Relámpago en la oscuridad, por Hernán Gómez

BSO-RELAMPAGO-2-682x1024No dejan pensar

No dejan crecer

No dejan mirar

Pero por suerte puedo ver.

V8

El heavy metal siempre fue una especie de género bastardo dentro del  mundo del rock and roll. Luchó a nivel planetario para hacerse de un lugar en las radios, en el mercado, pero siempre se le ha negado prestigio. Nacido especialmente de la emulsión del llamado rock duro o pesado y la música clásica, el aporte de Bach, Beethoven, Paganini y Wagner -considerado el primero heavy dado que trataba de amplificar acústicamente a sus orquestas para lograr volúmenes que pudieran realzar ciertos climas- fue tan importante como el de los Beatles o Jimi Hendrix.

Porque el heavy metal y todo el rock necesitan volumen, intervenir el silencio con electricidad, convidar una experiencia que afecte directamente la percepción de un individuo. Las frecuencias logran una cierta altura en el sonido que intensifica la fuerza y consiguen expandir el carácter con mucha más potencia. En su gran mayoría, los vocalistas tienen una impronta y un registro heredados de la ópera.

Relámpago en la oscuridad se mete de cabeza en la vida de El Beto Zamarbide y su banda Logos con un seguimiento intimo por los shows que brindan por todo el país, lejos del glamour y pisando fuerte sobre el escenario; la banda deja todo lo que tiene con intensidad, haciendo honor al género y a la gente que paga para verlos. El documental nos muestra sus orígenes en una familia de clase media del viejo Palermo. Zamarbide en primera persona nos narra su camino, lo difícil del negocio de la música, el ascenso y la caída, para renacer y convertirse en leyenda. El tipo es un obrero de la música y no reniega de ello; al contrario, enaltece su profesión con conducta y profesionalismo, sin perder el espíritu amateur que es el motor de cada uno de sus conciertos. Radicado en Miami con su familia desde el año 1997, no deja de girar por nuestro país hace más de 30 años.

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El relato toma mayor velocidad al momento de contar el camino de V8. Hay una urgencia en las imágenes que le hacen justicia a la impronta de la banda. Apadrinados por Riff asaltan la escena nacional pasiva, aburrida. Todavía con los milicos en el poder se lanzan de jeta a un público que no entiende muy bien lo que dicen, lo que está viendo. En el famoso Barock de 1982 los hippies se ponen de espaldas y ellos arremeten con Destrucción y Parcas sangrientas.

La imagen del pequeño Iorio de veinte años diciéndole a la cámara: “Loco, esto es una mierda, diez años de engaño” es elocuente, o el Gran Civile rompiendo la viola vehementemente. Eran imágenes inéditas en nuestro rock. La actitud mostraba a las claras que estaban enojados, todos estábamos enojados. Ser heavy metal en aquellos años era difícil, implicaba ser un marginal, estar siempre en la mira de la yuta, y sostener esa posición era arduo. Nosotros lo disfrutábamos porque significaba la insurrección contra la opresión, la pesadilla de nuestros padres y estar en contra de un orden establecido a la fuerza. Luchando por el Metal (1983) fue la intrusión, Un paso más en la batalla (1984), la ratificación y El fin de los inicuos (1986) con su impronta cristiana, el final. Nada se compara a esos años, a esos momentos en que el rock era lucha y marginalidad. Escribo esto n el patio de la casa de mi vieja y casi puedo escuchar el alboroto en esa pieza que aun hoy destila metal. Así es como comienza el heavy metal criollo un movimiento que hasta hoy sigue activo como V8, una leyenda que, para muchos entre los que me incluyo, sigue viva.

Relámpago en la oscuridad (Argentina, 2014), de Germán Fernández y Pablo Montllau, ‘102.

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