afiche-Voley1Atención: Se revelan detalles de la resolución del argumento.

Todas tus anécdotas y las mías son igual de vacías y pretenciosas.

No somos más que monos con deseos de tocarnos los genitales.

Aseguramos que somos sensibles, mientras chillamos y gritamos.

Hablamos de arte, de cine, de literatura, pero no entendemos nada.

Existe vida más allá de Facebook, fragmento.

Un atajo hacia el precipicio, Página 31.

Casi una obra maestra. La civilización, esa maquinaria que arrasa todo a su paso, cuenta como su mayor éxito el haber enseñado a reprimir los impulsos naturales de la especie, que insiste patéticamente en su intención de reproducirse de manera incesante y fastidiosa. Entonces, ¿qué otra cosa podemos hacer cuando nuestros impulsos biológicos reaparecen? ¿Qué otra cosa más que reírnos de nosotros mismos? Vayamos al cine y seamos cultos. Por favor, comportémonos como se debe.

El argumento de Voley es simple: Nico (Martin Piroyansky) dispone de la casa de sus abuelos en Tigre, donde planea pasar fin de año junto a unos amigos: Pilar (Inés Efrón), Cata (Vera Spinetta), Manu (Violeta Urtizberea) y Nacho (Chino Darín). Estos últimos son novios, la única pareja del grupo, aunque en un pasado reciente Nico haya tenido un affaire con Pilar. A última hora se suma Belén (Justina Bustos), de manera imprevista. Belén es hermosa. Belén altera el curso de los acontecimientos. Toda la película será una ampliación de los vínculos dentro del grupo a partir de la inclusión inesperada de Belén.

Pilar es una chica sensible, extrovertida, perceptiva, que cree en lo mágico y en lo maravilloso. Cata es introvertida, lectora, novelista, inteligente, algo misteriosa, algo imprevisible. Manu es práctica, realista, funcional, fuerte, algo autoritaria, pero cariñosa. Belén, además de ser hermosa, se revela como un personaje complejo a medida que transcurre la película, aunque al principio sólo es hermosa y nada más. Incluso puede parecernos algo frívola, pero luego se descubrirá que no. Nacho es el macho alfa, aunque ahora está sujeto y dominado por la lógica de la relación de pareja. Contenido, domesticado. Un león enjaulado, en cautiverio. Nico es un anti-héroe, un perdedor enamoradizo y frágil, un cazador al acecho. Y estas metáforas no son gratuitas, sino que operan en su dimensión simbólica con toda su fuerza, replanteando los límites de las emociones, en la lucha despiadada por el afecto en una era como la que vivimos, en la que el afecto se ha sometido a la lógica del capitalismo.

Voley-1-1

Sin proponerlo especialmente, resulta que las vacaciones y la casa aislada (como un momento de suspensión de la vida cotidiana, como un momento de suspensión de la civilización) se transforman en un tubo de ensayo ideal para la experimentación. Lo que importa es lo que sucede allí, una vez que los personajes están hábilmente colocados en el escenario.

¿Y qué es lo que sucede? La molesta, patética e inevitable irrupción de los impulsos biológicos. Hay que decir que este grupo se compone de toda gente bien, jóvenes educados, cultos, sensibles, de clase media alta. Cualquiera pensaría que ellos pueden dominar la situación y de hecho, más o menos, lo hacen, pero también pasa que son todos lindos, hasta la exasperación. Todo parece volverse polvo en un abrir y cerrar de ojos, al ceder a la tentación. Intentamos disimular que queremos lo que queremos, pero el deseo subyace: ejerce una presión silenciosa y continua. Entonces inventamos extraños ritos para disuadirnos, que funcionan como vía de escape para nuestros impulsos, porque somos demasiado cobardes para mirar a la realidad a los ojos.

En Voley, Martin Piroyansky consigue delinear a los personajes con precisión, en apenas un par de minutos. Los personajes se vuelven arquetipos perfectos. Todos nosotros, más o menos civilizados, que vamos al cine y tenemos amigos y amigas, y novios y novias, todos nosotros que podemos vernos reflejados, en mayor o menor medida, en los personajes de Voley. La película funciona como un espejo de circo, que nos refleja, pero también nos deforma. Podemos reír, reírnos de nosotros mismos. No vaya a ser cosa que nos demos cuenta de lo patéticos que somos.

prod_top_phpx01dwI

Voley es casi una obra maestra. Perfecta en su ambición y en su planteo, con grandísimos momentos hilarantes, diálogos ingeniosos y precisión de recursos técnicos. Pero falla en algunos puntos, de una manera tan evidente que casi resulta burda. La última escena no aporta nada y termina sobreexplicando todo y subvalorando la inteligencia del espectador. Está clarísimo que la película tenía que terminar luego del fundido a negro que le sigue al puñetazo. Si justo después aparecían los títulos de crédito, me ponía de pie y aplaudía. Pero no, después apareció la típica escena que intenta “quitarnos el trago amargo” y darnos una moraleja o dejarnos entrever un rayito de esperanza (literalmente) y toda la película, que maneja un discurso tan cínico, finalmente se vuelve contra sí misma, demostrando la farsa.

Voley podría haber sido verdaderamente polémica y subversiva, pero resulta inofensiva. Podría haber llevado el planteo de la provocación al límite, pero eso no sucede. Hizo lo que tenía que hacer. Molestar un poquito, solo un poco, lo suficiente para polemizar, pero no más. Apenas sacudirnos un par de ideas, para sazonar discusiones de sobremesa.

Hay algunos aciertos: Voley no intenta imitar a la realidad. Crea una realidad propia, que se parece. Crea una realidad artificial, donde todo opera según convenciones y reglas cinematográficas y es en esa realidad artificial donde podemos detectar y rastrear la vida cotidiana. Voley es una película chica, pero efectiva. Divierte y plantea algunas ideas interesantes. Piroyansky le habla a su generación, con precisión y estilo.

Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva sobre la película anterior del director.

Voley (Argentina, 2015), de Martín Piroyansky, c/Chino Darín, Violeta Urtizberea. Martín Piroyansky, Inés Efrón, Vera Spinetta, 95′.