Versiones posibles y memorias falsas: No viajaré escondida, por José Luis Visconti.

Una mujer (re)escribe sus memorias tres veces a lo largo de una década. Cada una de ellas parece borronear fragmentos de la otra, contradecirla, desprestigiarla. Un cineasta emprende la tarea de hacer un documental sobre esa mujer. Advierte, ya en el comienzo, sobre la imposibilidad a la que se enfrenta. “Esta es una de las versiones posibles”, dice una voz en off, refiriéndose a lo que veremos de esa mujer de allí en más. No viajaré escondida asume el riesgo de moverse en un terreno cenagoso, plagado de trampas sembradas por el personaje y por los demás. Pero también se despega de cualquier intención de totalidad: ¿Quién puede saber qué fue Blanca Luz Brum? ¿A quién le puede interesar saberlo todo o incluso quedarse solo con la historia oficial?

Un tsunami arrasó con el pueblo costero de la isla de Juan Fernández, en Chile, en 2010. Entre las imágenes de un noticiero de la época que muestra casas destruidas y restos de lo que fue el lugar, una voz de mujer emerge. “Difamada  y humillada, es mejor que el tsunami se haya llevado todo de ella”, dice. La hija de Blanca Luz no parece hablar desde la resignación, sino desde el alivio. Eso que se llevó la marea, más que la historia de su madre, son los recuerdos,  las pruebas de su existencia. El tsunami dejó desiertos los recuerdos de esa mujer, como la playa de la isla. La pesadilla no es de la hija, sino del documentalista que empezaba su trabajo por esos tiempos.

Pero el mar siempre devuelve algo de lo que se lleva. Una valija volvió, quedó atrapada en los bajos de una casa a la que el agua no destruyó. María Eugenia, la hija, la sobreviviente –del tsunami físico y del familiar- no quiso volver a abrirla. Al fin de cuentas, lo que queda allí son solo fotos ajadas por el agua, que parecen ir diluyendo sus formas con el paso del tiempo.

La ausencia de pruebas alimenta el peso de las versiones. Y las versiones, aún las encontradas, contribuyen a la construcción del mito. Al documental no le interesa desandar el mito: es una empresa que está fuera de su alcance, no solo por lo que implicaría desmontar las versiones con documentación, sino porque el mito se construye también sobre el tiempo y su andamiaje se sostiene, a veces incluso contra las pruebas en contrario. La idea de “versión posible”, entonces, no busca revelaciones, no se lanza a la búsqueda de certezas que sabe que no va a encontrar. Traza un recorrido en el que entrecruza voces y discursos, visiones biográficas y autobiográficas, recuerdos de hija y desprecio de enemigas. Reconstruye el mito desde otro lugar, limitándose a responder las preguntas que puede y a no forzar con interpretaciones aquello que se le escapa. Comprende que un mito como el de Blanca Luz se alimenta de la confluencia de pequeñas situaciones igualmente mitificadas de improbable comprobación. De la huida del convento en una moto, raptada por Parra del Riego, al romance con Natalio Botana; de la fascinación mutua con Juan Domingo Perón a ser peón latinoamericano de la CIA; de ser la impulsora del 17 de octubre a la amenaza de Eva Duarte para que abandone el país: Blanca Luz es la suma de esa construcción que hicieron los demás y que ella misma avaló en sus autobiografías.

“La hija de Blanca Luz es más mentirosa que la madre”, dice una voz de mujer en una entrevista telefónica, sembrando la duda ya no solamente sobre el retrato que la propia Blanca Luz hace sobre sí misma –y que proviene de la voz en off de Mercedes Morán, que lee partes de sus textos y diarios-, sino también de los relatos que la construyen desde afuera. “No tiene ninguna importancia, está perdiendo el tiempo haciendo una película sobre ese personaje”, dice la misma mujer, trasladándole, de nuevo, la inquietud al documentalista. La mentira como parte del mito reaparecerá una y otra vez a lo largo de los 108 minutos de película, con un detalle que puede pensarse no solamente como un hallazgo, sino también como el antecedente más contundente sobre la vida adulta de Blanca Luz. Otra mujer la recuerda de su juventud en Pan de Azúcar, en Uruguay, y la señala como fantasiosa (¿qué otra cosa que una fantasía es una mentira?) en ese episodio en el que decía ver trenes atravesando la Sierra de las Animas, que ningún otro veía. La construcción de esa fantasía la llevó a la farsa hipócrita del regreso a Pan de Azúcar –después de Parra del Riego, de Mariátegui, de Cesar Miró-, compartida con un pueblo enceguecido por su fama; a fabular para David Alfaro Siqueiros una Buenos Aires que lo esperaba rendida a sus pies; a poner en la historia peronista su nombre como creadora de la frase “Braden o Perón” (el mito le hace decir a Eduardo Valdés que Blanca Luz “con esa frase está justificada en la historia: es nuestro barrilete cósmico”); a la idea de la existencia de cartas que habría intercambiado con Perón y que no están en ningún lugar; a seguir mentando su relación con el peronismo cuando estaba en la isla de Juan Fernández. La vida de Blanca Luz Brum es parte realidad y parte fantasía, y en un punto resulta imposible discernir la una de la otra. Tanto, que uno de sus biógrafos llamó a su libro sobre la vida de la Brum, como “Falsas memorias”.

