DE LA RISA AL LLANTO.

Delia Garcés mencionó alguna vez que Olinda Bozán había sido muy importante para el lanzamiento de su carrera cinematográfica.

Paulina Singerman, cuando vio los dotes de su vecina unos años más chica que ella, habló con la mamá para que la mandara a hacer teatro. La vecinita era Amelia Bence.

Niní Marshall, al ver en pleno rodaje a una extra escultural e imponente -Zully Moreno se llamaba- le dijo al director que le dé un par de textos, así embellecía la película. Desde entonces, fue su madrina artística.

Es llamativo el rol de las más grandes capocómicas argentinas en el descubrimiento de las damas (hoy las llamarían “divas”) más trascendentes de la denominada “época dorada”.

Por lo visto, aunque se la suela desestimar o se plantee lo contrario, es la comedia la que está primero; el (melo)drama viene después.

RECHAZOS EXPLOSIVOS.

Ya exitosa por Los martes orquídeas (con el protagónico que rechazó originalmente Delia Garcés), Mirtha Legrand siquiera leyó el guion de El ángel desnudo porque su joven y tierna pacatería le impidió pasar del título. La película lanzó al estrellato a Olga Zubarry y el temido desnudo era una espalda que algunos dicen que era una malla color carne y otros que era piel y no se ponen muy de acuerdo con algo que, de hot, hoy no tiene nada y que, dado el contexto actual, escandalizaría más por la mirada depravada (y las intenciones) de Guillermo Battaglia para con la púber actriz.

La sensualidad en el cine empezó a meterse con más ganas a partir de las curvas sugerentes de Laura Hidalgo, pero cuando Armando Bó le propuso desnudarse a lo lejos para El trueno entre las hojas, dijo que no. Así surgió Isabel Sarli, inaugurando sus tetas y todo un nuevo estilo de hacer cine; o, mejor dicho, de entenderlo, de hacerlo explotar.

Después vendría la picaresca, el destape, etc. Pero en principio, pareciera que el devenir de la sexualidad en nuestro cine es una historia de rechazos, reemplazos y descubrimientos. Y claro, explosiones.

GARCÉS-GARCÉS-GALVÉ.

Elcira Olivera Garcés, tía de Leonardo Favio, es la actriz que hizo de la sufrida madre de Nazareno Cruz. Actriz con un extraordinario parecido (en facciones y en su nombre) a Delia Garcés, protagonista femenina de la precursora Malambo, otra película basada en leyendas rurales de hombres que se convierten en bestias. Me gusta creer que Favio lo hizo intencionalmente, para hermanar ambas obras. A su vez, el nombre de Elcira Olivera Garcés también me recuerda al de Elisa Christian Galvé (a veces Galvéz) -con quien también comparte su fisonomía y nombre de manera asombrosa-, protagonista de Prisioneros de la tierra, papel pensado originalmente para Delia Garcés.

Las tres actrices se llaman parecido y lo son tanto entre ellas que, si uno entrecierra los ojos, podría decir que es una sola y que hizo todos esos personajes y todas esas películas y todo cobraría sentido de repente.

Pero sería un poco irrespetuoso, ¿no?

ISLAS BRAVAS.

Desde que vi Isla brava (1958) de Mario Soffici -quizá el más sofisticado y «autoral» de nuestros directores clásicos- hace unos años, me dio la sensación de que se trataba de una remake no oficial de la terriblemente exitosa Besos brujos (1937) del Negro Ferreyra, película que le abrió las puertas a Libertad Lamarque (y al cine argentino en general) a toda Latinoamérica en la década del 30. A esta «nueva versión», Soffici la concibe atravesada por la posterior tradición del cine social (como su propia Prisioneros de la tierra (1939), Los isleros (1951) de Demare o Las aguas bajan turbias(1952) de Del Carril) y la mezcla con otra, la del melodrama de explotación, del estilo Tinayre con Mirtha Legrand o Armando Bó con Isabel Sarli.

¿Soffici sugiere que con El Negro Ferreyra nacen ambas tradiciones? ¿Que nuestro cine comercial inicia en realidad con Lamarque y su «ópera tanguera»?

El resultado es raro, pero el ejercicio es interesante, y tiene sentido: porque si Soffici rompe (con) el cine clásico en Rosaura a las diez (1958), su película anterior (que algunos consideran una de las mejores del cine nacional), lo que le queda es volver a los orígenes (como lo evidencia la presencia de Floren Delbene, galán en la original, villano en ésta) y – a la vez- mantenerse moderno (como lo cristaliza la presencia de la ingenua-sexy del momento, Elsa Daniel, emblema del primer Nuevo Cine) Y, claro, el color. O Agfacolor, para ser más preciso.

CASAMIENTO EN MÉXICO.

Encontré de casualidad esta foto de Libertad Lamarque siendo la madrina de casamiento de Laura Hidalgo, imagen que es casi un símbolo del comienzo y final de una época cinematográfica.

Libertad Lamarque, como la primera estrella, desde la ópera tanguera al melodrama, primero en Argentina y luego en México, e Hidalgo como la última “dama-de-estudio”, luego dejándole lugar a otro tipo de figuras (y estilos) que traería consigo el cine de autor (desde Graciela Borges a La Coca Sarli, pasando por todo el espectro intermedio.)

Esta foto es la representación gráfica del final de la llamada edad dorada del cine argentino; y sucede en México, como tiene que ser.

EVA PRÓDIGA.

La Pródiga -el protagónico de Evita que Soffici dirigió en el 45, estrenado recién en el 84- no solo es mejor de lo que dicen y ella actúa mejor de lo que se cree, sino que tiene escenas y diálogos que reflejan, de forma ominosa, lo que pronto sucedería en la realidad.

Acá un ejemplo: “Dios se lo pague, señora. Hermana de los tristes, madre de los pobres, el Cielo la bendiga” le dice una mujer del Pueblo, porque la ayuda con su hijo enfermo.

Y uno más:

Tan pequeño y ya te están enseñando a odiar”, le dice ella al hijo de esa misma mujer, porque ahora el Pueblo la desprecia.

CATITA ES UN ÁNGEL EXTERMINADOR.

Hay algo de El ángel exterminador -que es del 62- en Catita es una dama -que es del 56.

En su burla a la oligarquía latinoamericana y su tilinguería aburguesada, una vira al surrealismo y la otra al sainete, pero ambas se tocan en el/lo grotesco, lo farsesco y -sobre todo- lo corrosivo.

Nada que envidiarle Niní Marshall (acá dirigida por Saraceni) al mejor Buñuel.

EL MAMBO DE MALAMBO.

Una película con este diálogo MERECE ser vista -por lo menos- una vez al año:

Yo soy el hijo de Gaspar Taboada y vengo a vengar a mi padre. ¡Y a todos nuestros muertos! ¡A los hombres y a los niños muertos de sed! ¡Y a todos! A los pájaros muertos en sus nidos rotos. ¡Y a los árboles muertos para que se hincharan de plata los hombres del Sur! Vengan… ¡Haremos pedazos la tierra sinfín! ¡Arrancaremos las vías del tren que fue nuestro enemigo! Y cuando esté en llamas, iremos al obraje y yo mismo mataré al patrón y a su hija, Urpila, la Paloma…

Esa película es, claro, Malambo (1942), de Alberto de Zavalía.