Atención: Se revelan elementos importantes del argumento.

Un viaje a la luna, del director argentino Joaquín Cambre, viene precedida con el galardón a Mejor Opera Prima y Mejor Banda Sonora en premiación no oficial de la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Si bien los premios no suelen ser necesariamente índices de calidad cinematográfica, la sinopsis me pareció interesante y me embarqué en la aventura.

En términos de género, puede definirse como un “coming of age”, que hibrida el drama psicológico con el fantástico y la ciencia ficción, hallándose aquí su atractivo. Tomás (Angelo Mutti Spinetta) tiene 14 años, es tímido y se encuentra retraído en su propio mundo, como casi todo adolescente. Su mundo no es la Tierra sino el espacio. La astronomía es su principal interés y conoce detalladamente aspectos de la luna, a la cual observa cada noche con su telescopio. Debe materias del secundario que podrían llevarlo a perder el año y encuentra su primer amor, telescopio mediante, en una vecina llamada Iris (Ángela Torres), que concurre al mismo colegio, es unos años más grande y vive en el edificio de enfrente.

Tomás es el hijo del medio. Tiene un hermano pequeño y una hermana adolescente más grande cuyo principal interés es explorar su sexualidad con su novio en la despensa del hogar, y junto con él humillar a este hermano que en la familia ha adquirido el lugar de “problemático” y “enfermo”.

La madre de Tomás (Leticia Brédice) está preocupada porque su hijo no defraude las expectativas que ha depositado en él. Espera que apruebe las materias y no le arruine las vacaciones familiares planeadas a Brasil. Su padre está prácticamente ausente, llega siempre tarde (literalmente) y no tiene la menor idea de en qué andan sus hijos. La falta de comunicación es el signo de esta familia. Cada uno se refugia en su micromundo e intenta llevar la vida como puede. Los padres de Tomás lejos están de poder realizar una autocrítica sobre su responsabilidad en lo que le pasa a Tomás y su posición es de escaso compromiso. Ambos evitan implicarse en lo que padece Tomás y no pueden percibirlo como un síntoma que está dirigido directamente a ellos. De ahí que lo más fácil resulta depositar el problema en el adolescente y llevarlo a una consulta psiquiátrica.

El psiquiatra (Luis Machín) se limita a monitorear mediante algunas preguntas cómo es la evolución de sus síntomas. Le pregunta si tiene pesadillas más frecuentemente o si cesaron, y en función de esto calibra la medicación. Cuando Tomás le diga que no tiene pesadillas mantendrá la dosis y cuando se obsesione cada vez más con la idea de realizar un viaje a la luna, la aumentará. Apunta a que desaparezca el síntoma “pesadilla” o “la ideación delirante” de viajar a la luna. Lejos está de escucharlo, de trabajar junto a él las causas de su padecimiento, o de otorgarle algún significado simbólico a este significante del “viaje a la luna”.

En este punto, Cambre trabaja muy bien la creciente dificultad de comunicación y la introspección en el seno de la familia, así como la actual problemática de la medicalización de la infancia y la adolescencia, en una sociedad capitalista que exige el éxito y la productividad, y no permite espacio alguno para el malestar ni la diferencia respecto de los estándares de calidad considerados como ideales y normales.

Por otro lado, que Iris aparezca para Tomás por primera vez a través del telescopio, y en el mismo lugar de la luna, da cuenta ya de una mirada que la sitúa como idealizada e inalcanzable, pero también como enigmática y estimulante. Efectivamente, Tomás se sentirá desilusionado cuando descubra que Iris tiene novio y cuando fracasen sus intentos por acercarse afectivamente a ella. La mujer, en tanto objeto de deseo, aparece para el hombre como aquello difícil de atrapar y que siempre se escabulle, y también como aquello otro diferente e indescifrable, aquello que actúa como causa, exactamente como la luna. Conquistar la luna es aquí metáfora de conquistar a una mujer; enfrentarse a una mujer supone una experiencia que no se puede atravesar sin cierta angustia porque requiere, para el hombre, colocarse en una posición de estar en falta. De ahí que el viaje que emprenda Tomás adquiera todas las características de un viaje iniciático.

