Una voz viene del pasado. Ese pasado es 1990, y el lugar es impreciso aunque algún que otro detalle –el pedido de una nueva botella de whisky para regar la charla- permite suponer que viene de la casa de quien habla. El que habla es Sandro, que por ese entonces está en ese lugar de la popularidad en el que hay que aprovechar para escribir su historia, hacerla libro, construir el mito desde las palabras. Al comienzo, solo al comienzo, se escucha una voz que es apenas como el encabezamiento de la grabación: un recordatorio de que alguien más estuvo allí, que hay otra persona que pregunta para que el otro responda, aunque de allí en más escuchemos una sola voz.

Yo Sandro ya desde el título se plantea como una autobiografía. Y toda autobiografía es un juego de engaños. El primero, el de la ausencia explícita del interlocutor que hace de esa catarata de recuerdos un libro. El segundo, la idea del ídolo hablándole a su público, contándole en voz baja sus propios secretos encapsulados en 200 o 300 páginas. Lo que esconden ambos engaños es que la autobiografía es una suerte de monólogo, o en el mejor de los casos un diálogo que establece el personaje con sí mismo, o con sus otros yo.

En la serie que emitió este año Telefé –Sandro de América-, el centro del relato estaba constituido por las relaciones que Roberto Sánchez iba construyendo a lo largo de su vida: su padre, su madre, su representante, sus sucesivas mujeres, sus fans. En algunos momentos esporádicos, pero especialmente en el tramo final, la serie se volvía un diálogo entre el Sandro viejo y enfermo y el de la juventud impetuosa o el de la madurez conflictiva. El documental de Miguel Mato retoma ese punto y lo hace el eje de todo su relato: Sandro se cuenta, y cuenta a Roberto Sánchez, hablándose a sí mismo.

Como si fuera una respuesta a la mirada del otro, la voz de Sandro organiza el recorrido. Unos breves momentos de ficción –que recrean el nacimiento y la historia del nombre que sus padres habían elegido, que no le pudieron poner y que sería su mayor identificación artística- funcionan apenas como una introducción en la que se apoya el recorrido posterior. Los dos caminos por los cuales el documental se asienta provienen de una banda sonora que alterna momentos de esa entrevista para la biografía que había permanecido oculta, con algunos de los grandes éxitos de la carrera de Sandro. Y que desde lo visual se apoya no solamente en las imágenes de las películas que cimentaron su fama –las que van desde Quiero llenarme de ti de 1969 a Subí que te llevo de 1980-: allí hay un notable archivo gráfico que va sumando fotos, recortes periodísticos y algunas filmaciones de shows de fines de los 60 y comienzos de los 70 que sirven para comprender la dimensión del artista como un fenómeno popular. Quizás el gran hallazgo del documental sea intercalar, en esas dos dimensiones, dos registros impensados. Por un lado, las grabaciones de mensajes enviados por las fans de todo el continente, que se superponen como un coro de voces interpretando un canon con ligeras variaciones. Por el otro, la recuperación de filmaciones en super 8 que el propio Sandro y su círculo cercano fueron haciendo de las giras latinoamericanas.

Ahora bien, ¿eso implica estar accediendo a un Sandro diferente, más cercano e íntimo?. La articulación entre la banda sonora y la imagen, entre la voz de Sandro y las filmaciones caseras, solamente construyen una dimensión del relato vista desde otro lugar. El que habla y el que está en las imágenes es Sandro y no ese Roberto Sánchez que el personaje cuidó de no exponer. El solo hecho de escuchar su voz, de verlo pasear en Disneylandia, o tirarse a la pileta de un hotel en Puerto Rico no implica un acceso irrestricto: sabemos que una autobiografía es la historia de lo que el personaje quiere contar, de lo que quiere que los demás sepan. Y si además, esa historia es “autorizada” –en este caso por la viuda-, queda en claro que la selección del material que se puede ver y escuchar, sostendrá el mito y el misterio, aún cuando haya alguien organizándolos.

Son esos mismos materiales en los que se basa el documental los que establecen sus límites. Partir de una entrevista de 1990 puede ser interesante por la cercanía relativa de los hechos relatados y porque el artista aún se encuentra en su apogeo. Pero quedarse con esa sola voz –como si se quisiera resaltar antes que nada esa grabación desconocida- limita el recorrido, lo establece en el ascenso y auge de lo que podría denominarse “Sandromanía”: esa explosión continental que lo puso al tope de las preferencias populares hasta llevarlo al Madison Square Garden (posiblemente sea esa decisión la que hace que el insert de las entrevistas al Puma Rodríguez y a Lucecita Benitez, se perciban como rupturas del pacto establecido con el espectador, al punto de resultar incluso molestas). El Sandro del documental es el de los grandes éxitos, y en todo caso es como si estuviéramos asistiendo a un capítulo de su autobiografía. No incorporar otras voces puede tener su atractivo, pero evita cualquier tipo de conflictividad, acentuando aún más la presencia del mito, aunque la difusión de esas conversaciones y esas filmaciones caseras pretendan desvirtuarlo.

En todo caso, lo que logran confirmar tanto el documental como la serie es la imposibilidad de abarcar la vida de un artista popular de la trayectoria y la complejidad de Sandro. A diferencia de la serie de Adrián Caetano, más ambiciosa y larga, el documental parece entender mejor esa imposibilidad. El problema es que ese entendimiento se choca con sus pretensiones de autobiografía y entonces, la voz de Sandro, ese relato que viene desde el pasado de un país parecido a éste, se diluye, se pierde en el momento en que justamente estaba por comenzar el descalabro de salud y en que el mito se iba a reconstruir sobre otras bases, tan interesantes y complejas como las de su inicio.

Yo Sandro (Argentina, 2018). Dirección: Miguel Mato. Guion: Miguel Mayo y Eduardo Spagnueolo. Fotografía: Ricardo de Angelis. Elenco: Carlos Portaluppi, Daniel Valenzuela, Carlos Gerez, Patricia Rojo. Duración: 72 minutos.