El cine es movimiento. A partir de allí puede pensarse que no hay nada menos cinematográfico que la entrevista filmada: la cámara fija, un bajo registro sonoro del entorno, una persona que mira a cámara y cuenta una historia o responde preguntas. Entonces, ¿por qué resultan fascinantes ejercicios como la serie First person (Errol Morris, 2001) o los documentales de Helena Trestikova?. Porque en ellos hay una persona que tiene una historia por contar que revela un costado inesperado del mundo, algo inusual que posee una potencialidad narrativa –y por tanto, cinematográfica- que se esperaría de trabajos de mayor complejidad.

En verdad, hay complejidad en esos documentales, pero reside en cómo se capta al personaje, los indicios gestuales, elementos que pueden parecer ajenos al relato en sí mismo, pero que le dan espesor a lo que vemos y oímos. Es entrar en el relato de una historia, pero también en el personaje que la cuenta. Lograr, al fin, que narrador e historia se potencien entre sí en la entrevista.

Lea y Mira dejan su huella se basa en entrevistas a dos sobrevivientes de la Shoah, quienes después de la guerra vinieron a vivir a la Argentina. En ese punto es posible preguntarse qué tienen de nuevo para contar sobre el hecho. Y es que el Holocausto es un hecho colectivo, que a la vez admite la polifonía. No está construido sobre la univocidad, no hay relato único que lo resuma. Porque los campos de exterminio, el ghetto, las deportaciones, son actos que involucran un colectivo pero, por sobre todo, son experiencias individuales. Un hecho colectivo atravesado por individuos cuyas reacciones y actos, cuya experiencia particular se diferencia de la de los otros. Por eso, Lea y Mira cuentan su historia, sobre la base de un suceso histórico cuya generalidad se conoce, pero no lo hacen como repetición, sino como la experiencia individual que se apoya en ese fondo histórico.

Ni siquiera el relato de estas dos mujeres es similar. Una suma de detalles que pueden parecer ínfimos, dimensionan ese relato colectivo desde una perspectiva más amplia. Porque no es lo mismo la forma y el momento en que fueron llevadas a Auschwitz. Ni tampoco la forma en que una y otra se salvaron, casi cinematográficamente, del destino inminente de la cámara de gas. No es tampoco la misma la forma en que volvieron a sus pueblos después de la liberación. Una médica rusa, una prisionera austríaca, muestran formas de solidaridad diferentes. Un guardia nazi no es lo mismo que los soldados que las llevaban en la “Marcha de la Muerte” de regreso a Polonia. Y tampoco esos soldados son lo mismo que los del Ejército Rojo que liberaron los campos y a quienes recibieron con lo único que tenían para dar: terrones de azúcar.

Lo que hacen estos relatos del horror, apenas matizados por un montaje muy sobrio de imágenes de los campos y de las ruinas que dejó la guerra, no es solo actualizar la dimensión de la masacre. Si el relato individual restituye el testimonio de primera mano, la experiencia puntual que resulta más reveladora y complejizante que el relato colectivo, también establece en su concepto una actualización de lo ocurrido en tanto conceptos que escapan de lo habitual.

El relato de las dos mujeres pone en cuestión el concepto de normalidad. La guerra es, ya en sí misma, una alteración de lo normal, pero dentro de ella y de sus reglas –que establecen una normalidad temporal-, la deportación refiere una anormalidad extra. No es un hecho de guerra: es una desviación de lo que un enfrentamiento bélico presupone. No hay igualdad entre las partes, porque lo que hay son víctimas y victimarios. El recuerdo de ambas establece la forma en que la normalidad se trastoca: de la adolescencia feliz a la permanencia y supervivencia en un campo de concentración primero; y después en el regreso a casa, con la extrañeza explícita de observar que la gente ha seguido casándose y teniendo hijos mientras el horror se desarrollaba.

Más interesante aún es que las entrevistas ponen en cuestión la noción de relato. La narración es inevitablemente fragmentaria y avanza a grandes rasgos, omitiendo ciertos grados de detalles. Y es que, como insisten ambas, hay cuestiones que no pueden contarse en palabras. Lo vivido por Lea y por Mira no puede transferirse en su totalidad: no hay manera de explicar lo que significaba el viaje en el tren de las deportaciones, el campo de concentración en toda su dimensión, la pérdida de todo lazo con el exterior, la muerte siempre rondando, el humo saliendo de los incineradores, la cámara de gas. Las dos, sin embargo, insisten fuertemente con el hambre, dando cuenta de la limitación que la palabra tiene para explicar con exactitud la medida de lo que pasaron.

Lo que aflora, de ello, es la idea de aquello que no se puede borrar. Lo notable es que no se liga lo imborrable a los recuerdos específicos. A ellos, el tiempo los ha ido suavizando en la medida de lo posible. Lo liga a una serie de detalles que se dispersan a lo largo de los 52 minutos de película. El número de prisionero estampado en el brazo izquierdo es el más evidente. Pero hay que escuchar a Mira diciendo que no podía tolerar la carne asada al llegar a la Argentina, porque el olor le recordaba a los cuerpos quemados en los campos; y hay que ver a Lea contando que su hijo fue secuestrado por la dictadura argentina en 1977, y que al ser liberado y volver a su casa, le pidió un poco de pan, de la misma manera que ella pedía en Auschwitz; solo así se entiende que los hechos son imborrables porque no son solo recuerdos, sino una activación cíclica dentro de la vida cotidiana.

Paradójicamente, teniendo en cuenta esa imposibilidad de nombrar lo innombrable, de narrar lo que no se puede comprender en su totalidad, Lea y Mira viven para contar. La supervivencia les dio la misión de su vida: contar una y otra vez sus historias, manteniendo en blanco esos espacios que ninguna palabra puede ocupar. Ubicada en la línea de El árbol de la muralla (Tomás Lipgot, 2013) y El triángulo rosa y la cura nazi para la homosexualidad (Esteban Jasper y Nacho Steinberg, 2014), la película de Martínez Kaplun reposa sobre la misma idea: dar voz a los sobrevivientes para que cuenten su historia y sigan cumpliendo con su rol de relatoras del horror que atravesaron. Para que se comprenda. Y para que no se repita.

Lea y Mira dejan su huella (Argentina, 2016), de Poli Martínez Kaplun, 52′.