Los_ojos_de_Am_rica-968698876-large«Son las mujeres las que crean la opinión pública». 

León Tolstoi.

«Los hombres de mi vida han tenido tres características: fueron inteligentes, anarquistas y muy guapos».

América Scarfó. 

Ganador del concurso DOCTV Latinoamérica IV, el documental aborda la historia de amor entre uno de los más aguerridos exponentes del anarquismo en este suelo, Severino Di Giovanni, y la también anarquista, América Scarfó. Ambos vivieron un romance muy controvertido para los cánones de la época ya que Severino estaba casado y era diez años mayor que la joven. En este sentido, la película reconstruye desde una perspectiva historiográfica bien planteada, el florecimiento de esta relación.

Osvaldo Bayer en su libro Severino: un idealista de la violencia (2000), intenta reconstruir fragmentos de la ideología del ácrata a fin de problematizar ese grupo de ideas en consonancia con las acciones llevadas a cabo por este revolucionario durante fines de los años ’20. Bayer entiende que Di Giovanni ha sido desprestigiado –como Sacco, Vanzetti y tantos otros anarquistas- y denigrado a la categoría de «delincuente». La prensa resaltaba los robos a bancos, los atentados, pero olvidaba mencionar cuál era el destino de esos fondos. Por ello, el libro propone una revisión de su pensamiento con el propósito de contextualizar su lucha sin plantear una justificación romántica de la violencia.

Otro de los aspectos de la estigmatización de Severino fue el de ser acusado de pedófilo -ya que América tenía 14 años cuando se conocieron- y frecuentemente también se lo ha reprobado moralmente –desde pensadores incluso libertarios- por adúltero.

Todas estas imputaciones son entonces refractarias a América Scarfó y resulta motivador ver cómo el documental también recoge el guante en este aspecto y deja entrever, ante todo, a una joven militante anarquista expuesta con todas sus contradicciones. Se anima a un montaje armonioso que propone movimientos espacio-narrativos indiciales desde donde circula el relato a través de la lectura de cartas y contrapuntos del contexto de la época.

América lee y escribe a escondidas, en su cuarto de niña, y comprende entonces que ese mundo de cuatro paredes pronto le quedará chico. Necesariamente debía haber algo más en la vida que aquella soledad que la sociedad le deparaba a las mujeres.  La intimidad de ese cuarto woolfiano le permite proyectar y soñar, así, un amor anarquista. América es Mujer con «m» de Militante; ella es libre y enmacipada de los prejuicios de su época:

«Creo que, gracias a nuestra libre acción, individual o colectiva podremos llegar a un futuro de amor, de fraternidad y de igualdad. Deseo para todos lo que deseo para mí: la libertad de actuar, de amar, de pensar. Es decir, deseo la anarquía para toda la humanidad. Creo que para alcanzarla debemos hacer la revolución social. Pero también soy de la opinión que para llegar a esa revolución es necesario liberarse de toda clase de prejuicios, convencionalismos, falsedades morales y códigos absurdos«.

82ad3a68455dfe1df0e2806aea5f69eb-600x330Esa es entonces la semilla de la revolución: el amor libre para todos. Scarfó no es teórica ni filósofa pero así como Severino es autodidacta y lo que propone, de manera aparentemente ingenua en su cartas, no lo es en ningún sentido. Uno de los ejes fundamentales de reflexión del anarquismo está relacionado, históricamente, con la sexualidad y la libertad amatoria. En La trampa de la protección (1917) la eminente pensadora Emma Goldman se preguntaba cómo acaso podría entenderse el amor sino siendo libre: «El amor no necesita protección porque él se protege a sí mismo», señalaba, rechazando cualquier sesgo de institucionalización social -llámese matrimonio-. Ciertamente Goldman se refería a los vínculos nacidos de la camaradería amorosa abierta, opuesta  la monogamia reglamentaria.

El documental juega entonces, permanentemente, con este adentro-afuera de los espacios, de las cartas, del sexo en donde los significados se configuran a posteriori, como pequeños retazos de manifestos amorosos, políticos, humanos.

Las escenas en las que se hace alusión a la escuela y su patio de juegos son consistentes en representar una valentía que, lejos de perder la inocencia, no hace más que acentuarla. El amor lo inunda todo y las ansias de saber sofocan a la joven América. Ella recibe y redacta cartas tempestuosas, furtivas, pensantes y ese fuego que tiene en las manos, se convierte en utopía. La voracidad lectora de América no será saciada ni por Gorki ni por Tolstoi ni siquiera por el mismísimo Severino: ella arrebata la palabra que se vuelve su carne. Por ello, las epístolas funcionan como huellas que permiten hilvanar una cartografía de esperanza. La esperanza de derrotar al fascismo, el anhelo de permanecer juntos y, finalmente, la  soñada utopía ácrata.

Para finalizar, es destacable descubrir el hecho de que no hay inserta aquí una visión moralizadora pero sí ética. Justamente la potencia anarquista que subyace en la idea de des-poseer al otro, de expropiarlo en su ser todo y  hasta más allá de los huesos es uno de los postulados más intensos, persistentes y  emotivos de todo este documental.

Los ojos de América (Argentina. 2014), de Aníbal Garisto y Daiana Rosenfeld, c/Osvaldo Bayer, María Eugenia Belavi, Marina Legaz Bursuk, 62’.

000El siguiente texto de Roberto Arlt, sobre la ejecución de Severino, parece en el documental:

El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: “Venda no”.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!

— ¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

— Está prohibido reírse.

— Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

Fuente: ARLT, Roberto, Obras completas, Buenos Aires, Omeba, 1981, en PIGNA, Felipe, Los Mitos de la Historia Argentina 3, Buenos Aires, Planeta, 2006.

Aquí puede leerse un texto de Romina Quevedo sobre la misma película.