“No quiero existir, pero existo”. La frase pertenece al escritor Robert Pinget, y es mencionada en el documental realizado por la directora Ursula Meier que gira en torno a su figura. Pero también es una frase que puede ser aplicada al carácter general de los personajes que deambulan en soledad por el cine de Meier, de quien recientemente se ha ofrecido un ciclo en la Sala Lugones con motivo del estreno de su último largo, La hermana (2012).

 
De la frase de Pinget se desprenden varias cosas: en primer lugar, esa idea de no querer estar, de no querer ser, de borrarse y desaparecer, dejando la obra escrita como único rastro. “Soy mis libros, no quiero que quede nada más de mí”, dice Pinget a través de la voz en off, que también es su voz interior y su palabra escrita, las cuales modulan todo el film. Pero al mismo tiempo surge esa imposibilidad de no poder salirse del mundo, de no poder escapar por más que uno lo desee, por más que uno intente construir edificaciones sólidas alrededor de sí mismo para ocultarse y refugiarse en la más absoluta soledad.
 
El documental de Meier está estructurado en dos partes bien claras, a su vez fragmentadas y alternadas entre los testimonios de las personas que conocieron a Pinget y el largo proceso de invisibilidad llevado adelante por el escritor. Una estructura tramposa y deliberada y, al mismo tiempo, inevitable. A medida que los testimonios aportan detalles y datos del autor, disímiles entre sí, contradictorios, la imagen de Pinget se vuelve cada vez más borrosa, más lejana: la tapa de un libro en la que se lo ve mirando a cámara, y luego una reedición del mismo libro con la misma tapa pero ya con el rostro de Pinget borrado de la foto, dan cuenta de esa lógica de la ausencia, de esa intención de querer perder el rastro por completo, de ese rechazo a la verdad determinante de las imágenes y de ese constante estado de contradicción en el que uno se ve obligado a vivir/existir.
 
En torno a Pinget (2000) es elocuente desde su título. Meier no hace otra cosa que girar alrededor de una figura, de un nombre. La cámara, como en ninguna de sus otras películas, se mantiene estática y distante; los procedimientos utilizados, tales como el stop motion, los desenfoques y las fotos fijas se corresponden y se justifican con el hecho de que sólo podemos acercarnos de manera parcial a las cosas. Que la verdad en toda su dimensión, tal como señala el autor, requiere de lugares secretos donde esconderse.
 
La soledad como destino, como elección o como única opción, está presente en todo el cine de Meier. Y si de hombres solitarios y en crisis se trata, allí está Alain, protagonista de Ni canas, ni negros ni blancos (2002), un hombre perteneciente a las fuerzas policiales que formó parte en su juventud del ala más reaccionaria de la derecha suiza, pero que en cierto momento se decide a dejar de lado esa ideología discriminatoria y comienza a involucrarse con el mundo cercano, con los problemas que lo rodean, tal vez para intentar equilibrar un poco las cosas, tal vez para despojarse de las etiquetas (la idea del despojo está implícita ya desde el título del film) que lo condicionan y lo encasillan a uno dentro de un marco del que es difícil salirse. Alain no renuncia a su profesión, él es policía, pero el film se concentra en esa actividad paralela y un tanto invisible que lleva adelante y que tiene que ver con la ayuda a los inmigrantes de color, con los problemas que estos encuentran a la hora de querer trabajar en condiciones normales. No se trata de policías ayudando a negros, se trata de un hombre ayudando a otros hombres. Alain se encarga de decirlo más de una vez, él ya tiene todo, un buen sueldo, un trabajo que le gusta, una casa construida en las afueras de la ciudad donde tiene pensado vivir cuando se jubile. La épica del film está allí, en arreglar el mundo y retirarse, en restaurar aunque sea de manera parcial cierto orden de las cosas y perderse, refugiarse en su reino diminuto (la casa de Alain es un refugio en la montaña).
 
