Por Paola Menéndez


Una cicatriz es lo que ocurre cuando el mundo se hace carne.
Leonard Cohen

The Wolverine, o Wolverine inmortal como se la tradujo en estos lares, resulta una película ante todo burocrática: durante todo su desarrollo, sólo es menester proseguir un protocolo argumental caracterizado a partir de unos pasos básicos más o menos formulísticos, digeribles y reconocibles por el espectador. La película nos remota a 1945 y la detonación de Fat man sobre Nagasaki. Wolverine (Hugh Jackman) está prisionero en un campo japonés y es testigo del bombardeo atómico. Ahora bien, si tomamos la saga X-Men (2000, 2003, 2006) recordaremos los nutridos flashes del pequeño Magneto en Auschwitz, testigo de un tipo de horror de una matriz simbólica similar, acentuado por la pérdida de sus seres queridos. Sin embargo, lo que en un producto configura un real espacio identitario del gran líder leninista de los mutantes rebeldes, desde una construcción sutil de la vivencia traumática, en el otro la narración del incidente trágico se inviste de anécdota, ya que opera como una mera escaramuza básica para mostrar la re contra archi híper conocida invulnerabilidad de Wolverine.
Se nos viene entonces una idea obvia: ¿había necesidad de recurrir a una bomba nuclear para esto? Si la respuesta es afirmativa, porque había que reafirmar esa potencia de las entregas anteriores, entonces se impone responder argumentalmente por esta elección. Wolverine sobrevive a una guerra nuclear y, lejos de impresionarnos, el personaje va perdiendo nuestra empatía, a veces resucitada con algún que otro chiste ácido. No existe una problematización del empobrecimiento de la experiencia ni de su transmisión. Si los soldados de Verdún volvían mudos, como decía Walter Benjamin, es porque el horror de la guerra producía silencio en la imposibilidad de compartir el dolor. La magnitud ética de recurrir a la bomba atómica como recurso es inversamente proporcional al lugar que este incidente ocupa en la vida del protagonista.
Podríamos sentir la tentación de esgrimir ciertas ideas que lo eximen de sufrir un pathos, como la extensa duración de su vida que le ha permitido participar de acontecimientos humanos de igual calibre. Sin embargo, en la mera enunciación del interrogante ya hallamos una respuesta: Wolverine participa de su realidad y de su tiempo. Es, ante todo, un actor político, y la saga de los X Men es una lectura de diferentes propuestas de acción política. Ciertamente, no representa una criatura trans temporal que mira impasible el decurso de la humanidad sin intervención, como The Watcher, ni tampoco se mantiene en el placer de un dandy flâneur como Drácula. De hecho, hasta en Wolverine -Orígenes-la intervención de Logan junto a Leónidas tenía una razón, ya que estaban fundada en la necesidad de ratificar una superioridad mutante a través del fogueo en la animalización de su carácter (aunque esta película no tenga en cuenta ese trasfondo).
Otra fuerte argumentación posible, que avala esta pasividad, podría rastrearse en los problemas de memoria que Wolverine manifiesta en muchos universos. Cabe recordar cuando encuentra al coronel Strykers, aquel que le forjó las garras de adamantiun en X Men 2, y éste le recuerda su identidad, o cuando en Wolverine: Orígenes el mismo villano le dispara adrede una bala de adamantina al cerebro para que pierda la memoria, elementos que aquí son retomados con mucha desprolijidad. La resolución se da en esta entrega mediante lo que podríamos llamar una vía pseudo romántica, ya que el melodrama le queda grande, y es rotunda, lo que demuestra que el fantasma de Jean Grey -esquizofrénico producto de Xavier, el Nietzche fanboy– es más poderoso que todas las neurosis de guerra juntas.  


En El escritor argentino y la tradición Jorge Luis Borges señalaba que la ausencia de camellos bastaría para probar la ‘arabidad’ del Corán. Recurrir a este ejemplo, como ha reparado Beatriz Sarlo en su célebre Borges, un escritor de orillas, le sirve al escritor para postular un uso discreto del color local al tiempo que constituye una crítica sobre sus primeras obras en la que los protagonistas eran los compadritos, el malevaje, etc. Pues bien, en nuestra película la sede de la acción es Japón y desde los flyers de Logan con la katana ya podemos anticipar todo la imaginería con la que la industria estadounidense va a construir ese Japón: sobreabundancia de mercancías, híper tecnificación, ninjas, samurais, yakuza, dojos, sí, todo eso yuxtapuesto de una manera casi grosera, al punto de no hacernos creer que esa acumulación caótica pueda imbricar lo que vulgarmente denominaríamos «espacio», mucho menos «lugar» y menos que menos «territorio». El no-lugar de la película es básicamente un simulacro, en el sentido de que aquel montaje de los paisajes donde caminan los personajes sólo devienen hacia un mundo que no tiene historia, que es sólo imagen. Justamente la imagen, lo que Guy Debord analiza como la forma final de la reificación mercantil, tiene que ver con un procedimiento de diseminación de la falsificación que fracasa por inverosímil, y cuyo clímax debe verificarse en el gigante samurai que se desgaja como si fuera una mandarina. ¿Acción? Mucha. ¿Situaciones verosímiles? Pocas…
Finalmente, el problema del cuerpo. Es obvio que Hugh Jackman no tiene problemas en su cuerpo y nos lo hace saber permanentemente mostrando su torso -tampoco es que nos quejemos de eso, ojo- pero ¿cuál es la relación que se establece en este caso entre el cuerpo y narración? O mejor dicho ¿cómo aparece inscripta la historia en el cuerpo? Wolverine ha padecido en su propio cuerpo la experimentación causada por la híper tecnificación. Su cuerpo constituye, al igual que  en el imaginario nazi, la hazaña científica por excelencia: mejorar las condiciones mutantes y optimizarlas hasta volverlo un arma indestructible para el ejército norteamericano.
Logan no posee cicatrices porque las marcas en el cuerpo son, ante todo, huellas de la experiencia  a flor de piel, cuyo reflejo se evidencia en una mente vacía de recuerdos.
Denuncia última de la enajenación del sujeto. Quizás Wolverine no esté volviendo del campo de batalla, quizás haya nacido en él.
Wolverine Inmortal (The Wolverine, EUA, 2013), de James Mangold, c/Hugh Jackman, Hiroyuki Sanada, Tao Okamoto, Rila Fukushima, Famke Janssen, Will Yun Lee, Svetlana Khodchenkova y Haruhiko Yamanouchi, 126’