7 deseos es una película extraña. De alguna manera inexplicable, funciona a pesar de todos sus defectos. La suma de todas sus carencias, y la distancia entre los efectos buscados y los finalmente alcanzados, no impiden que la película sea disfrutable a ojos del espectador.

Lo primero que uno podría decir en contra de la película es que no logra el principal cometido que debería tener una película de terror, que es el de asustar seriamente. En este sentido, 7 deseos tiende constantemente al humor, pero de manera involuntaria: provoca la risa en las situaciones en las que no debería. Pero ese efecto indeseado es el que transforma a 7 deseos en una comedia irreflexiva que, por acumulación, termina generando un efecto cómico para el espectador. Hay tal grado de desparpajo en las situaciones narradas, y en las decisiones de puesta en escena con las que se cuentan, que uno termina olfateando cierto sentido cuasi amateur que potencia el costado lúdico del film.

Con esa involuntaria dosis de humor zumbón y torpe, 7 deseos narra las aventuras y desventuras de una joven que sueña con ser la chica más popular del colegio, y con que el galán de turno se enamore de ella. Lo que en una producción más virtuosa y ajustada desde los parámetros formales se hubiera transformado en un tour de force emocional, aquí tienden a un grotesco divertido y esperpéntico. En la historia hay un amuleto mágico que, a medida que va cumpliendo los deseos pedidos por la heroína, va desatando una serie de tragedias irreparables que concluyen en una inevitable muerte. Como si esto fuera poco, el componente trágico que acompaña y enmarca al relato -relacionado con la muerte de la madre de la protagonista- se licua y pierde toda la densidad dramática que podría haber desarrollado desembocando en un desenlace que pone en evidencia el descalabro argumentativo en el que la película se ve inmersa.

También en ese sentido, y ayudando a potenciar el tono involuntariamente risueño de la historia, rankea alto el papel del padre de la protagonista que se dedica a cartonear, avergonzando constantemente a su hija. Este personaje pasa, sin solución de continuidad, de ser un tipo apuesto a una persona con serios problemas psicológicos que luego la película resuelve, de manera cuasi misteriosa, cuando recupera su encanto y seducción.

Cada una de las muertes  que puntean el relato son los momentos más tensos del film y casi lo único logrado a partir de la premisa. El resto de la trama, las acciones que nos llevan de muerte en muerte, funcionan de manera inconexa y errática, y la apuesta a coquetear con varios géneros nunca da en la tecla. Lo que debería asustar en general  no asusta, lo que debería entristecer no entristece, y lo que no debería generar risa, no hace más que provocarla (y eso sucede bastante seguido).

Lo mejor para el espectador es que esta suma de errores no provocan fastidio sino que dan un aire juguetón al relato, que en general escasea en el cine mainstream de la actualidad. 7 deseos se transforman así en un Frankenstein que, cobrando vida propia, desobedece los designios de su creador.

7 deseos (Wish Upon, Estados Unidos, 2017), de John R. Leonetti, c/ Joey King, Ki Hong Lee, Ryan Phillippe, Mitchell Slagert, 90′.