nPaOenL3sO9OWJ3Dac0cDWmQI8H¿Un cuento de hadas? No, uno de mercenarios, monjes y demonios, de chicas y chantas. Una gran comedia que avisa para qué ojos está hecha desde el vamos: los de la nena de no más de tres años que mira a su padre payasear para ella en el agua y sonríe incluso cuando el lago esmeralda enrojece. Stephen Chow siempre hizo cine para chicos pero sabe, como sabe el cine por lo menos desde Chaplin y las ferias y los circos desde muchos siglos antes, que los chicos no comen vidrio y que el miedo, incluso la crueldad, es tan eficaz como la diversión, y que para mejor disfrutar de la risa conviene al menos saber el llano.

Al comienzo de Viaje al oeste la cámara baja desde un cielo imposible que no es el cielo porque tampoco hay una cámara sino una computadora simulándolos, y uno teme que todo sea tan soso como una sucesión de efectos gráficos sin volumen ni peso dramático suele serlo asiduamente en estos días de postcine, pero en seguida se da cuenta de que no es así. El gran maestro de la comedia cantonesa que acá conocimos gracias a los estrenos o ediciones en DVD de Shaolin Soccer, Kung Fu Hustle y CJ7 (punta del iceberg, escondido para la mayoría, que bajo la línea de flotación masiva occidental esconde A Chinese Odissey I y II, From Beijing With Love y The King of Comedy) habrá perdido el pelo (no lo sabemos porque esta vez solamente dirige) pero no las mañas ni el amor por la forma y la función de los juguetes, los disfraces, las rutinas cómicas tradicionales e inoxidables, esas que conocemos desde siempre y de las que gozamos justamente por eso. Y sin embargo, hay pocos principios tan sorprendentes como el de esta película.

En un gran set montado sobre el agua, que reproduce una aldea de vaya a saber cuándo y exactamente dónde pero instala la idea de parque de diversiones (ese orden artificial controlado como el de la arquetípica casa de muñecas construida por Jerry Lewis para El terror de las chicas), se suceden peripecias cómicas, acrobáticas y fantásticas unidas por el leitmotiv del peligro infantil explotado hasta el delirio durante los primeros veinte minutos. Todo pareciera destinado a conseguir que un espectador que ya no existe o acaso nunca vio la luz del proyector cinematográfico original -llamémosle “tía del campo”- tenga el corazón en la boca durante veinte minutos maravillosos durante los que uno no hace otra cosa que mirar y tratar de no pensar que tarde o temprano se acabará el juego. No obstante, a lo largo de la película Chow renueva esa sensación una y otra vez, dejando apenas tiempo para tomar aire -si los intercambios verbales lo permitieran- y volver a meterse en otra etapa, otro módulo.

4Cpq4GnRUyUaJaxcN7BgJP9rdyFPorque el relato no deja de ser el del camino del héroe, en este caso a la iluminación, pero sin el lastre de la solemnidad insitucional, sin la pretensión de suponer que el espectador no lo ha visto nunca o lo ha olvidado. La originalidad estructural es lo de menos, la idea de homogenidad narrativa es una obscenidad, y si la parábola es religiosa de principio a fin nadie puede tomársela en serio. Lo que importa es jugar, y el orden -institucional o cronológico del relato- cede ante la intensidad del presente continuo en el que nos sumerge cada hazaña o tarea aventurera y paródica del héroe, números de un gran circo cósmico y cómico. Los demonios en cuestión han sido hombres, no son inexpugnables y el rey mono, en particular, es aquel que mejor representa el espíritu de la película aunque solo aparezca al final. Gran pícaro, lo suyo incluye astucia, engaño, malevolencia, agilidad, fuerza y una dosis de irreverencia admirable, que en manos de Chow tanto pueden convertirlo en una versión animada de Jackie Chan como de King Kong, digitales ambas, pero de un digital que no se enseñorea sobre el relato, las situaciones ni os actores, entre los que vuelve a brillar Shu qi, endemoniadamente hermosa cuanto más marimacho.

Viaje al oeste (Xi you xiang mo pian, China, 2013), de Stephen Chow, c/ Zhang Wen, Qi Shu, Bo Huang, 110’.