Por Luciano Alonso.


“Los bellos recuerdos, un bálsamo para el corazón
…a falta de felicidad.”
Benjamin Biolay
Bella como una canción e irreal como una promesa de amor. Así es Voyage, voyage. Una película que consigna una Argentina de publicidad turística, pero también su reverso: los contratiempos, las fallas, la letra chica. Aunque nada es tan grave, vamos, que aún podemos sonreír. Voyage, voyage pone en circulación una serie de lugares comunes e ideas que resultan más o menos efectivas y comprobables: el vino de Argentina es el mejor vino del mundo, las morochas Argentinas son las mujeres más lindas del mundo, la familia es lo más importante del mundo y, obviamente, no hay nada más bello y poderoso que la juventud, la poesía y el amor. Aunque la juventud, la poesía y el amor se hayan perdido. Vamos, que no han muerto, sólo se han traspapelado. Y el motor de esta película es la promesa de que aún podemos ser bellos, jóvenes y poetas, aunque ya no lo seamos, aunque nunca lo hayamos sido. Todavía podemos creer en todas esas fórmulas que son y que no son ciertas. Sólo hace falta un poco de buena voluntad, ay.

Antoine y Marcus son hermanos y arriban a Buenos Aires desde Francia, con un dominio del Español que roza la nulidad. Han venido especialmente para celebrar la boda del primo Xavier, que vive en Mendoza. En Buenos Aires están de paso. Antoine ha perdido las valijas y ha tomado demasiados somníferos en el avión, pues acaba de separarse de su mujer y se siente deprimido. Apenas puede mantenerse en pie. Todo lo que tiene es el esmoquin que pensaba usar en la boda y lleva puesto ahora mismo. Su aspecto estrafalario llama la atención de las autoridades, pero su hermano Antoine lo protege. Más tarde insiste en animarlo y juntos atraviesan la noche porteña, buscando infructuosamente un consuelo que no llega. Se hospedan en un hotel medio pelo y acabarán haciéndose amigos de Gonzalo, el conserje, que se convertirá en su compañero de ruta, una vez que alquilen un coche y emprendan el camino hasta Mendoza.

A partir de aquí, la historia es equiparable con cualquier otra historia de carretera. Un auto alquilado, dos hermanos y un conserje dandi conforman este peculiar grupo que se dirige sin prisa hacia la casa del primo Xavier, para celebrar su boda. En el medio, recorren diferentes bodegas, prueban vinos, se distraen, intentan divertirse.

Deciden pasar la noche en una posada sugerida en cierta guía turística. Gonzalo no quiere pasar la noche precisamente allí, aunque se ahorra las explicaciones. Antoine y Marcus no le hacen caso. Luego descubriremos que la razón por la que Gonzalo no quería pasar la noche allí es porque lo une un vínculo sentimental con la dueña de la casona. En realidad, ella es su ex mujer. Al principio, se integran bastante bien, pero una pequeña disputa entre Emilio (el marido de su ex mujer) y Gonzalo, hace que estalle el conflicto. Gabriela, la hija de Emilio, interviene en favor de los franceses, por quien ha desarrollado una inmediata simpatía, acaso porque -como ella misma le confiesa a Marcus- su intención no era dedicarse al negocio familiar, sino estudiar Letras. Gabriela siente predilección por los poetas franceses, incluso recita de memoria unos versos de Baudelaire.

En medio de la confusión de la disputa, Emilio le dispara a Antoine. Gonzalo y Marcus se ven obligados a ir de urgencia al hospital, Gabriela decide acompañarlos y guiarlos. La herida no es grave. Llegados a este punto, Gabriela se da cuenta que prefiere continuar con ellos, en su viaje hacia la boda. La belleza de Gabriela es absoluta y queda claro que los tres hombres se sienten atraídos por ella, aunque pesa sobre Gonzalo el tabú del incesto. Por lo tanto, la disputa -en una dimensión concreta y abstracta- se libra entre los hermanos Antoine y Marcus. Antoine, que no quería saber nada con las mujeres, cambia de opinión ante la deslumbrante, poderosa y magnética sonrisa de Gabriela (y no es para menos, ay). Por su parte, Marcus quizás esté demasiado viejo ya para Gabriela. Aunque nunca revelan sus edades, se sobreentiende que Marcus podría ser su padre. Luego, descubriremos que la fragilidad emocional que hasta ahora era patrimonio de Antoine, cambiará de manos. Marcus, el hermano mayor, el sostén de Antoine, quizás es menos fuerte y estable de lo que se anima a admitir. Al triángulo que se establece entre los hermanos y Gabriela, sucederán algunas vueltas de timón, que no tiene sentido explicitar. La cuestión es que, luego de varias idas y vueltas, al fin llegan a destino y la boda tiene lugar.

Xavier, en la más absoluta intimidad, le revela a sus primos que no quiere casarse, pero que lo hará pese a todo. No quiere casarse porque sabe que el amor siempre termina mal, pero quizás no importa el desenlace de la historia, sino el transcurso. Acaso lo más importante es pasarla bien mientras tanto. Y brindan porque así sea.


Y nosotros, los espectadores, deberíamos hacer lo mismo.


Voyage, voyage (Mariage à Mendoza, Francia /Argentina / Bélgica, 2012), de Edouard Deluc, c/ Nicolas Duvauchelle, Philippe Rebbot, Paloma Contreras, Benjamin Biolay, 91′.