Usos de la poesía. El último trabajo del chileno José Luis Torres Leiva es una confluencia poética sobre la decisión libre de la muerte propia. No es la naturaleza ni un dios quien determina el final, sino el mismo cuerpo que elige dejar de ser. Tanto por una pérdida amorosa, como Cesare Pavese quien escribe a partir de aquel vacío el poema Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, título que el cineasta sustrae para denominar su propia creación, en un doble juego de apropiación y cita. O por la náusea hecha poesía de Alejandra Pizarnik, cuyo Hija del viento es recitado en una escena de la película por María, quien asume su inminente deceso. El poeta italiano, la poetisa argentina y ella se encuentran en ese acto de libertad que es decidir sobre sus cuerpos. Con la finalidad del descanso absoluto, le ponen un límite al padecimiento.

Las formas en que la poesía se presenta son disruptivas u ocultas. Pavese y su poema no son aludidos: importan sus resonancias, como las de Pizarnik. Por otra parte, la palabra de esta última se presenta interrumpida. Torres Leiva decide que su poema se diga en la armonía de un jardín, desde una resonancia que convive armónicamente en el conjunto de la escena. Pero la memoria de María la traiciona y no la deja seguir: faltando unos pocos versos, olvida el final. Un transcurrir poético que se interrumpe en boca de quien pronto dejará de existir. La actualización trunca del poema en simetría con la interrupción de la vida de quien lo ejecuta.

Revelación de las imágenes. La palabra poética, escamoteada y elíptica se integra con una construcción poética de la imagen, desde la materia prima del aquí y ahora de una naturaleza como revelación de un Todo, exento de misticismo. Que se encuentra en lo que el dúo protagónico central halla en el mundo y de qué manera eso se expresa a través de la percepción de los entornos. Más allá de que toda película ofrece una percepción, en Torres Leiva es el tema mismo de la imagen. El silencio, la pausa, el texto mínimo necesario, el sonido de los ámbitos naturales, el intimismo en interiores, la alternancia entre el foco y el fuera de foco son los elementos que organizan un cosmos donde la muerte es solo la excusa narrativa para una poética de la vida, así sin más. La vida como modos del amor: el construido desde los vínculos a través del tiempo, el tan efímero como inolvidable, el que unifica culturas en una sola humanidad, el que conecta los polos aparentemente antagónicos de la juventud y la vejez, el que se encuentra en un gesto o en una decisión de vida.

Dos, una, el mundo. María encuentra en Ana, su pareja, la donación necesaria para el camino decidido. Ambas como núcleo de todo lo que discurre y se ofrece. Unidad de dos, ya planteada por una delicada simetría a partir de la elección de las actrices, que si bien no son parecidas físicamente, la cámara y sus encuentros en el cuadro juegan la idea de una similitud física, y extienden el sentido de la pareja amorosa hacia un plus que se proyecta como hermandad. Un vínculo con evidente camino recorrido, donde no hacen falta palabras: todo se encuentra en sus rostros, las miradas recíprocas, la comprensión con solo un gesto.

Ana es enfermera del hospital donde María se encuentra internada. El cuerpo de esta parece no resistir y no quiere probar otro tratamiento. No se trata de abandonar la lucha, sino de comprender. Es inenarrable. Lo amoroso en Ana se hace extensivo a sus pacientes, como en un plano detalle en el que su mano acaricia otra, la de una anciana internada. No se trata de un mero interés por lo que le compete en su vínculo privado. A su vez, aquello que María ha comprendido parece haberse hecho extensivo a su compañera, pues mientras en el momento de tomar aquella rugosa mano con historia, se abstrae. El énfasis en este instante -desde el primerísimo primer plano de la enfermera- la involucra en el mismo umbral de la vida que nuclea a su compañera con la anciana. Preguntas sobre la muerte se instalan en su propio cuerpo, sin verbalización alguna. Muerte asumida como aquello con lo que se convive en la vida misma. Conciencia de la propia finitud.

Dimensión estricta de lo político. La extensión de Ana de su intimidad al mundo abre las dimensiones de lo político en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Porque la muerte no solo se manifiesta en las causas y azares de la naturaleza, sino que se entronca con la historia chilena. En una escena nocturna, cerca del final de la historia, Ana y su hermana recuerdan en voz baja los tiempos oscuros de la dictadura cívico militar. La última recuerda los toques de queda y las balaceras que escuchaban cotidianamente, gobernadas – en más de un aspecto – por el miedo. “Parecía una película de terror”, recuerda sigilosa desde un murmullo que evoca todo ese pasado de silencio y muerte. La réplica de Ana se encarga de unir ambos tiempos, afirmando que antes se asustaba igual que ahora. La referencia al pasado desde la alusión directa al presente actual, vincula ambos tiempos políticos como el mismo.

Espacios virtuales. El trabajo con el tiempo no se presenta solo desde anclajes temporales claros y definidos. Formas de lo virtual se cuelan por la ventana de la historia central a modo de relatos insertados, como registros aparentemente ajenos pero que pertenecen al universo. Se trata mucho más de cómo resuenan que de cómo se insertan narrativamente. Uno es el vínculo entre una anciana que vive en una casa en medio de un bosque, donde merodea un perro, y una niña indígena que recorre el entorno. Se conocen, la mujer la lleva a comer a su vivienda y luego sus mundos vuelven a separarse. El relato se presenta a modo de narración oral, en boca de Ana: “Yo no quiero que cambies; no quiero cambiarte – dijo la mujer, sabiendo que la niña no entendía lo que hablaba. Quizá se lo estaba diciendo a ella misma, o a algún fantasma del pasado. O simplemente, tratando de tranquilizar una vieja herida que nunca había sanado en su interior. – Mi libertad es tu libertad – dijo la mujer. Y un atisbo de melancolía se dejó escuchar en su voz”. La segunda historia refiere a un tío de María, ya fallecido. Ella es la única portadora de un secreto que él le confió antes de morir. El de un encuentro casual con otro hombre, en -nuevamente- un bosque, con el que tiene sexo, se enamora y jamás lo vuelve a ver; y sin embargo jamás lo pudo olvidar. El bosque de la primera historia es un bosque nocturno, ominoso. La segunda historia presenta un entorno de pura luz diurna, como destello de vida. La muerte como clausura conciliatoria y la vida como un momento tan efímero como inolvidable. En ambas historias, el amor que atraviesa tiempos, tanto como unidad de la raza humana como de los cuerpos como posibilidad múltiple. Dos relatos que no pueden sino hacer eco, resonancia, reflejo y ampliar políticamente la historia de Ana y María. Componentes de la primera historia se presentan como apariciones la noche misma de la muerte anunciada en el relato central. Aquel espacio virtual se presenta en su mayor dimensión metafórica. Pero cuando las recurrencias temáticas en torno a la muerte parecen clausurar Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, la conformación de un nuevo mundo y la esperanza que otorga todo comienzo emerge con la mayor inyección de energía, precisamente en el cierre. Por lo tanto, el gran tema de la  notable película de José Luis Torres Leiva era la vida.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Chile, 2019). Guion y dirección: José Luis Torres Leiva. Fotografía:  Cristian Soto. Arte: Catalina Devia. Sonido: Claudio Vargas. Elenco: Amparo Noguera, Julieta Figueroa. Duración: 90 minutos. Disponible: Puentes de Cine (www.puentesdecine.com).