Informe 50° aniversario #8: Submarino amarillo, por Andrés del Pino

Y la banda comienza a tocar….

…aunque, en realidad, la cohesión como tal a esa altura comenzaba a verse seriamente afectada y cada beatle empezaba a armar su rancho en el imperio. Lo cual, a juzgar por el previo Álbum Blanco, no iba a impedir a nadie que una suma de individualidades -como se supo definir a ese disco- perturbara el goce, y entonces (“si me da la gana me lo creo”, como dijo Willy Quiroga) para todos nosotros la banda seguía tocando, si bien el viaje –y el sueño, como dijo en este caso Lennon- se acercaba al final.

Las primeras experiencias cinematográficas de Los Beatles habían sido extremadamente exitosas y de alguna manera acompañaban el enloquecido itinerario de la beatlemanía desde la festiva A hard day’s night (1964), de la mano diestra y la creatividad febril de Richard Lester hasta su culminación en Help (1965) donde la receta de la trama dislocada, asociada a los números musicales, se ajustaba en forma, y donde Ringo (¡al fin!) encontraba su definitivo puesto protagónico en el cosmos, nuevamente con Lester como conductor del despelote y ahora en un grandilocuente technicolor. Tal vez no solamente las psicodélicas, sino mayormente la droga del éxito fue lo que los llevó a pergeñar en 1967 un proyecto de especial-film televisivo -el primero de la BBC- llamado Magical Mystery Tour, que en retrospectiva podría tildarse piadosamente de experimento fallido: las canciones del grupo (el EP en su limitado formato contenía una variedad estilística y lírica que venía mejorando disco a disco) tenían un universo para explotar mucho más interesante que la premisa de “un viaje de Los Beatles con un grupo de parientes, amigos, actores y desconocidos” donde no pasaba nada. No eran perfectos.

¿Y ahora quién podrá defendernos?

A la hora de llegarles la propuesta de hacer un film animado con punto de partida en aquella marcha del submarino amarillo que aparecía en Revolver (1966), compuesta por Lennon y McCartney, pero –una vez más- indesligable de Ringo, los cuatro fruncieron el ceño: la serie animada televisiva de 1965 les había parecido horrible. En la línea de tiempo estaba fresca la gira mágica y misteriosa, y el especialista George Dunning prometía otro viaje experimental, en este caso por la animación fuertemente asociada a la vanguardia psicodélica. Aquí es donde Submarino amarillo –la película- estableció un mojón que a cincuenta años de su realización es referencia absoluta en el género. Aunque surgiera en pleno auge del jipismo y movimientos claves pacifistas, idealistas y de reivindicaciones en coincidencia con, por ejemplo, la guerra de Vietnam, no podemos dejar de pensar en el mundo de nuestros días cuando volvemos a ver el sitiado de la alegre Pepperland tornándose en azul grisáceo, perdiendo los colores y la música (en suma la alegría, en suma la esperanza, en suma el sentido de la vida) a manos de los blue meanies (¡los malitos azules!) que arrasan con todo. El rescate no podía sino estar a cargo de la tripulación del submarino amarillo, que recluta a nuestros cuatro héroes. El imaginario que recubre esta simple trama agrupa muy dinámica pero también caprichosamente de acuerdo a sus propias reglas el trip submarino psicodélico por diversas paletas de color y técnicas novedosas a través el mar de los agujeros, el mar del tiempo, el mar de los monstruos o el mar de la nada. Allí es donde engarzan canciones que terminarán en el disco Submarino amarillo (1969) como las exploraciones sónicas de It’s only a northern song, de Harrison, la juguetona All together now, y la increíble, machacante, Hey bulldog o bien Hombre de ningún lado, tema de Rubber soul (1965), que anticipaba cierto aturdimiento post beatlemanía que estallaría en Help! Aquí el hombre de ningún lado es un sujeto solitario que está en el mismísimo medio de la nada y es adoptado por John, Paul, George y Ringo para su misión de reinstaurar la música en Pepperland.

No es justo subordinar todo lo bueno de la película a las canciones de Los Beatles y la imaginería cromática de Dunning: en esta oportunidad el quinto beatle y bordador/arreglador certero de la obra del grupo, además de catalizador de la creatividad desenfrenada del cuarteto, es decir George Martin, se despachó con una música incidental maravillosa que está comprimida en la Pepperland suite. No por nada ocupó el lado B del disco homónimo de la película y es tan atemporal como la obra del grupo; esto último un desafío complejo para cada una de estas aventuras artísticas satelitales a la música donde el tiempo ha dejado, en mayor o menor medida, su huella. Restaría precisamente el final del viaje beatle en el cine con el doc-reality show que fue Let it be (1970, Michael Lindsay-Hogg), que los muestra tal como son: por momentos descarnadamente y por otros -los menos y por eso resaltan-, como viejos compinches. Pero eso ya es otra historia, sin corridas ni ficción, con tonos apagados que contrastan con ese respiro de libertad en la terraza. Hasta que caen los blue meanies a cerrar abruptamente la fiesta.

Como apuntábamos recordando La fiesta inolvidable y sus momentos más festejados, los youtubers se encargaron de descuartizar cada una de estas películas atomizándolas en videoclips, que en muchos casos ya lo eran integrados a la película original (ej.: Can´t buy me love en A hard day’s night, una vez más…. perseguidos por la cana).

Cada cosa en su tiempo: agradecimiento gigante a Robert Zemeckis que desistió ya avanzado el proyecto de hacer una remake de Submarino amarillo utilizando la motion capture, técnica con la cual tuvo su periplo de animación con Polar Express, Beowulf y A Christmas carol.

 

Submarino amarillo. (Yellow submarine, Reino Unido /Estados Unidos, 1968).  Dirección: George Dunning. Guion: Lee Minoff, Al Brodax, Jack Mendelsohn, Erich Segal, Roger McGough. Edición: Brian J. Bishop. Elenco: Johnn Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr. Duración: 90 minutos.

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