Por Luciano Alonso.

Precisamente anoche terminé de leer Maldito planeta azul, un peculiar cómic de Joni B, que narra las aventuras de un grupo de superhéroes ausentes de heroísmo, que lucen y se comportan como cualquier hijo de vecino, pero, en el medio, realizan proezas extraordinarias como quien no quiere la cosa. Hoy voy al cine a ver Vino para robar y aún perdura en mi cabeza la simpatía que me generaron los personajes del cómic. De alguna manera, intuyo un vínculo entre ambas historias. Un vínculo que tiene algo de casual y agarrado de los pelos, pero un vínculo al fin. Me refiero a la idea de realizar proezas extraordinarias, pero manteniendo el temple, el ánimo, la manera de dialogar y el espíritu (algo diletante) de la clase media más o menos escolarizada. Reducida a fórmula, esta premisa podría no funcionar siempre, o revelarse canchera, o patética en la mayoría de los casos. Sin embargo, a veces funciona y genera momentos de una simpatía y comicidad entrañables. Tal es el caso de Vino para robar que, aunque tiene errores serios y graves, es una película que se sostiene y se deja querer.
El argumento tiene cierta complejidad, sin ser enrevesado. Es una película de estafas y de estafadores profesionales. Y renueva y repite la imperecedera fórmula conocida como “el cazador cazado”, con algunas vueltas de tuerca interesantes.
Digamos que trata sobre el robo de una pieza de arte, pero el eje argumental se deplaza rápidamente hacia dos polos simultáneos: la posibilidad de un robo más importante aún, mezclado con una historia de amor. Un trabajo, casi imposible de realizar, que se descubre necesario. Todo esto, mientras acecha el inspector de la policía  y el tiempo, obviamente, siempre juega en contra. 
Más allá del argumento es interesante notar la ausencia total de juicio moral que pese sobre los protagonistas, quienes terminan siendo los héroes cuando no son más que ladrones. La pregunta es por qué nos caen simpáticos los ladrones educados y la respuesta, probablemente, esté relacionada con el hecho de que la mayoría de los ladrones que conocemos son también personas desagradables, brutas e incultas, pero esa sería una conjetura discutible y difícil de confirmar, que excede este espacio.


Por lo demás, la narración se desarrolla entre situaciones y escenas de una comicidad discreta que prepara el terreno para la inclusión de dos o tres chistes genuinamente buenísimos (“comer fideos sin vino es de putos”, clap, clap, clap). Sobre las actuaciones hay mucho que discutir. Daniel Hendler parece incapaz de demostrar emociones y este defecto, en esta película, le juega a favor. De alguna manera, est parquedad define mejor a su personaje. Valeria Bertuccelli realiza más o menos siempre las mismas carantoñas y admito que puede irritar esta repetición entre quienes ya la han visto demasiadas veces. Pero a mí, lo que se dice a mí, me sigue pareciendo una actriz totalmente bonita y le perdono que todos sus personajes se parezcan. Le perdono todo. Juan Leyrado, siempre muy profesional. Martín Piroyanski es un genio total, y le soy y le seré fiel. Finalmente, y aunque su personaje resultará ser determinante y decisivo, el protagonismo de Pablo Rago es menor (para bien o para mal).
La banda de sonido es tristemente defectuosa. Ya sé que nunca se puede conformar a todo el mundo, pero más allá de la elección de las canciones (que subrayan innecesariamente todo el tiempo todo lo que va pasando), hay algo que trasciende el orden estético, que tiene que ver con lo técnico, y me parece que la industria nacional es lo suficientemente sólida como para no incurrir en estos errores. Me refiero a la diferencia de volumen que se percibe entre el audio de los diálogos y las secuencias con música.

En más de un momento, sobran las sobreexplicaciones, y el guiño cómplice de que el personaje que interpreta Valeria Bertuccelli en un momento lleve puesta una remera de Hitchcock me parece un error casi imperdonable. Detalles así son los que resultan cancheros, además de innecesarios. Son los momentos en los que la empatía con el espectador luce forzada.
De cualquier manera, son detalles que pasan casi desapercibidos y no arruinan a la película en conjunto.
Más de uno percibirá que Vino para robar tiene cierta deuda con el serial de televisión conocido como Los simuladores. Ni que decir tengo que no está a su altura.
Para finalizar, el verosímil de la película es insostenible. No hay manera de que los detalles de cómo llevan a cabo ciertas operaciones tengan sentido. No obstante, esto no debe interpretarse como un defecto, sino todo lo contrario. Es una película que no pretende ser realista, sino que propone un universo ficcional donde las reglas son otras y esto, tan simple y evidente, es cada vez más difícil de ver representado con cierta gracia.
Enhorabuena.
Vino para robar (Argentina, 2013), de Ariel Winograd, c/ Valeria Bertuccelli, Daniel Hendler, Martín Piroyansky, Juan Leyrado, 103′.