Qué lo motiva, qué lo llevó a tomar esa decisión, en qué momento sucedió la revelación que llevó a Alain al lugar donde se encuentra hoy realizando esta tarea, nunca se nos informa, y tampoco parece importar. A Meier le interesa la obra, la acción en sí misma como signo vital, como huella donde buscar las partes del rompecabezas que conforman la imagen de un hombre. La directora persigue a su protagonista ubicando la cámara bien cerca. Los primeros planos de Alain proponen un acercamiento, pero también una indagación: Alain en la noche, manejando, fumando, pensando. Estas imágenes remiten al Oso de Un oso rojo, interpretado por Julio Chávez en la película de Caetano, un hombre solitario que era pura acción, que recorría los suburbios bonaerenses fumando y bebiendo, que sólo estaba en el mundo para equilibrar las cosas y luego perderse en la soledad de la noche. Y si bien hay diferencias notorias ente ambos personajes (mientras que el Oso recurría a la violencia para conseguir sus objetivos, Alain utiliza el diálogo), son más significativos y de mayor peso los rasgos que los unen: hombres en crisis consigo mismos que a su vez ponen en crisis el estatuto en apariencia inviolable de las cosas. Alain no cambia el mundo (tampoco el Oso), sino que construye su propio mundo dentro del mismo. En esa grieta que se genera, en ese espacio ínfimo y casi imperceptible donde no hay seguridades ni certezas, allí es donde Meier pone el foco, en el agujero generado por la acción.
 
Este sentido en algún punto anárquico del cine de Meier, y ese estado de permanente contradicción en el que se debaten sus personajes, se ve reflejado con mayor fuerza en sus obras de ficción: Unos hombros sólidos (2002, telefilm), Home (2008) y La hermana –título inexplicable, ya que el original, L´Enfant d`en haut (El niño desde arriba) se ajusta más a lo que sucede en la película y es mucho más significativo-.
 
Tanto en Home como en La hermana la idea de reino provisorio, frágil y casi invisible se evidencia de diferentes maneras. Esos reinos no pueden durar, no pueden sostenerse, porque están atados a decisiones externas, porque dependen de otros factores ajenos a ellos que, tarde o temprano, terminan influyendo e invadiendo el bienestar logrado. Esos reinos/casas/refugios no son algo concreto, sino más bien construcciones endebles, hechas a bases de sueños.
 
En la primera, el “home” del título es más un anhelo que otra cosa, una idea, un deseo. La familia protagonista vive aislada a la orilla de una autopista nunca inaugurada, y disponen del espacio con total libertad. Un travelling lateral deja ver las cosas desparramadas en el piso, a lo ancho de la calle, y la profundidad del plano da cuenta del vacío y la aparente tranquilidad en la que vive la familia, aunque cierto aire de extrañeza parece envolverlo todo. La idea de apartarse del mundo buscando construir otro reaparece aquí, pero sabiendo que no se puede salir del todo, que no se puede escapar (los personajes de Meier son conscientes de esa imposibilidad). De allí que el padre de la familia va a trabajar a la ciudad y que los hijos asisten a la escuela. No se niega el mercado ni el sistema educativo, sólo se busca el hueco que la forma de vida moderna esconde para poder respirar, para poder establecer otra serie de normas, válidas sólo para la familia (padre e hija o hermanos bañándose juntos o jugando desnudos con el agua de la manguera de calle). La autopista se inaugura y poco a poco el ambiente idílico comienza a trastornarse, a verse invadido por los sonidos de los autos que los devuelven a la prisa del mundo. Lo exterior, en principio fuera de campo, ocupa ahora un lugar central en la imagen. La cámara de Meier, que antes se movía con libertad siguiendo la cotidianeidad de la familia, como en el travelling mencionado, ahora debe recurrir al corte para pasar al otro lado de la autopista. Los chicos deben saltar el guard rail para poder ir al colegio, el auto del padre ya no puede ser estacionado y hay que esperar el anochecer para poder cruzar con los alimentos. El tono del film se vuelve asfixiante y la idea del suicidio comienza a sobrevolar la historia. Hay un intento vano por sostener esa vida, pero la autopista/el mundo los termina venciendo. No los mata, sino que los obliga a irse, a buscar un espacio aún no invadido, siempre dentro de los límites de la tierra. La canción de Nina Simone que suena sobre el final, melancólica y crepuscular en contraposición con la música festiva que se escucha al comienzo del film, mientras la familia se marcha, funciona como un ruego, como un pedido, pero también como un deseo, lejos de todo fatalismo. Let me fly away, dice la canción.
 
