ef1eab0cb52ed214f3d6652e7c39e962_XL“Jugar en Boca es llegar al cielo”, dice la voz en off. Y explica: “porque cuando estás en el túnel y empezás a subir las escaleras para salir a la cancha, no ves a la gente, ves el cielo”. La descripción, tanto como la sensación personal del ex jugador que habla, es inobjetable, pero cuando la experiencia intenta reproducirse en la imagen, el contrapicado que supone la subjetiva de los jugadores entrando al campo de juego, revela todo lo contrario. Lo que se ve es una platea colmada de gente, pero para mostrar el cielo es necesario otro plano, desde otro lugar, que rápidamente es corregido por un movimiento de cámara que muestra la Bombonera llena antes de un clásico contra River. Contradicciones de este tipo, errores, descuidos u omisiones sobran a lo largo de los ciento y pico de minutos que dura la película de Boca en 3D.

Por supuesto que al hincha enfervorizado poco le debe importar todo esto, o al menos carece de la distancia necesaria para poner la atención en estos detalles; van a ver en pantalla grande la historia de su club. Y eso es bueno, la sala del Abasto estaba llena y la mayoría de los espectadores estaban con la camiseta puesta y aplaudían y comentaban cada gol, cada anécdota. Yo, que pertenezco al bando contrario, al eterno rival, pero al mismo tiempo admiro profundamente a Riquelme (el mejor jugador que recuerdo haber visto por estas tierras, incluso superior a Francescoli), fui al cine con toda la intención de que la película me guste, quería emocionarme con los goles de Román, y algo de eso hubo, pero fundamentalmente me encontré con una película que abunda en elecciones formales poco felices, un relato al que cuesta encontrarle su justificación.

Una de ellas tiene que ver con el hilo conductor de la historia: un hincha ficticio que parece guardar en su memoria cada detalle de la historia de Boca y que, no por casualidad, se llama Funes, como el protagonista del cuento de Borges. Esta decisión sólo parece responder a la característica principal del personaje, a su capacidad de recordar, pero que luego, si tenemos en cuenta que el interés de Borges por el fútbol era nulo, no resulta del todo acertada. Y menos acertada aún es la conducta de este hincha memorioso que, precisamente, no hace demasiada gala de ello. En más de una ocasión lo vemos buscar entre pilas de revistas y libros algún acontecimiento importante de la historia del club. Ciertamente es poco lo que recuerda y casi siempre se apoya en archivos y documentos de época para contar algo.

martin-palermo-romanY es llamativo que en ese ejercicio de recordar y buscar hitos memorables, el documental de Rodrigo Vila omita un detalle que, creo yo, es el germen (uno de varios, supongo, pero uno de los más importantes) de la pasión que hoy por hoy representa Boca: habrán de corregirme los hinchas más viejos, pero a mediados de la década del ’20 Boca realiza una gira por Europa enfrentando a varios de los clubes más grandes. Entre España, Alemania y Francia, juega diecinueve partidos, gana quince, pierde tres y empata el restante. Las noticias que llegaban a la Argentina, varios días después, iban dando cuenta de la hazaña y generando así que a lo largo del país miles y miles de personas se hicieran eco del fenómeno y adoptaran para siempre los colores boquenses como símbolo de la épica deportiva. No hay una sola mención a este hecho notable. Tampoco a Victoriano Caffarena, que formó parte de esa gira y que luego fue reconocido como el jugador número 12.

La película de Boca parece desdeñar el pasado, no sólo en la omisión de estos hechos importantes, sino también en esa secuencia con fechas y números que repasa rápidamente los acontecimientos más importantes de la historia del club, desde su fundación en 1905 hasta el presente. Lo desdeña incluso cuando recurre a las imágenes en super 8 que muestran al pequeño Funes en los alrededores de la Bombonera, heredando de su padre el amor por el club. El detalle/error, grosero y demasiado evidente, de la camiseta del niño con el nombre del sponsor actual impreso sobre la banda amarilla denota el descuido de la puesta en escena y el desinterés por ese período.

La película concentra la mayor parte de su metraje en los logros obtenidos durante la década del 2000, sin duda la más exitosa del club (4 Libertadores, 2 Intercontinentales, Sudamericanas, recopas, etc.), pero deja afuera, o apenas repasa, calculo que por no contar con material en buena calidad o por  no haber tenido tiempo o  la intención de digitalizarlo, otros hechos memorables como las dos Libertadores seguidas y la Intercontinental de fines de los setentas. Una lástima.