La película asume el punto de vista de Tomás, lo cual se afirma mediante el uso de la voz en off del comienzo y del final, y a la vez mediante el frecuente uso de las subjetivas que corresponden a él,  que casi siempre son primeros planos y  que dan cuenta de que ve la realidad familiar y a Iris de una manera singular. Cada vez que tenga que enfrentar la agresividad de varones mayores que él, Tomás quedará paralizado y no podrá responder verbalmente ni físicamente. Esto se hace especialmente patente en la escena con el novio de Iris, cuando le dice que no se meta con su novia y le arroja los lentes al piso. Su parálisis será paralela a la introducción de un breve flashback que corresponde a un suceso ocurrido en su infancia, que no se ve en su totalidad, sino como un destello borroso y confuso, un fragmento de lo visto y lo oído. El grito de Tomás, como una descarga actual de la angustia que experimentó en el pasado, hace presente aquel efecto traumático. El director logra muy bien dar cuenta de los dos tiempos del trauma, según las ideas de Freud. El primero es cuando el hecho acontece sin desprendimiento de angustia y es reprimido; el segundo es cuando, ante una nueva situación que entre en nexo asociativo con la originaria, se reanime aquella escena para que se produzca el desprendimiento del displacer y aquel suceso infantil adquiera valor traumático.

Que a partir de esa escena Tomás use sus anteojos con el cristal estallado, será el índice de una alteración de lo imaginario. En efecto, Tomás dejará de tomar la medicación y se obsesionará cada vez más con el viaje a la luna, comenzando a preparar su habitación, la vestimenta y la comida para efectuarlo. La puesta en escena acompaña esta perturbación de lo imaginario con subjetivas de Tomás en las que los primerísimos primeros planos de aquel a quien mire se deformen por el uso del gran angular, cargándose de un tinte de extrañeza.

La primera parte de la película de Cambre transcurre como un drama adolescente convencional, pero el director arriesga en la segunda parte -cuando Tomás emprenda su viaje- un viraje hacia lo fantástico y la ciencia ficción, realizando para ello una interesante labor de arte. Esta segunda parte, a diferencia de la primera, será menos luminosa y de una atmósfera opresiva  que irá en aumento.

Y aquí me interesa detenerme en ese viaje que encierra una multiplicidad de sentidos, que por fortuna al manejar muy bien la ambigüedad y el suspenso, el director no cierra rápidamente en un sentido único y acabado, sino que le otorga un valor simbólico que cada espectador leerá como quiera o como pueda. El viaje de Tomás puede ser tanto una fuga de la realidad, como un viaje psicodélico o interior a las profundidades de su mente.

Lo que sabremos es que habrá cruzado un umbral y que de allí emergerá transformado, casi como tras haber superado un rito de iniciación. La adolescencia supone la actualización de los deseos sexuales y de muerte del Edipo infantil. Tomás sigue fijado al lugar de ser el falo maravilloso de su madre y, con un padre que no opera como separador, intenta salir, desilusionándola al no estudiar para los exámenes. El viaje a la luna llevará a Tomás a expulsar al padre: la última escena en el consultorio del psiquiatra representa la posibilidad de abandonar la actitud amorosa y pasiva frente a él, que había mantenido desde su infancia, y poder tomar la palabra para desenterrar ese oscuro suceso familiar acaecido cuando Tomás tenía cuatro años.  Para todo varón poder renunciar a la madre como objeto de amor e ir más allá de la posición pasiva frente al padre, será lo que le permita tanto abordar a una mujer como enfrentar a los hombres que busquen denigrarlo. El viaje a la luna, poco importa que sea un estallido de locura, un sueño o una fuga impulsada por sustancias, es que lo habrá hecho crecer.

En Un viaje a la luna, Joaquín Cambre administra adecuadamente los recursos estéticos y sonoros, que conoce por su experiencia en la dirección de videoclips, y los pone al servicio de una narración novedosa, en la que al concebir la adolescencia como un tránsito, no prejuzga ni patologiza  precipitadamente a su personaje y, de este modo, evita caer en las convenciones y los golpes bajos.

Un viaje a la luna (Argentina, 2018). Dirección: Joaquín Cambre. Guión: Joaquín Cambre y Laura Farhi. Fotografía: Nicolás Trovato. Edición: Nicolás Goldbart. Elenco: Ángelo MuttiSpinetta, Leticia Brédice, Luis Machín, Ángela Torres, Germán Palacios. Duración: 87 minutos.