 
En La hermana, Simon es un niño que observa todo desde arriba (de allí el título original). Su reino está en la montaña, en el centro de esquí donde roba todo tipo de objetos relacionados con la práctica de ese deporte, y que luego vende en la calle o en el vestuario. A diferencia de Home, aquí los mundos se entremezclan: Simon aparece desde el comienzo metido allí, aunque luego vemos, en claro contraste, que el departamento donde vive con su hermana difiere tanto estética como socialmente del lugar donde se desarrolla la acción. Simon va hacia el mundo y toma de él aquello que sabe que no se va a notar si falta (aquí el mercado, tanto como la educación, sí es puesto en crisis). Simon es un rey que se mueve, que se expone, un rey inconsciente del peligro, dueño de un espacio que él imagina suyo pero que también es de los demás, de los comerciantes del centro y de los mismos practicantes. Y es esa misma exposición la que termina traicionándolo. La fragilidad de su reino no sólo depende de las acciones de los demás, que en algún momento comienzan a verlo como una amenaza al orden del lugar, sino también de las condiciones climáticas. Una vez que pasa el invierno y la nieve se retira el reino de Simon desaparece, se queda solo en su tierra (los planos finales del film son desoladores y hermosos a la vez, al tiempo que enigmáticos). Sin embargo, Simon no se mueve de allí, no puede ver el mundo de otra manera; sabe, o cree saber, que no hay forma de incorporarse, que sólo resta aguardar el próximo invierno para continuar con ese modo provisorio e incierto de supervivencia. Hay aquí, como también en Unos hombros sólidos, un rechazo a la forma sistemática de trabajo. A Meier no le interesa la rutina, sino la forma en la que sus personajes luchan consigo mismos y generan un cambio radical, o por lo menos ponen en tensión la escala de valores que rigen una sociedad.
 
En este sentido, Unos hombros sólidos resulta su película más interesante. Aquí Meier lleva la fragmentación al máximo y pega su cámara tan cerca de los cuerpos que estos dejan de serlo. Es que de eso se trata: “prefiero la resistencia a la intensidad”, dice Sabine, la protagonista, una chica obsesionada con el atletismo y con la superación de las marcas. Meier no muestra ya un personaje en crisis con sus ideas y su forma de entender el mundo; muestra un cuerpo en crisis, un cuerpo que lucha contra sí mismo, que se exige y que sólo piensa en llegar, en vencer la propia resistencia. Un cuerpo que quiere dejar de serlo para convertirse en una máquina que corre contra el tiempo. Sabine corre con la cabeza, con el pensamiento, no importa ya el cuerpo como sostén de vida, sino como aparato de precisión. Sabine se graba y se mira, se corrige, llora cuando le marcan las faltas, cuando le dicen que corre mal, que no puede pensar en correr 800 metros cuando todavía no corrió 400.
 

El rechazo del cuerpo también está presente en la distinción de los sexos. Por eso cuando este sucede, se ve sublimado por el deporte. La cámara de Meier se pega contra la espalda de Sabine de manera tal que la intensidad de los cuerpos al entrelazarse queda de lado y lo que vemos son los engranajes de una máquina en pleno proceso de transición, llevando al límite la resistencia de sus piezas.

Sabine es, tal vez, el personaje más solitario del cine de Meier; más que Pinget y más que Simon; más que la familia de Home y más que Alain. Es un personaje cerrado sobre sí mismo, al que no le interesa la competencia con los demás, sino su propia competencia. Sabine corre contra ella misma, contra sus limitaciones, contra sus defectos, contra los deseos de los demás. Es un personaje que abandona en el momento justo, que decide retirarse del mundo cuando todos los ojos están puestos sobre ella. Lo hace sin angustia, sin peso, corriendo y sonriendo. Es un personaje que logra retirarse, que se siente libre, que puede disfrutar de la soledad de correr a través del campo en cualquier dirección, con todo el espacio para ella. Sólo ella, con ella misma.