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El formato en 3D no se explica de otro modo que no sea como gancho para atraer al público a las salas, pero no es mucho lo que aporta realmente. Sólo funciona allí cuando los planos angulares ofrecen en profundidad las imágenes de una Bombonera que estalla de gente y desborda de papelitos y colores. El otro gran plano es el del último gol marcado por Riquelme en un superclásico. Porque al estar tomado desde atrás del arco de Barovero, permite ver no sólo la ejecución impecable de un ejecutor impecable (recuerdo haberme levantado de la silla y aplaudir cuando la pelota se clavó en el ángulo), sino también la resignación del arquero ante la perfección del prodigio.

Lo mejor de la película está en las anécdotas aportadas por los ex jugadores y por Tévez, único protagonista en actividad. El relato de Carlitos emociona, por la historia de su mejor amigo y porque resulta conmovedor escucharlo hablar de su amor por Boca, hoy que está de regreso, en medio del estadio de la Juventus, su anterior club. La vida de Tévez, transcurrida entre balas, cumbia y campeonatos ganados en todas partes del mundo, merece una película propia.

Después están las anécdotas más cómicas, el reconocimiento de las limitaciones y las argucias en partidos decisivos, como la de Ratín contando cuando le propuso al técnico hacerlo enojar a Pelé para que los echen a los dos en la final de la Libertadores del ’63: “el Santos sin Pelé no era lo mismo, pero Boca sin Ratín podía seguir jugando.” El Beto Márcico puteando a Mac Allister porque no sabía tirar centros; Guillermo reconociendo su envidia por los goles importantes de Palermo (“qué culo que tiene”, pensaba desde el banco de suplentes); Schiavi eligiendo su mejor gol. Un gol espantoso a River pero que terminó valiendo por un pase a una final internacional: “¿ese es tu mejor gol?”, le pregunta el Pato Abbondanzieri.

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Esos relatos, como el de Mastrángelo contando la hazaña frente al Borussia en la final intercontinental del ‘77, una victoria que parecía imposible y que sin embargo a los treinta seis minutos del primer tiempo Boca ya ganaba el partido 3 a 0, como también parecían imposibles las finales de 2000 frente al Real Madrid (2 a 0 a los diez minutos) y de 2003 frente a Milan (victoria por penales), dejan ver el carácter épico que históricamente ha rodeado al club, pero también evidencian una ausencia importante, la del que probablemente sea el mejor jugador de su historia: Juan Román Riquelme. El ídolo sólo aparece en imágenes de archivo y en audios en off que pertenecen a otro momento de su carrera, pero no participa activamente de la película. La razón de su ausencia probablemente esté en la presencia de Mauricio Macri (enemistado hace rato con el diez), a quien se le regalan unos cuantos primeros planos en los que el actual candidato a presidente de la nación hace gala de su gestión al frente del club.

Priorizar la participación de un ex dirigente, que aún sigue manteniendo conexiones, por sobre la del ídolo máximo, no sólo hace ruido sino que esconde una intencionalidad política, sobre todo en un año en el que hay elecciones tanto a nivel nacional como a nivel club, que le juega en contra al documental pero sobre todo al espectador/hincha que va al cine a emocionarse con los colores que ama y con los deportistas/ídolos que los visten. Sumado esto a que la producción de la película pertenece en gran parte a la cadena Fox Sports. No por nada aparece Fernando Niembro, que no tiene nada que ver con Boca pero que es periodista del canal de cable y también pertenece al macrismo.

La película de Boca Juniors en 3D es un desperdicio. Su sentido de urgencia del presente deja pasar la oportunidad de mostrar por qué Boca es Boca, de aventurar una posible explicación para una pasión que es inexplicable. Boca nunca fue ni empezó a ser, Boca simplemente es, parece sugerir la película. No hay imágenes que no se hayan visto antes, no hay revelación. Boca ganó todo, y seguramente va a seguir haciéndolo, y es uno de los clubes más grandes del mundo. Pero eso ya lo sabíamos.

Boca Juniors 3D, la película (Argentina, 2015), de Rodrigo Vila, 108’. Documental.