Monteiro no se tendría que haber muerto, o no debió haber nacido nunca. El último chapuzón empieza con un pibe más bien feucho y con cara de tristeza sentado en un malecón de Lisboa. Un viejo que trabaja en el puerto se le acerca y le dice que lo ha estado observando durante dos horas y doce minutos, que no es el primero al que ha visto en su vida llegar hasta allí con la intención de suicidarse. El pibe le pregunta si se hubiera arrojado a salvarlo de haberlo visto tirarse y el viejo le dice que no, que lo hubiera acompañado. Entonces el pibe amaga con zambulirse y el viejo lo ataja diciéndole que hay tiempo suficiente para tomarse unas cervezas. Así comienza la primera de las dos noches durante las que transcurre la película: cenan en lo del viejo mientras oyen impertérritos los insultos ininterrumpidos que la esposa postrada profiere desde un off que corresponde al dormitorio, hasta que acaban el guiso y se van de joda. Pasan la primera noche conversando, bebiendo, bailando y recorriendo Lisboa con tres mujeres. La más hermosa de todas es igual a la chica del retrato que el pibe vio en la cocina del viejo. Este le dice que se llama Esperanza, que es su hija, que tiene «el chochito más hermoso del mundo» y que pasará la noche sólo con él, para devolverle la felicidad. Un rato más tarde, mientras la imagen nos muestra a Esperanza y el muchacho jugando como si se tratara de dos chicos que están frente al objetivo de una de esas máquinas que sacan fotos 4×4, hacen el amor en la banda sonora, y la vieja dualidad cariño-deseo convive en la divisón audiovisual. Durante la segunda noche ven a una mujer que ejecuta la danza de los siete velos (dura más o menos diez minutos y es bailada dos veces, la segunda sin música), y a la mañana siguiente el viejo se tira al agua pero el pibe no, tras lo cual y después de algunos desplazamientos temporales, la película termina con la voz de un hombre que recita a Holderlin mientras la pareja camina entre girasoles altísimos y un sol mediterráneo deliciosamente cálido, acogedor.