Golshifteh Farahani , 118′.