“Lo que te dicen qué fue Blanca Luz son las fotos”, dice el biógrafo. Es una asunción de que las palabras no alcanzan para resolver el enigma en el que tácitamente se admite aquello que la voz en off señala: “Todos manipulamos el pasado”. El biógrafo lo dice por una foto en particular, tomada en los años de Perú. En esa foto, Blanca Luz camina delante, exhibiendo una sonrisa radiante; detrás de ella, una criada lleva en brazos a su hijo Eduardo. La revolucionaria y la burguesa en el mismo cuerpo, en el mismo espacio (no por nada es Horacio Tarcus quien señala que Blanca Luz podía estar de cualquiera de los dos lados del espejo). Pero también la mujer que cambia. En No viajaré escondida, cada inicio de etapa está marcado por una foto de Blanca Luz, inevitablemente diferente a la de cada etapa anterior. Es en las fotos en donde, más que estar ella, están los rastros de esa fantasía con la que fue creando su propio personaje/mito. La Blanca Luz que llega a México con Siqueiros convertida en una mexicana (y que ve en esa tierra un bluff, una traición, una incapacidad para generar alguien como Mariátegui o como ella misma). Y la que años después se ve como la glamorosa esposa de Brunson, recibiendo funcionarios y empresarios norteamericanos. Si las fotos son las que revelan al personaje, lo que hay en esa sucesión temporal es la forma en que se produjo la mutación continua de la persona, sin dejar de ser, en el fondo, la misma.

Para María Eugenia, la isla de Juan Fernández es un “bello lugar para deshacer lo hecho, desandar lo andado y deshablar lo hablado”. O quizás esa tierra vista por la propia Blanca Luz como “una vasta comarca de olvido”, después de la muerte de su hijo Eduardo. Si a partir de ese momento todo empieza a desaparecer, Blanca Luz se hace parte de ese proceso. La isla es su lugar en el mundo, el espacio del que se apropia hasta darle el nombre. La Isla de Robinson Crusoe no es un simple capricho literario. El recorrido de Crusoe es como el de Blanca Luz: una sucesión de aventuras en diferentes países hasta el naufragio que lo deposita en esa isla en la que se cree el único habitante. Como Robinson, Blanca Luz –que escribió allí una novela llamada El último Robinson– ha naufragado por el dolor de las muertes y las pérdidas. Allí su espíritu aventurero, su recorrido por la historia del continente, se detiene. Se desdibuja incluso en el relato del documental que comienza a prescindir de sus autobiografías, como si su propia voz hubiera perdido peso en esa isla en el medio del océano Pacífico. Hasta que el final la recupera, esta vez sí, con el registro de su voz verdadera. Y una fuerza incontenible parece emerger de esa voz que apenas lee un testamento. Apenas, digo. Como si no entendiera que es en ese punto donde se entiende que incluso un testamento puede ser poesía.

No viajaré escondida (Uruguay / Argentina; 2018), de Pablo Zubizarreta. Duración: 108 minutos.

3 Comentarios

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Anastasia Romanovrespuesta
27/09/2018 en 01:26

Hermosa película.
Me detonó muchas reflexiones sobre la pasión, el apego y el desapego, y sobre la verdad en el documental.

PABLO Zrespuesta
27/09/2018 en 13:10

ESTA CRITICA POETICA ES DE LO MEJOR QUE HE LEIDO
GRACIAS JOSE LUIS!

Fernanda leay beecherespuesta
28/09/2018 en 13:01

Comparto la opinión de Pablo
Absolutamente ..

Que precisa ! Que cierta y que poética!!

⭐️

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