Ingmar Bergman, criado en un severo hogar protestante regido por un padre-pastor, temía aún en sus días adultos la llegada de “la hora del lobo”. La hora del lobo es, en sus propias palabras, “el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales”. Ese tiempo que se abre hacia las tres de la mañana se definía en su cine como la hora aciaga, aquella convulsa en la que aparecían los temores del insomne, los mismos que daban alimento a la más irredimible creación de un artista. Ese también era el tiempo de la escritura para la gran poetisa estadounidense Emily Dickinson. Sin embargo, su creación no nacía del temor sino de una inusual placidez libertaria hallada en las solitarias noches de su casa paterna en el pueblo de Amherst, ubicado en el corazón de Massachusetts. Por lo menos así lo expresa la mirada única que ha sabido regalarle el director inglés Terence Davies en su última película, Una serena pasión. Es en ese silencio nacido del sueño ajeno donde florecen sus versos, preñados de una fuerza contradictoria que se tejió en su vida entre la piedad y el desafío.

Una serena pasión respira el mismo aire que parece nutrir los días de mediados del siglo XIX en el que Dickinson abandona la severidad escolar y decide regresar al seno de su amado hogar. Acusada de falta de esperanza y liberada del dogma académico, recorrerá con su familia los placeres musicales de su tiempo en compañía de su adusta tía, quien condena tanto la vocación contestataria de los jóvenes Dickinson (Emily y sus dos hermanos, Austin y Vinnie) como los excesos permisivos de quien debería ser padre y guía. Emily regresa al hogar con los brazos abiertos, dispuesta a sumergirse en los afectos familiares y en la creación nocturna. Ese aire familiar contradictorio, fruto de la austeridad religiosa y los estímulos a la conciencia individual, es el mismo que conjuga las tensiones interiores con un diurno exterior inmerso en la luz matinal y las flores frescas de la primavera. Davies nunca se ciñe a la reclusión de Dickinson como anomalía sino que transita junto a ella el lento discurrir de sus días, desde los alrededores de la casa, la iglesia y los jardines, hasta las cuatro paredes finales de su habitación. El ambiente que moldeó la vida de la poeta, definido por Davies como decisivo para conservar su obra en secreto, es recreado con infinita paciencia y minuciosidad, con una imagen que expande la pantalla en tanto divisa la grandeza.

Emily Dickinson (interpretada en su juventud por Emma Bell) es expulsada del Mount Holyoke College por expresar opiniones que entran en tensión con la doctrina imperante de su tiempo. Sus cuestionamientos religiosos están más vinculados con la curiosidad intelectual y la voluntad de exploración de una mente inquieta que con verdaderos dilemas sobre la creencia. No hay duda de la existencia de Dios en las palabras de Emily sino de la verdadera dimensión de sus manifestaciones y del sentido de la vida humana más allá de la muerte. Muerte e inmortalidad son preocupaciones que Davies ha sabido trasladar con inteligencia a la puesta en escena de su película, haciendo un gran uso de la elipsis en momentos claves (la muerte del padre), y explorando los recodos del espacio y la luz como atisbos de manifestaciones sensoriales. La salida de la joven Emily de la educación académica no es abandono sino libertad, una libertad nacida de la reflexión permanente sobre los inconvenientes de ser mujer y artista en una sociedad que solo autoriza a ser madre y esposa. La familia y la casa paterna se transforman así en el resguardo principal de su intimidad, en guardianes de su obra -publicada casi en su totalidad de forma póstuma- y en los principales escenarios que recorre la cámara de Davies. Todo está allí para ser filmado, como si naciera ante nuestros ojos, como si se revelara al igual que el verdadero talento de Emily que resiste cualquier ensayo de obviedad y aseveración.

Una de las claves para entender el estilo de la poesía de Dickinson que afirma Davies en su película es la resistencia a lo evidente, en este caso como antinomia de lo poético. En una de las varias conversaciones que Emily mantiene con su amiga, la señorita Buffam, el pecado de la literalidad aparece como uno de los más imperdonables. Esos notables diálogos, intrigantes y divertidos, dotados de un sentido del humor extraordinario que es el mismo que puede intuirse en algunas de sus poesías, dan cuenta del lugar que ocuparía Emily Dickinson en el arte de su siglo. A contracorriente del mainstream literario, sus gustos por George Elliott, las hermanas Brönte o Elizabeth Gaskell dan a su personalidad una consciente modernidad, un espíritu de vanguardia que Davies homenajea haciendo su película resistente a categorías como “biopic” o “film histórico”. Nada de eso, parece decirnos: antes que acumular detalles de época o detenerse en reconstrucciones estériles, sus imágenes se nutren de una presencia eterna al igual que las palabras de Emily -ya con la voz adulta de Cynthia Nixon- que desnudan en la agitación de su métrica o en la furia de sus frases la verdadera originalidad de esa apuesta creativa (la de Dickinson y la de Davies).

Hay escenas magistrales, como la ceremonia del té con el reverendo Wadsworth y su esposa, en la que la “inerte” mujer (como Emily la llama) reafirma su consagración a Dios sin obstáculos al rechazar el té y la limonada como bebidas pecaminosas y consagrarse únicamente al consumo de agua pura. Las miradas desconcertadas de Emily y su hermana Vinnie se completan con el austero pedido del pastor, casi para no ser menos: una taza de agua caliente. Wadsworth, considerado por algunos de los especialistas en la obra de Dickinson como el destinatario de los arrobados poemas de esos años, aparece en esa escena y ya no más, casi como una nota irónica a la ancestral disquisición sobre el verdadero origen de la inspiración de un artista. Así también aparece la decisión de vestir de blanco como resistencia al luto convencional tras la muerte de su padre, o el amoroso cuidado de su madre enferma en sus días finales: instantes de pérdida y cambios que Davies escenifica con calidez amorosa, concentrado en los planos del rostro dolido de Cynthia Nixon, en sus ojos vidriosos, en sus manos ya cansadas.

Los dolores de la enfermedad renal que pondría fin a la vida de Emily Dickinson no ocupan más minutos que aquellos en los que ella se disculpa visiblemente afectada por el destrato injustificado que dio a los empleados de la casa (no sirvientes: enseñanza que recibe del padre con quien mantendrá una actitud ambivalente, de sumisión y rebeldía permanente). Cada acto de su vida, el coser con precisión y paciencia sus poemas encuadernados, el hornear el pan para el concurso del pueblo, cada uno de esos detalles que son menos el signo de una época que la presencia de un carácter, son los que dan una cualidad única a la película de Davies, aquella que en su cercanía a la condición poética no resigna su materialidad cinematográfica.

Una serena pasión (A Quiet Passion, Gran Bretaña/Bélgica, 2016), de Terence Davies, c/Cynthia Nixon, Keith Carradine, Jennifer Ehle, Duncan Duff, Emma Bell, Joanna Bacon, Catherine Bailey, Jodhy Nay, 125’.