Hace apenas unos días se murió Stéphane Audran. No soy bueno para los obituarios porque mi memoria es desordenada y caótica, no retiene fechas ni películas, ni nombres de actores y directores, mi mente vaga constantemente en ese desorden y el cine no es en mi vida una excepción. Ni de cerca soy un especialista en Stéphane Audran, más allá de saber que nació en Francia en 1932 y de que fue la mujer de Jean Louis Trintignant y de Claude Chabrol (mi admirado Chabrol, cuya obra no es valorada como la de sus colegas y compañeros de ruta por la crítica especializada).

Además de haber sido la mujer de Chabrol, Audran fue la actriz fetiche del director de La ceremonia en un momento central de su obra y se convirtió en una figura trascendente en el nacimiento de la Novelle Vague . Chabrol, cultor de la tradición del suspenso y radiógrafo de la pequeña burguesía francesa -que creó, al igual que su admirado Simenon, una frondosa comedia humana-, mostró desde muy temprano en su cine la impiedad del género humano, quizás retornando al legado de Fritz Lang (maestro de la gelidez cinematográfica).

Chabrol y Audran modelaron juntos un obra indestructible que sobrevive al paso del tiempo, como los buenos vinos. Audran se convirtió en la la intérprete perfecta para tocar la melodía chabroliana. Esos ojos misteriosos de una claridad embriagadora que nacieron para ser filmados, y antes del cine (porque la vida siempre precede al arte) nacieron para ser mirados, se encontraron con el talento innato de Chabrol para sumergirnos en un mundo hermético (el de la pequeña burguesía francesa) que a su vez engloba muchos mundos ( los mundos que el capitalismo en sus diferentes geografías). Audran encarnaba, en algunas de sus mujeres, aquellos representantes de la lógica impiadosa y cínica de ese sistema que exponía Chabrol, ofreciendo una filosa e irónica representación de esa clase decadente que el director seguía con pericia de etnógrafo.

Ese tándem desequilibrante de aquella época del cine francés filmó una serie de obras maestras, muchas de ellas hoy más desconocidas que apreciadas por el mundo cinéfilo. Las películas realizadas por el binomio Chabrol- Audran ofrecen una pintura fidedigna del alma humana y radiografía muy precisa de la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XX. Sus thrillers clásicos (a la Hitchcock) y a la vez profundamente innovadores, demoledores y corrosivos, pusieron en escena una sexualidad reprimida en tensión constante, que le explota en la cara al espectador y lo sacude de su buena conciencia. Obras maestras como El carnicero, Les biches, la muy subestimada y poco revisitada Landru, La mujer infiel, Los primos, Estas buenas mujeres, Niña de día, mujer de noche, por mencionar solo mis películas preferidas.

Pero la trascendencia de la obra de Audran no se reduce a su trabajo en colaboración con el enorme Chabrol. Audran también fue actriz de Rohmer en la fundacional El signo de Leo, de Bertrand Tavernier en Más allá de la justicia (otro peliculón olvidado y despiadado, y de alma chabroliana) , de Samuel Fuller en la extraordinaria epopeya bélica The Red One , por Luis Buñuel en El discreto encanto de la burguesía y en la oscarizada La fiesta de Babette, de Gabriel Axel. Además, trabajó  en dos de las tres partes de la exitosísima comedia La jaula de las locas con Ugo Tognazzi y Michel Serrault.

Más allá de esta precaria e incompleta biografía, reducida a los caprichos de mi recuerdo, con Stéphane Audran (como con la muerte de Jeanne Moureau el año pasado) muere lo que queda de la época de oro del cine francés -y del cine universal-, que nace con el surgimiento de la nouvelle vague a fines de la década del 50 y que tiene su explosión radical a lo largo de toda la década del 60 del siglo pasado. En Audran como actriz hay un registro poderosísimo de la tensión sexual y del componente de enigma que dicha sexualidad conlleva como no hubo desde entonces.

Sumergido por los designios de mi madre en el universo de la cinefilia francesa, y a contramano de lo que un niño de la década del 80 hubiera consumido, yo me crié viendo el cine de actrices como Audran y Moureau, de actores como Delon, Belmondo y Lino Ventura. Antes de comprender y pensar en los directores, en mi infancia pensaba en las películas por actores y actrices que componían los elencos de los films que veía, y en ese torbellino que representa el crecer entré en la adolescencia con el rostro frágil y a la vez poderoso de Audran, con esos ojos acuosos que después buscaría en la vida real (porque a veces el arte esta antes de la vida). Si me apuran un poco nomas creería que toda mi vida estuve buscando esos ojos húmedos, medio orientales (y hasta creo haberlos encontrado). La Audran es el primer registro, violento y sensual, de la excitación que puede generar una mujer , mucho antes (y más poderoso en mi recuerdo) que la literatura de Henry Miller, de Bukowski o el Marqués de Sade.

Stéphane Audran permanece en mi memoria, su rostro frío y su mirada penetrante, la sacudida que generó hace 30 años en mi cuerpo virgen. El enigma de esos ojos que nacieron para ser mirados, la certeza que me genera la evocación de sentir algo por primera vez, lo genuino del temblor.