Un hombre sale de la estación de Barcelona. Deambula por las calles, consultando cada tanto en su celular el mapa que lo orienta hasta el departamento temporario que alquiló a través de una plataforma online. Se trata de un turista que se pierde en la observación curiosa de bares, playas, parques y gente a su alrededor. Este comienzo de Fin de siglo (2019), opera prima del realizador argentino Lucio Castro, ya introduce la situación de quien está de paso.

De manera casual, Ocho (Juan Barberini) se encuentra en varias ocasiones con un joven que viste una atrayente remera con la leyenda Kiss. La leyenda en sí misma es toda una invitación y un imán para el deseo. En la tercera oportunidad que el joven se cruce en su mirada, Ocho, llamándolo desde su balcón, lo invita a pasar. En este punto, el director plantea el encuentro amoroso en términos de contingencia, de aquello que ocurre por azar; más que por la premeditación de lo que se busca.

El desconocido se llama Javi (Ramón Pujol), es español, vive en Berlín (donde dirige un programa de televisión para niños) y se encuentra en Barcelona por trabajo y para visitar a su familia. Ocho es argentino, reside en Nueva York, escribe poesía, pero se gana la vida realizando marketing para una compañía. Tras esta breve presentación, tendrá lugar el encuentro sexual. La inmediatez en las formas de conocer al otro, que las redes sociales permiten, es un signo de la época del cual el director da cuenta con acierto en esta secuencia. Además, sitúa el goce fálico como posible de alcanzarse en silencio, por el puro contacto de los cuerpos; a diferencia del goce femenino, que requiere la mediación de la palabra de amor.

El diálogo más profundo viene después del sexo. Allí Javi cuenta que está casado hace 4 años y tiene una hija. Manifiesta que con su esposo tiene una relación abierta, pero con ciertas reglas; y reflexiona sobre cómo han cambiado sus prioridades desde que tiene a su hija. Ocho, por su parte, se separó recientemente de su pareja, tras 20 años de relación, y muestra su reticencia a la idea de tener hijos. Necesitaba volver a estar solo y experimentar la libertad de no tener que depender ni hacerse cargo de nadie, aunque sabe que es muy probable que vuelva con su ex-pareja. En este punto, la película excede la temática gay. La relación entre Ocho y Javi plantea cuestiones como el miedo al compromiso amoroso y a la parentalidad, la necesidad de espacio propio o la merma del deseo, que también podrían darse en un vínculo heterosexual.

El tiempo comienza a ser un eje de la película en esta secuencia. Y aún más cuando la famosa frase “me parece que te conozco desde antes” deja de ser una sensación de deja vù propia del encantamiento del encuentro, para pasar tener un asidero en la memoria. El flashback hacia el pasado adquiere entonces un matiz de inquietante extrañeza.

Veinte años antes, en las cercanías del fin del siglo XX que puntúa el título, Ocho era un joven que pasaba unos días de visita en Barcelona en la casa de Sonia (Mía Maestro), la ex-novia de un amigo. Ocho estaba de novio con una chica y comenzaba a explorar su interés por los hombres, no sin dudas y vacilaciones. Javi es el nuevo novio de Sonia, está filmando un documental sobre las experiencias del fin del siglo y acompaña a Ocho a conocer la ciudad, mientras Sonia visita a su abuela. 

En la llegada de Ocho a Barcelona, la cámara de fotos, el mapa de papel y la postal dirigida a su novia, reemplazan al actual celular, situando los cambios a nivel tecnológico. En la conversación con Javi, mientras pasean, Ocho manifiesta sus ganas de tener hijos, traduciendo el director así los cambios que una persona experimenta en sus modos de pensar y sentir a través del tiempo. Además, el hecho de que el encuentro amoroso entre los protagonistas se plantee cara a cara, y mediado por el conocimiento previo a través del vínculo con una persona en común, da cuenta de los cambios en los modos de relacionarnos con los demás que introduce la tecnología en la época contemporánea.

El vínculo de ambos en el pasado se interrumpe abruptamente debido a la partida de Ocho. Al momento en que Javi se retira del departamento de Ocho en el presente, el clima vuelve a enrarecerse. Ocho pisa un juguete de plástico en el suelo y encuentra su heladera llena de alimentos saludables que antes no estaban. La aparición de Javi y de una pequeña niña en el hogar nos sitúan en un presente alternativo, como si hubieran seguido juntos durante 20 años. Se plantea entonces la dificultad para sostener el amor y el deseo con el paso del tiempo y con las obligaciones que un hijo conlleva, e incluso la situación de despertarse un día y sentir que de repente el otro se ha vuelto un perfecto extraño.       

La decisión del director de mantener a los mismos actores en las tres temporalidades resulta muy interesante porque le permite quebrar sin anticipaciones la linealidad y crear cierto efecto de ambigüedad entre fantasía y realidad. ¿Ese pasado aconteció o es producto de la imaginación? ¿El presente del encuentro fortuito es real o es el desconocimiento psíquico de la realidad de la situación futura?

Con recursos austeros pero efectivos y una lograda interpretación por parte de los protagonistas, Lucio Castro nos invita en Fin de siglo a pensar en las paradojas temporales del amor y del deseo. Amor y deseo no siempre se entrelazan en la misma persona, y a menudo se rigen por temporalidades diferentes. De esta manera, la película en sí misma es la puesta en arte del desafío de inventar, cada vez, un posible anudamiento entre evanescencia  y permanencia.

Calificación: 8/10

Fin de siglo (Argentina, 2019). Guion y dirección: Lucio Castro.  FotografíaBernat Mestres. Montaje: Lucio Castro. Elenco: Juan Barberini, Ramón Pujol, Mía Maestro, Mariano López Seoane, Helen Celia Castro-Wood  Duración: 84 minutos.